
Seriamente me han dicho hoy que se me ve muy triste. Me lo ha dicho la misma persona que me lo comentó a principios de semana. La verdad es que, si lo pienso, sí que me siento algo apesadumbrada y con cierto desasosiego, pero desconocía que fuera algo tan palpable. Nunca puedo ocultar esa vocecita interior.
En parte, uno de los motivos es porque mi corazón desaprueba lo que dicta la cabeza en estos momentos y eso parece traspasar todas las capas de mi piel para aflorar al exterior. Sin embargo, no se lo he dicho a nadie. Es una lucha interior a la que me tengo que enfrentar yo sola, la confrontación de sentimientos disconformes.
Un ejemplo obvio ha ocurrido esta tarde: he tenido que apretar los puños para no ponerme a teclear un email que me moría de ganas de escribir, preguntar lo más natural. Pero algo, puede ser orgullo o puede ser decisión, me ha hecho detener los dedos y no escribirlo. Lo natural hubiera sido dejar fluir los designios del corazón, lo antinatural ha sido no haber permitido dar señales de ningún tipo. Eso entra a formar parte de esa burbuja de tristeza que cualquier día terminará explotando.
Sin embargo, la necesidad de él va mucho más allá. Le echo tanto de menos...
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