miércoles, enero 20, 2010

La bomba pedorreta

En la caja de los Phoskitos vienen artículos de broma. Mi hermano pequeño se come los Phoskitos y yo hurgo entre las tonterías que vienen, que casi siempre van a la basura. Pero esta vez... ¡Oh, lindos recuerdos!
Cuando estaba en Marianistas teníamos dos sesiones de estudio, entre la hora del final de las clases, a las cinco de la tarde, y la hora de la cena. Nada más salir de las aulas y cuando los alumnos externos cogían los autobuses para marchar a casa, se repartía la merienda entre los internos, que consistía en pan con dos onzas de chocolate la mayor parte de los días. Cuando tocaba el timbre, teníamos que darnos prisa por coger nuestros libros y acudir al aula donde debíamos permanecer estudiando hasta el descanso. Generalmente, todos los internos éramos divididos en las dos aulas más grandes, dos cursos en cada una, al cuidado de un cura o profesor.
A las 19.45h. nos daban un cuarto de hora de descanso para volver al estudio hasta las nueve de la noche. Ahora, cuando veo lejanos aquellos días, recuerdo sin nostalgia las fatídicas tardes, todas iguales, al ritmo del segundero paulatino de un reloj lejano, escuchando aquella sirena puntual del cambio de turno a las seis de la tarde en la fábrica maderera aledaña al colegio.
Monótonas pasaban las tardes, aunque es necesario recordar los momentos de humor.
Millán era un marianista que se ocupaba de la granja de conejos del colegio -cuando aún estaba entero y no se habrían dignado en vender parte de sus terrenos aquellos directores autócratas, que creían en el sistema de castigo por el cual yo me he barrido en esos cuatro años todo el colegio-. A veces, se dignaba a venir con los jóvenes estudiantes, encajando su enorme barriga entre el pupitre del profesor y la silla. Desde allí nos observaba. Millán era como un cíclope. En mi época, cuando aún no se había operado, tenía un enorme bulto que sobresalía en el entrecejo, de ahí que muchos, entre susurros, dijeran que tenía tres ojos. Recuerdo que un día llegó al estudio y se plantó de pie, mientras todos bajábamos los ojos hacia nuestros libros que contaban mil batallas (el mío, en concreto, era Historia Universal, cuando no soportaba la historia). Hay que imaginar a una alumna risueña, separada de sus amigas, en el último pupitre junto a la ventana. Enfrente, Millán, con los brazos en jarras, observando el silencio de los alumnos que pugnaban por ser algo en la vida. Levanté los ojos, encontrándome con la barriga del marianista y la bragueta abierta. Tuve que mirar hacia el solitario patio que robaba los últimos rayos de luz a la tarde, mientras disimulaba una risita.
Cuando Millán comenzó a dar vueltas por el aula, no tardé ni un minuto en llegar a la última página de una libreta, donde silenciosamente rompí un trozo, para escribir a mis amigas: "Tiene la bragueta abierta". Y me quedé expectante; cuando Millán comenzaba a caminar por el aula terminaba siempre saliendo, y la puerta se encontraba en el lado opuesto a donde yo me encontraba. En la parte de fuera, recuerdo que escribí: "A Rebeca (mi mejor amiga del colegio y, a la sazón, mi compañera de habitación), pero lo puede leer todo el mundo". Hasta que el papel llegara a mi amiga tenía que pasar por cuatro alumnos y todos leyeron el papel. Cuando Millán volvió a entrar en el aula, la última fila de la clase tenía los ojos pendientes en él e intentaba aguantar unas risitas que pugnaban por hacerse oír. Debió darse cuenta de que algo pasaba, aunque nadie le dijo nada. Al volver del descanso, ya no había motivo de risas y seguramente se pudo imaginar el motivo de aquellas risas mal disimuladas.
Otro día, en esa misma aula, alguien llevó una bomba pedorreta. Yo era la primera vez que veía algo así. Antes de que llegara alguien a cuidar de nuestro estudio, todo el mundo sabía lo que había, y que alguien empezaría con la broma, para pasar de pupitre en pupitre. Lo difícil era inflarla sin que te viera el profesor. Así que estuvimos toda la tarde escuchando las pedorretas de un lugar a otro del aula. Tanto se debían oír que llegó Zacarías, el profesor que estaba en la otra clase, con los dos cursos inferiores, para quedarse en la puerta observando y descubrir el globo de las bromas. Lo confiscó.
Hoy me he acordado de aquella tarde, de las risas que nos echábamos de vez en cuando en el colegio.
¿Cómo será ahora?

Le gastaré la bromita a mi padre, pero conociéndole, seguro que se llevará el globo en el coche para 'quedarse' con la gente. Mi padre, yo y nuestros momentos de humor. Nos reímos demasiado y eso es bueno.

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