Conducía por una carretera comarcal casi en desuso. A un lado acababa de dejar el letrero que indicaba Manzanares de Rioja, al fondo de veía, más abajo, Villar de Torre, y un poco más adelante, con su campanario recientemente reparado, ha aparecido Cañas.
Cañas es un pueblo muy pequeño que se encuentra en la Ruta de Monasterios de La Rioja. Y es que la abadía de Cañas llama la atención. Creo que el pueblo en sí mismo se queda chico al lado de la impresionante abadía.

La primera vez que la vi me llamó la atención. “Monasterio de la Luz” lo llaman y no anda este nombre desencaminado a lo que nos encontramos allí. Acostumbrada a los templos cuyas vidrieras de variados colores opacan la luz del sol y por tanto oscurecen su interior, Cañas cuenta con algo realmente magnífico: la luz. Carece de vidrieras y por sus ventanales góticos entra la luz a raudales, lo que hace que su interior no necesite luz artificial. La primera vez que entré allí me quedé sin palabras.


Luego volví de visita. Me propuse mostrarle a una amiga francesa todos los monasterios de la zona: Valvanera, Cañas, San Millán de la Cogolla y Santa María la Real, así que estuvimos toda una tarde de templo en templo. Cada uno en su estilo, pero todos con algo peculiar que los convierte en únicos.
El monasterio se inició en el siglo XII, de ahí que una parte de la construcción sea románica y otra parte gótica, mientras el claustro es neoclásico y el retablo, renacentista.
A veces no hay que marcharse muy lejos para encontrarse con verdaderas joyas arquitectónicas.
La abadía alberga una comunidad de monjas benedictinas de clausura y fue una de las primeras abadías femeninas del Císter. La última vez me llevé miel. Hoy no he tenido tiempo de parar, pero no me hubiera importado entrar en la nave central, ya que tan sólo el recuerdo de mis anteriores visitas me trae una especie de calma inaudita.
Otra vez será…

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