jueves, enero 19, 2012

Quizás esto sea una despedida... (y duele)

Recuerdo con nitidez un sábado por la noche cerca de él. Recuerdo el momento en que me di cuenta de que él creía en mí, cuando le pregunté su opinión. Él me animó a escribir. Lo hago a diario. En detrimento del blog ahora escribo en serio, en cualquier rato libre que tengo, ahora que llevo un instrumento que lo registra todo, no sólo mis ideas, sino casi cualquier cosa de la vida cotidiana.
Llevo veinte días sin saber de él y lo peor es despertar cada mañana, con el anhelo velado de cruzarme con él, velado porque antes lo deseaba con toda mi alma y ahora prefiero no encontrarme con él, aunque sé que en realidad sí quiero cruzarme con él. Le echo de menos.
Él cree en mí y, de alguna manera, me lo dijo aquella noche. A veces necesitamos el aliento de un ángel para sentir que pisamos sobre una base estable. 
A veces sigo dudando si él entraba aquí y leía o no. Siempre me quedaré con esa duda. Quiero creerle, pero la confirmación llegó dos días después, cuando radicalmente se cortaron las visitas. Demasiada casualidad. Si él entraba aquí me agrada saber que quizás le hacía sonreír cada día, no recuerdo nunca haber escrito una palabra negativa de él, así que quizás ahora le haya quitado esas palabras que le animaban cada día. 

Me desmorono todos los días. Es sorprendente. Nunca se sabe de qué color es el dolor hasta que llega en forma de huracán. Ahora el amor produce dolor. 

¿Por qué nos estamos evitando? ¿Qué hicimos mal esa noche? Porque no creo que hubiera nada fuera de lugar. Hubo demasiada complicidad, tanta como nunca había compartido con él. Aún se me pone la piel de gallina al evocar el roce de su barba, las caricias en su espalda o, simplemente, su proximidad. Y cuando me preguntó cuáles eran mis sueños.

Después... nada. Ni una palabra por su parte, de repente ha desaparecido, de repente nos hemos convertido en dos extraños. Intenté romper el hielo hace... ¿cuánto? ¿semana y media? Ni una palabra por su parte, ni una respuesta. A veces, cuando veo a su hermano me gustaría preguntarle por él. Me da la sensación de que su hermano se queda mirando esperando a que le diga algo que no le voy a decir, es como si notara que quiero decirle algo, pero no quiero preguntarle. 

Esperaré. Quizás algún día se decida. Quizás algún día llegue otra persona que me haga olvidar todo esto. ¿Es un adiós? Posiblemente lo sea, posiblemente esté decidida si no a olvidar, al menos a no llorar por alguien que me ha roto el corazón una vez, alguien que sólo me responde con silencio, y el silencio es humillante. Esta tarde he pensado que debería hablar con él seriamente, pero no tengo ganas, es como si en los últimos días me hubiera desinflado. 

Si escribo ya no lo hago porque me lo dijera él, sino que lo hago por mí. Es la única vía de escape que tengo que al menos me llena lo suficiente para olvidarme de esta grisácea realidad.

Sigo enamorada, pero ya no tengo aguante. Esta vez no seré yo quien se acerque a él. Esta vez no. Si todo tiene que acabar se acabará.

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