martes, enero 19, 2010

Romper una canción


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Mi estrecha relación con las letras de Joaquín Sabina, con esa voz rasgada, machacada que llega al alma, se inició ya hace muchos años. Desde mi punto de vista, es uno de los mejores artífices de letras musicales de nuestro país. Como pocos, es capaz de dejarte pensar con una frase, para volver a escucharla después, cuando ya has encontrado el sentido, para sentirte identificada y sentir que te cala hondo. Podría nombrar innumerables canciones, unas famosas y otras no tan sonadas, pero esto se convertiría en algo extenso.
Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres…”.
Cuando Joaquín Sabina sacó a la luz su último disco, Vinagre y Rosas, no iba a tardar más que horas en hacerme con él. Y es curioso cómo, después de tenerlo en mis manos, de abrir el papel con devoción, aún pasarían unas semanas antes de que me convenciera para escucharlo entero. No fue una casualidad: se lo dejé a un amigo, que lo llevó en el coche hasta hace poco, al que se le había olvidado devolvérmelo. Y finalmente, cuando el disco volvió a mis manos, lo dejé en casa y sólo cuando escuchaba la radio del coche comprendía que me lo había vuelto a olvidar.
Entonces esta semana lo cogí ¡por fin! Y lo escuché entero, con devoción de santa, con admiración, conteniendo a veces la respiración. No fue una sola letra la que me hizo reflexionar, sino el disco entero.
Ayer, cuando escuchaba la canción dedicada a Praga –donde se escribieron la mayoría de las letras de los temas de Vinagre y Rosas-, mi mente voló lejos: hasta el puente de Carlos IV sobre las aguas del río Moldava, la subida al castillo, con sus callejuelas laberínticas ornadas con casas de mil colores, el encuentro con Johnny Walker (en checo, su nombre era Jan, y el apellido, algo como “caminante”, pero para nosotras era más sencillo llamarle como al whisky). Y recuerdo a los músicos bohemios en las calles aledañas a la catedral, con sus enormes instrumentos, predicando una bohemia como jamás he conocido. Y hay que recordar que estamos en la Bohemia. Me vienen a la memoria los mercados con todo tipo de cristales con sus destellos brillando al sol y todas las connotaciones kafkianas que encuentras a cada paso.
Vine a Praga a romper esta canción”. 'Ayer' fue la primera vez que la escuchaba entera, y esas pocas palabras me sonaban de algo; no solamente me sirvieron para traerme recuerdos. En cuanto llegué a casa, me dirigí a la estantería, y allí estaba: Romper una canción, de Benjamín Prado, el amigo escritor de Sabina que se fue a Praga con él. Juntos prepararon el disco, y ahí está el resultado.
Ahí no acababa la cosa. A medida que seguí escuchando el disco, una letra me tocó el alma. Cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos. Yo ya había escuchado esas amargas palabras antes, sí, del mismo Joaquín, pero en forma de versos. Esta vez estaba escuchando los mismos versos, a los que había puesto música. Algo había variado, y no era sólo que esta vez tenía música, sino que se le había añadido letra.
No me quedaba más remedio. A punto de terminar el libro histórico con el que llevo las últimas semanas, tenía que empezar otro. ¿Por qué no éste, en el que se cuentan las peripecias de Sabina y su amigo Benjamín por las magníficas calles de Praga?

Desde que he llegado a casa, me he sumergido profundamente en el libro. Son doscientas páginas, llenas de imágenes y fotos. Benjamín Prado es un escritor y poeta amigo de Joaquín Sabina, un amigo íntimo y con una personalidad paralela al artista, un personaje que, creativamente hablando, utiliza los mismos giros lingüísticos, idénticos vocablos mezclados y busca la belleza del castellano. Esta vez acompañó a Praga a Joaquín, donde empezaron a escribir las primeras canciones del último disco de Sabina, Vinagre y Rosas, y el libro, en definitiva, cuenta toda la trayectoria del disco, las letras que desecharon, la ingente cantidad de versos que nunca se han cantado, pero sobre todo te llena la amistad con el cantautor, pasar unos días creando con él algunas de las más bellas canciones de nuestro idioma, la camaradería, continuar en Rota (Cádiz) entre vasos de güisqui y robándole horas al sueño. Y cuenta también cómo fueron los siete meses de proceso creativo del disco: desde las ideas pioneras en una ciudad de Centroeuropa hasta la elección de la portada, cuando ya estaba a punto de salir a la luz.

"Rosas, vinagre y Sabina son tres palabras que comparten mucho, y esas cosas no suceden por casualidad".Algún día tendré que volver a Praga. Aunque sólo sea para romper una canción.

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