No hace ni cinco minutos que he abierto los ojos sobre la cama, con la luz de la mesilla encendida y con un libro abierto en la página que no es. Y ahora me cuesta volver a dormir. Pienso en él, en su magnífica sonrisa y en su mirada perfecta.
No hace ni tres horas se me ha pasado por la cabeza preguntarle dónde estaba. Nunca termino llevando a la práctica esos pequeños impulsos que llegan desde el corazón. Antes sí, antes no me paraba a pensarlo, pero ahora me cuesta mucho decirle algo.
Sólo tengo que cerrar los ojos para rememorar el momento en que nos encontramos ayer por la tarde. Recuerdo perfectamente su voz, la dulzura que emanaba y el poder que esa mirada tiene sobre mí. Me resulta hechizante. Le quiero muchísimo. Debería intentar dormir, abrazar a la almohada, imaginar cómo sería una noche con él y embarcarme en el mundo de los sueños con su imagen angelical en la memoria.
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