
Estatua de Hachiko en la estación de Shibuya
En la estación japonesa de Shibuya, junto a la salida, se
encuentra la estatua del perro más fiel de Japón: Hachiko. Este perro se
convirtió en un símbolo de la fidelidad y es amado por los japoneses como una
mascota fiel que jamás abandonó a su amo, incluso cuando éste ya había
fallecido.
Durante años, el perro fiel Hachiko acudía al final del día
a la puerta delantera de la estación de Shibuya para saludar a su amo, Eisaburo
Ueno, un profesor del departamento de agricultura de la Universidad de Tokio.
Esta rutina acabó el día de mayo de 1925 en que el profesor ya no regresó, pues
el profesor había muerto mientras impartía clases en la universidad de Tokio.
Durante los diez años posteriores, Hachiko demostró lealtad a su dueño,
acudiendo cada día puntual al final del día a esperar a su amo, que jamás había
de regresar.
A medida que transcurría el tiempo, Hachiko comenzó a llamar
la atención de propios y extraños en la estación de tren. Los viajeros que
habían observado cómo el perro acompañaba al profesor antes de que éste
muriera, se encargaron de alimentarlo durante los años posteriores.
En abril de 1934 se erigió una estatua de bronce en honor a
Hachiko en la estación de Shibuya.
Había oído historias similares sobre perros fieles a sus
amos. Junto a la catedral de Amberes hay una historia parecida que relata la
fidelidad de otro perro hacia su amo. Sé que por el mundo corren historias muy
similares de mascotas que nunca se dignaron a abandonar a sus amos.
Esta historia me lleva a tocar un tema como el de la
fidelidad, que conecta directamente hacia la lealtad de una persona hacia otra.
Esto me lleva a pensar en un ángel, en la fidelidad que le profeso desde hace
casi tres años y la lealtad que siento hacia él, el anhelo de protección hacia
él, amarle sin esperar nada a cambio, sin que ni siquiera se hagan un rasguño
los muros sobre los que se ha formado esa fidelidad.
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