Desde la parte trasera de mi casa se ve la carretera. Lleva horas el tráfico pasando con cuentagotas. Al fondo, las luces intermitentes de color azul destellan en el aire como bengalas. Las obras de la carretera, una vez más, volverán a salir en las noticias mañana. Dos camiones se han cruzado, resbalando por el hielo (esto no lo puedo ver desde casa, pero me lo ha dicho mi hermano pequeño). Ha sido a las siete de la tarde, pero aún siguen allí, mientras los vehículos pasan lentos.
No recuerdo haber visto nevar nunca con tanta saña como hoy. Sin parar, cubriendo todo con ese manto helado de color blanco. Bonita para verla de lejos, horrible si tienes que ponerte en la carretera. Lo cierto es que llevo dos días sin tocar el coche. Hoy he vuelto a casa a las cinco y tengo la punta de la nariz helada, pese a que en mi casa hace calor. Siempre tengo fría la nariz, junto a las manos, pero éstas han ido entrando en calor a medida que he ido moviendo mecánicamente los dedos para poder escribir.
Hoy ha sido un día extraño. Estoy inmersa en un mutismo inhabitual, tanto que hasta mis compañeras me han dicho que me veían algo mustia, menos risueña de lo que soy siempre. Les he dicho que es por el tiempo, que el frío me afecta emocionalmente. No me han tomado en serio, pero hay mucho de verdad en esa afirmación. Inconscientemente sí que me afectan negativamente estos días. Me siento algo alicaída, sin motivo aparente. Y eso me lleva a recordar que anoche lloré sobre la almohada al apagar la luz, un llanto contenido para que nadie pudiera oír, unas lágrimas que se refugiaron entre las paredes de mi dormitorio, que fueron acogidas por la almohada que me lee el pensamiento y comparte mis secretos. El motivo de esa pena que anoche me derrumbó y que sobra ahora, unido a la melancolía que se entrelaza en mi cuerpo junto a los copos de nieve invernales, han sido suficientes para que, inconscientemente, hoy apareciera algo más apagada de lo habitual. Sólo cuando me lo han dicho varias veces y he negado la evidencia, me he replanteado si realmente me sentía triste o sólo eran connotaciones que veía el resto de la gente, excepto yo.
Finalmente me he obligado a mirar de frente el rostro malicento que me devolvía la mirada desde el reflejo del espejo del ascensor, y me he preguntado quién sería esa extraña que me observaba con cara de pocos amigos.
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