
Intento no pensar en nadie, mirar al frente sin volver la cabeza, disfrutar de cada momento, sonreír, sentirme libre, vivir al compás del viento y luchar por que las lágrimas no marchiten mi corazón.
Me pregunto qué será de él, cuántas veces habrá contemplado las palabras que quizás nunca debí escribirle, me pregunto cómo estará. Y sé que todas las respuestas que pueda imaginar estarán huecas, porque yo no puedo contestar a lo que desconozco.
Al marchar he visto su coche. Casi siempre está cuando yo me voy. Son infinitas las ocasiones en que un impulso me insta a dar media vuelta e ir a verle, pero sé que no lo haré. Y, sin embargo, me enternece pensar en él, recordando su dulzura, su bondad, su tranquilidad. Y me ruborizo al evocar los sueños en que su barba toca mi piel y siento que un escalofrío recorre toda mi espina dorsal. Hay pensamientos que no puedo sacar de mi mente, quizás es porque están dotados de una belleza tal que se convierte en algo indescriptible.
Le quiero tantísimo que prefiero no pensar en ello. Más que ayer, menos que mañana.
Me iré a dormir, a ver si tengo la fortuna de volver a soñar con él, pues cuando sueño con él no me despierto en toda la noche y me despierto feliz.
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