
Obviando hablar del trabajo donde ha habido momentos en que sentía que iba a perder el control de un momento a otro y esforzándome para decirme que todo iba bien, ha sido un día fatídico en general. Un día que hubiera sido digno del trece. Al final, sólo veía por llegar a casa y tumbarme a ver si se me pasaba el dolor de cabeza que llevaba zumbándome todo el día y parece ser que se ha pasado.
Entonces, cuando iba a casa, algo me ha llevado a alguien. Y toda la negatividad se ha difuminado en cuestión de segundos. Quizás debería haber pensado en él más a menudo, pero ni siquiera he tenido tiempo para descentrarme de lo que estaba haciendo. Ahora, ya pasado, visto de lejos, me da la sensación de haber estado saltando de un lado para otro sin parar. Con esto, no quiero decir que las cosas hayan ido mal, porque no es así, sólo que ha habido momentos que me han llevado al pesimismo. Y eso que no he dejado que cale en mí. Pero a las cinco, cuando iba con una mesa por toda la calle M. hacia el coche, he sentido un peso terrible sobre los hombros, la cabeza taladrándome sin parar y la necesidad de descansar.
Al final, sentirle tan próximo, ha hecho el milagro: todo ha pasado.
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