lunes, octubre 24, 2011

Tan dulce...


Lo que no esperaba es encontrarme con él. Pero de repente ha aparecido guapísimo ante mis ojos. Tan dulce como siempre. Adorable. El azar ha hecho que yo estuviera ahí en ese momento preciso. 

Hoy tenía dos cosas pendientes que comprar. Por un lado, colecciono postales en archivadores. Postales que me envían, postales que traigo de los viajes, postales que me regalan. Nunca tuve intención de coleccionar postales. Más bien, me gustaba coger una grapadora y taladrar las paredes de mi habitación, hasta que ya no me quedó un hueco libre y tuve que empezar a guardarlas. Recuerdo que hace más de una década, elegía una postal al azar con la mirada y echaba mano de los recuerdos (si era algún sitio donde yo había estado) o rememoraba todo lo que rodeaba la imagen, quién me la había enviado (si me había llegado por otra persona). Tenía todo un mundo alrededor mío. Pero entonces tuve una fuga que vino a estallar encima de mi cama, hace ya bastante tiempo. Tuve que quitar todas las postales y el seguro se encargó del resto. Pintaron las paredes de lila y ¿quién osaría volver a llenar de grapas todas las paredes? Así que cogí las postales y empecé a archivarlas. Hoy sigo archivándolas, pero ya no disfruto de aquellos momentos. Y tengo las postales de Pamplona en un montón pendiente de guardar. Así que esta tarde tenía que comprar, entre otras cosas, un archivador.
Y luego estaba el perro. Como ya tiene casi todos los muñecos mordidos y apenas hacen ruido, tenía que llevarle más. No es tanto que muerda los muñecos o que no siga jugando con los que no suenan, es que me gusta verle feliz cuando le traigo juguetes nuevos.
Así estaba, esperando a mi compañera de trabajo, pues hemos salido juntas, cuando ha aparecido él. No podía quitarle los ojos de encima. No quería que me pasara por alto ningún detalle de él. Estaba guapísimo. Adoro esa sonrisa que ilumina su rostro aun cuando sea de noche. Adoro esa voz tan sensual que hace que me pierda en los rincones más recónditos de la imaginación. Y, cuando le tenía delante, demoraba el momento de marchar, sentía la magia que proviene de él y los pensamientos se acumulaban atolondrados en mi mente, imaginando sus caricias, imaginando los besos que le brindaría cada día y cada noche, imaginando que mis dedos se enredaban en su pelo. He sentido el deseo y... la magia. Le he mirado a los ojos y he recordado por qué el mundo es perfecto cuando él está tan cerca. Y le miraba y pensaba en lo mucho que le amo, y entonces he recordado que debía ignorar esos pensamientos estando él a tan sólo unos palmos de mí, pues quizás él pudiera 'ver', de alguna manera, todo lo que estaba pensando. Estaba guapísimo.
Nos hemos despedido, aunque si me dejara llevar por el corazón me hubiera ido con él, fuera donde fuera, hubiera prolongado más ese momento, aunque es cierto que me encontraba bastante saturada (al menos, hasta que me he encontrado con él). Regresaba al coche, estaba a punto de cruzar la calle y un coche ha parado. Él... de nuevo. Aunque no conseguía ver su rostro dentro de la oscuridad del coche, he saludado. Y, cuando he cruzado la calle, me he dado cuenta de que estaba sonriendo... de felicidad.

No hay mejor manera de terminar el día que encontrarme con él. Esos momentos son siempre mágicos. De repente, no existe nadie más que él. Adoro todo de él.

En verdad que esos instantes de él me "brindan" algo especial.

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