¿Cuál era esa fuerza que me impulsaba a ir donde estaba él? Cuando he entrado en la rotonda, me ha parecido ver su coche. Al salir no sabía si marcharme o ir hacia donde estaba él, pero sabía que si me acercaba, y con tres cervezas encima, no me iba a echar atrás. Desconozco qué es lo que me ha retenido. Mi mente pensaba en decirle algo, en llamarle... En realidad no me quería marchar a casa aún y, sin embargo, aquí estoy. Me apetecía verle. Sólo que sé que no quiero que sea un encuentro forzado. Si nos vemos genial, si no nos vemos... otro día será.
Y en el camino de vuelta a casa me preguntaba por qué no, qué es lo que me frena respecto a él para seguir mi camino, a ignorar las peticiones del corazón. Quizás que no sabría cómo reaccionar. En el momento en que me abriera la puerta me ruborizaría, ¿cómo justifico mi presencia allí? Estoy casi segura de que él estaba allí, tan cerca. Y, aunque invisible, también hay un muro. Luego está el hecho de que, si fuera allí, para él estaría claro el motivo por el que he ido allí, es demasiado inteligente para intuir que mi presencia allí sólo responde a un único motivo: estar cerca de él... No estoy segura de querer que él note lo que siento. Estoy convencida de que él intuye que siento algo por él, algo bonito, pero no quiero darle tantas pruebas de ese amor. Al final, también en algún momento sale al exterior esa timidez que parece inexistente en mí, pero está ahí.
Me gustaría haberle visto, haberme encontrado con él en algún bar. La otra vía es más improbable, aunque sepa dónde está no puedo ir a buscarle. Una cosa es pensarlo y otra muy diferente llevar ese pensamiento a la práctica.
Entonces me he sumergido en la oscuridad recalcitrante de la noche, pensaba en él y entonces he visto las estrellas, las infinitas estrellas que se ven en el cielo esta noche. Y pensaba en lo mucho que me gustaría estar con él viendo ese cielo tan perfecto.
Es hora de ir a dormir.
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