Ya no se escuchan los grillos por las noches, aunque de vez en cuando, si la ventana está abierta, se oye algún ladrido lejano o las gatas que da la sensación de que lloran a la luna. Pero ya no se escucha a los grillos, que hace unas semanas aún estaban aquí. Me pregunto dónde habrán marchado.
Aunque el cielo sigue poblado de innumerables estrellas. Creía haber oído que mañana iba a bajar bruscamente el mercurio de los termómetros.
Y en el silencio de la noche, interrumpido ocasionalmente por el sonido lejano de algún animal, recuerdo su mirada perfecta. Dibujo mentalmente su rostro angelical y añoro pasar mis dedos por él, aprendiéndome cada rasgo de él. Al pensar en él no puedo evitar una sonrisa.
Con los dulces recuerdos de él frescos en el pensamiento es, sin duda alguna, un buen momento para ir a dormir. A soñar. A imaginar. A susurrar a la noche palabras de amor que desaparecerán con la primera brisa del amanecer.
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