Hoy es uno de esos días en que a las ocho estaba en casa. Lo primero que suelo hacer nada más llegar es encender el portátil, pero hoy ni siquiera se me ha pasado por la cabeza. Después de conducir con Sabina a tope, sólo me apetecía terminar el libro. Me lo he leído en un día, sí, aunque no es nada sorprendente cuando no creo que llegue a cien páginas escritas (el resto son imágenes).
Sin embargo, cuando me encontraba en Madrid, en el estudio de grabación, me he quedado dormida. Eran las once de la noche.
Las sensaciones de una lengua que te chupa toda la cara son extrañas. Yoguito no quería que me quedara dormida, no era la hora y él lo sabía. Pues he tenido que despertarme. El perrito ha estado dos días sin comer y sin beber, aunque mi madre le metía agua en la boca con una jeringuilla. Pero hoy, cuando he llegado, estaba mejor: había comido, tenía ganas de jugar y para ello me traía uno de sus juguetes para que se lo tirara lejos, y no se ha dedicado a tumbarse como los dos últimos días, con una carita de "pasao" que me daba verdadera lástima. Estos dos días le tenía que tapar con mi manta de vaca, porque se retemblaba todo. Pero finalmente se ha curado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario