sábado, octubre 01, 2011

En el país de la Nube Blanca



Un libro bueno resplandece por sí solo en los estantes de cualquier librería. Ya había leído en los últimos meses buenas críticas sobre esta novela que parece ser la primera parte de una trilogía.
Lo compré en una librería ubicada en la Plaza del Castillo de Pamplona, pese a que resultaba voluminoso con más de 700 páginas. Y siempre evito comprar libros cuando me voy de viaje, quizás porque contribuyen a que la maleta termine pesando más de lo que debería. Pero no pude contenerme. Yo ya sabía dónde estaba ambientada la historia sólo con el título, o sólo con el perfil dorado del kiwi que aparece sobre el nombre de la autora, y me pillaba demasiado cercano como para ignorarlo.
Así que vine con él en la maleta y llevo ocho días leyendo sin parar. Hacía mucho tiempo que una historia no me enganchaba tanto. Mi madre me veía pasar páginas sin parar, inmersa en la historia, y finalmente dedujo que debía ser un buen libro, por lo que me dijo que se lo apartara, pues ella también quería leérselo después.
Me parece una magnífica historia. He dejado las últimas cincuenta páginas para apurarlo en las piscinas, aunque más lentamente. No disfruto cuando termino un libro de tales dimensiones, no quiero llegar al final, porque entonces la historia habrá acabado. Y ahora me encuentro en ese momento: cuando he dado la vuelta a la última página y he sonreído. Entonces he pensado: “¡Qué gran novela!”.
Además de lo maravillosamente que está descrita, ya he comentado que me toca demasiado cerca, que me recuerda aquellos mundos tan lejanos, los idílicos paisajes neozelandeses, la impresión que me causaron los maoríes la primera vez que les vi, las reseñas históricas sobre el tratado de Waitangi y aquellos rincones paradisíacos tan tranquilos. Es como si hubiera regresado de nuevo a Nueva Zelanda.
La novela transcurre en el siglo XIX, cuando los colonos ingleses se embarcaban en una travesía de varios meses para ir a repoblar la lejanísima tierra de Nueva Zelanda. Entonces en aquel país había un puñado de ganaderos que se afanaban en la cría de ovejas con pedigrí y las tribus de maoríes. Unos y otros convivían pacíficamente.
Dos mujeres se encontrarán en el barco que les llevará a su destino definitivo y sus caminos estarán unidos para siempre.
Helen Davenport es una institutriz que trabaja para una familia adinerada de Londres: los Greenwood. Adora dar clases de álgebra y literatura a los niños, pero añora también tener una familia. No tiene dote ni dinero para conseguir un marido, así que cuando ve el anuncio en el boletín de la iglesia a la que acude todos los domingos no se lo piensa dos veces: en Nueva Zelanda hay muchos varones que desean una mujer que les ayude con la granja y a formar una familia. Cuando las cartas de Howard O’Keefe la embelesan, ella decide que emigrará a Nueva Zelanda para casarse con él. El mayor de sus pupilos, George Greenwood, que la adora declara su amor por ella, pero ella le explica que es demasiado mayor para el joven que está experimentando su primer amor.
Lady Gwyneira Silkham es la rebelde hija de un granjero rico y acomodado de Gales que va a hacer negocios con un comerciante y granjero recién llegado de Nueva Zelanda, Gerald Warden, con el que al final termina apostando a las cartas. El señor Warden le gana varios rebaños de ovejas de primera calidad, perros ovejeros y caballos de pura raza, así como la mano de la rebelde Gwyn para su hijo Lucas Warden.
Así que Gwyn y Helen se encuentran en el barco que les llevará a su nuevo hogar. Helen se convierte en pupila de unas niñas que han destinado a Nueva Zelanda, que van como criadas de casas de colonos, pero cuya reputación es dudosa. Durante la travesía, Helen intentará convertirlas en unas señoritas, les inculcará una educación y les enseñará a leer, escribir y hacer cálculos. Pero sobre todo instaurará en ellas unos valores.
Cuando Helen llega a la casa parroquial no es acogida afectuosamente, mientras las niñas son despachadas a sus familias correspondientes. Las dos mellizas no soportarán la separación de su hermana y terminarán escapándose y reencontrándose para proseguir su vida juntas. Helen no puede hacer nada por ayudarlas. Tampoco por sí misma puede hacer nada cuando conoce al maduro Howard O’Keefe, con el que enseguida contraerá matrimonio rápidamente. Él es un hombre bruto y arisco.
En cambio, Gwyn no se cree la suerte que ha tenido cuando conoce a su prometido: el guapísimo Lucas Warden.
Las dos mujeres se convierten en esposas soñadoras e ilusas cuando contraen matrimonio con sus respectivos prometidos.
Tanto una granja como la otra están a unas pocas millas de distancia, pero los dueños se odian a muerte. Parece ser que en una época remota Howard y Gerald fueron socios y éste se jugó las propiedades, las tierras y las ovejas a las cartas, dejando a Howard con una mísera parcela y una triste granja, además de dejarle sin la mujer a la que amaba.
Mientras Helen aguanta a su marido cada noche hasta que se queda embarazada, Gwyn no consigue de Lucas el coito. No es todo magnífico en Kiward Station, cuando Gerald quiere un heredero. Como Lucas es más un artista y apenas se preocupa de la granja, es Gwyn la que hace más las tareas de granjera, tomando decisiones junto a su suegro. Sabe que su marido lo intenta, pero no consiguen tan deseado heredero. Gwyn sabe que causa admiración en todos los pastores y esquiladores que trabajan en la granja de su suegro, pero ella se siente atraída por el capataz, James McKenzie. Un día, decide confesarle que quiere un hijo suyo, por lo que los dos se embarcarán en una tórrida pasión que acabará con tan ansiado vástago. Entonces Gwyn no volverá a acercarse a McKenzie: está tan enamorada de él que sabe que si se vuelve a acercar a él no podrá separarse de su amor nunca más. Pasarán los dos una época dolorosa y de su unión nacerá Fleurette, una niña que tiene los mismos rasgos y la misma actitud rebelde de su madre.
Gerald Warden no soporta que su acérrimo enemigo haya procreado a un varón como heredero, Ruben, así que se aboca en la bebida y cada vez es más cruel con su hijo y con su nuera.
Los niños, tanto los de los colonos como los maoríes, acuden diariamente a O’Keefe Station, donde Helen imparte clases en su improvisada escuela. Las dos mujeres se reúnen a escondidas, para que los dos enemigos no entren en cólera.
Pasa el tiempo y Gerald Warden no soporta que su nuera no le dé un nieto varón, por lo que en uno de sus arrebatos bajo los efectos del alcohol viola a Gwyn delante de Lucas, que no sabe qué hacer. Cuando todo termina, una Gwyn humillada y vejada le pide a su marido que se vaya lejos, donde ella no pueda verle. Aunque intenta olvidarlo, nueve meses después nacerá Paul Warden, el tan ansiado heredero. Durante ese tiempo Gerald no había osado acercarse a Gwyn, pero tampoco la había pedido disculpas, en ese tiempo también Lucas se marcha de Kiward Station para no volver jamás. También McKenzie se había marchado al ver el avanzado estado de embarazo de la mujer que amaba y ésta, nerviosa, no le había querido decir quién era el padre del niño que esperaba.
Paul crece como un niño taimado y perverso que odia a su hermana, que disfruta haciéndola daño y chivándose de todo. Así que cuando les espía un día a ella y a Ruben ‘montándoselo’ sabe que su abuelo, al que el niño idolatra, estallará en cólera. Ruben marchará en busca de oro a Queenstown, mientras Fleurette es presentada a vejestorios amigos de su abuelo que piden su mano sin compasión. Llega un momento en que ella sabe que tiene que huir.
Lucas pierde la vida como buscador de oro. Mientras, McKenzie se convierte en ladrón de ovejas y el hombre más buscado en toda la isla Sur, aunque también admirado, ya que sólo roba ganado a los ricos. Cuando Fleurette huye en busca de Ruben, se encuentra con McKenzie y durante unas horas disfrutarán del tiempo perdido como padre e hija. Él será apresado, mientras que ella consigue escapar y llegar a Queenstown, donde junto a Ruben comenzarán a vender aperos para los buscadores de oro, con lo que empezarán a ganar dinero de verdad. Allí se casarán, lejos de las miradas de sus familias enfrentadas, pero manteniendo misivas a través de George Greenwood y su esposa.
Cuando Howard encuentre las cartas, coge la escopeta para buscar a Gerald y Paul Warden. De un golpe mata a Gerald y Paul, en venganza, saca su revólver y acaba con la vida de Howard. Paul se ve obligado a huir, pero con él marcha Marama, una joven maorí que es su hermana de leche, que le ama pese a las locuras y maldades de Paul, y él es a la única que respeta. En los altos formarán su nido de amor y Paul Warden se convierte en mejor persona. Entonces Tonga, convertido en jefe tribal, sabedor de que en el tratado de Waitangi los maoríes fueron engañados y los ingleses les quitaron la tierra, va a buscarle. Paul y Tonga han sido siempre enemigos, sobre todo porque los dos quieren a Marama. Un soldado maorí mata con una lanza a Paul.
James McKenzie, que ha recibido un indulto, ha ido a buscar a Gwyn y han decidido hacer un acuerdo con los maoríes que se encuentran en sus tierras. Pero Tonga no está dispuesto a ceder. Entonces aparece Marama y dice que espera un hijo de un pakeha (hombre blanco) y que por sus venas corre la sangre de los primeros colonos maoríes, con lo que llegan a la paz.

Nueva Zelanda carece de seres humanos que hubieran vivido en el país antes del siglo XIV. Entonces llegan a la isla del Norte los primeros maoríes desde la Polinesia. Lo primero que ven desde sus canoas es una tierra envuelta en una nube blanca. Es lo que ellos llamaron Aotearoa: "la tierra de la gran nube blanca", es lo que nosotros conocemos como Nueva Zelanda. 

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