Antes de comenzar con un libro histórico de más de mil páginas que ya reposa en la mesilla de noche, quería leerme los 21 rotos para 7 descosidos que me agencié el otro día.
En la Facultad de Periodismo siempre nos decían que una de las cosas que más atraían la atención del público lector es la cercanía, cuando la noticia está próxima en el espacio. Es decir, no es lo mismo que un incendio ocurra en Sebastopol a que ocurra a dos manzanas de mi casa. Si una noticia acontece a las puertas de mi casa es posible que la lea con mayor atención que si ocurriera en un país lejano, de la que posiblemente no pase del subtítulo.
¿Qué tiene este librito de cien páginas para que atrajera mi atención? La cercanía de una de las personas que escribe. Personalmente no la conozco, pero sí conozco a sus padres. Suficiente para haberlo traído a casa y lo haya devorado en unas pocas horas.
A la joven autora la vi en el Diario La Rioja. Se lo enseñé a mis padres. Recordé que el 14 de agosto había comido en la misma mesa de los padres de esa chica y que me dijeron que en septiembre de este año se iba a casar.
Personalmente me ha gustado el estilo de narrar de las dos jóvenes autoras, casi siempre soltando una dosis de energía nueva al final de cada relato que no es como lo esperas. El libro consta de 21 microrrelatos que a veces nos dejan con la boca abierta. En realidad son pequeños textos que tienen un doble significado, la autora nos hace pensar en el más probable para cambiar al final el sentido completo del texto. Están escritos con una gran maestría. Y recuerdan mucho a las letras descafeinadas y sublimes de Joaquín Sabina.
Mientras, los siete relatos son algo más largos y en esencia le dotan al libro de una magia especial. Me ha gustado especialmente el de la niña que se creía un Hada y se encuentra en el Centro de Psiquiatría...
De los microrrelatos, transcribo el número 21, porque es el que más huella me ha dejado, quizás por la situación sentimental en que me encuentro en este preciso instante:
Personalmente me ha gustado el estilo de narrar de las dos jóvenes autoras, casi siempre soltando una dosis de energía nueva al final de cada relato que no es como lo esperas. El libro consta de 21 microrrelatos que a veces nos dejan con la boca abierta. En realidad son pequeños textos que tienen un doble significado, la autora nos hace pensar en el más probable para cambiar al final el sentido completo del texto. Están escritos con una gran maestría. Y recuerdan mucho a las letras descafeinadas y sublimes de Joaquín Sabina.
Mientras, los siete relatos son algo más largos y en esencia le dotan al libro de una magia especial. Me ha gustado especialmente el de la niña que se creía un Hada y se encuentra en el Centro de Psiquiatría...
De los microrrelatos, transcribo el número 21, porque es el que más huella me ha dejado, quizás por la situación sentimental en que me encuentro en este preciso instante:
"Se despide con la puerta abierta de una habitación de alquiler que huele a vacío. Rompe con la mirada todas esas imágenes que ya no le dejan decir que la echa de menos. Mudo por las palabras, coge la última caja y la coloca en el ascensor. Cierra la puerta con delicadeza sin mirar dentro, como si las sombras atraparan los recuerdos de su corazón, ése que sólo piensa en blanco y negro. Teme olvidar aquellos momentos que vivió con quien, al salir, le regaló su última sonrisa en enero".

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