miércoles, octubre 05, 2011

En la boca del lobo

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Monte Gorbea con su capa de niebla

Una vez, hace ya por lo menos una década, visité un pueblo que se encuentra entre Bilbao y Vitoria. Jamás me he sentido tan extranjera en mi propio país, ni siquiera en los países del extranjero me he sentido como me sentí recorriendo las calles de aquel pueblo.
El pueblo, cuyo nombre me guardaré para mí, se encontraba cerca del monte Gorbea. Un monte lamentablemente famoso por todo el preámbulo histórico nacionalista y terrorista que conlleva a su alrededor, tan nebuloso como el aro de niebla que casi siempre recubre su cima, tal y como se encontraba la tarde en que yo me dejé caer para allí.
Aquél era un pueblo cerrado, vasco hasta la médula, perfecto con sus caseríos escalonados, desperdigados por las lomas que conformaban sus calles. Caseríos de piedra y de madera, la gente en sus calles, hablando en un idioma extraño, basto al oído ajeno y desacostumbrado.
Iba con mi mochila, mirándolo todo, sentía que decenas de miradas me taladraban al caminar por las calles empedradas. Llegué al museo, un museo que, dadas las circunstancias, tenía su parte de historia… desde una única perspectiva. Sentí escalofríos. Recorrí las galerías en silencio, aislada del mundanal ruido, con la única persona que se encontraba en el mostrador haciéndome cosquillas en la espalda con su mirada fija. Deseaba salir de allí, fue imposible que me concentrara en todo aquello que pasaba ante mis ojos, miraba el reloj, esperando que pasara un tiempo prudencial como para escabullirme por la puerta y desaparecer de allí. A mis espaldas, el del museo se puso a hablar a través del móvil… en vasco, lo suficiente alto para que yo le escuchara, aunque no para que lo comprendiera, pues yo no sé vasco.
Al darme la vuelta para marchar, forcé una sonrisa de agradecimiento. Disimulé como mejor pude, deseando que llegara la tarde para poner kilómetros por medio, aunque no tantos como quisiera, pues esa noche dormiría en una casa rural en un pueblo cercano. Pues en el perdido lugar del mundo donde me encontraba ni siquiera había un triste alojamiento, aunque a medida que pasaban las horas sabía que era mejor así.
Cuando salí del museo, visité el frontón, donde madres con chiquillos siseaban en corrillos mientras me miraban de arriba hacia abajo. Entré en un batzoki (bar nacionalista vasco) y, de hecho, entré porque quería tomar algo y era el único sitio donde podía hacerlo. Un barman con muy malas pulgas me sirvió un botellín de agua mientras otro parroquiano me clavaba la mirada. No había nadie más allí.
No comí. Allí era imposible y creo que si hubiera mendigado un mendrugo de pan tendría que haber sabido vasco para pedirlo. Hasta preguntar me daba miedo.
Jamás he vuelto a tener esa sensación de inquietud y desasosiego que tuve en aquel lugar. Cuando lo dejaba atrás, eché un último vistazo y lamenté que aquella joya arquitectónica que, en principio, debería haber sido acogedor, me producía un rechazo brutal. Estoy segura de que no volveré a un lugar así nunca.
Hace una década, los atentados de la banda terrorista ETA eran incesantes. Yo estaba junto al monte Gorbea, que tantas veces salía en las noticias. Y tuve miedo, un miedo de verdad, un miedo que te congela la piel, un miedo que te hace recordar la lista siniestra de todos los que han perdido la vida en ese “país”. Y sí, era como si hubiera cruzado la frontera de un país extraño.

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