
La nieve tiene un aroma especial. No es a humedad, esa humedad petrificante que queda después de llover. Es un olor diferente. Es el olor del frío y, a la vez, es agradable.
Hoy ha sido uno de esos días en que he parado el tiempo, recordando tal vez. Un estado de ánimo que oscilaba entre la alegría y la tristeza me ha acompañado allá donde he ido. Y en medio de todo aparecía su imagen, algo difuminada.
Caminar sobre el hielo me exaspera; dicen que mañana subirán las temperaturas. Aunque la nieve sigue oliendo a... nieve. Estos días me han traído a la memoria a Invernalia, al Juego de Tronos de George R.R. Martin. Sublime saga literaria, allá donde las haya. Si mal no recuerdo, hace ya un año que empecé a leérmela y anhelo el momento por que salga el siguiente libro de la serie, Danza de Dragones llevará por título.
El olor de la nieve es como ese perfume que adoras, aunque sólo lo hayas sentido una o dos veces, ese aroma que aparece cuando menos te lo esperas y recuerdas dónde lo notaste en el pasado y recuerdas... Añoras el aroma del olvido, aquel que te ha hecho evocar un momento del pasado que ya se había perdido, que ha regresado al presente por una añoranza inesperada.
La nieve sólo huele a nieve. Sabes de antemano que, cuando desaparezca, no volverás a notar su aroma hasta que todo se vuelva a cubrir de blanco. Con los perfumes es diferente, porque aparecen de modo inesperado, tan sólo porque te has cruzado en un paso de cebra con alguien que te trae a la memoria a otra persona.
¿Y él? ¿Qué aroma tiene él? Me pregunto si sabría relacionar su olor si apareciera inesperadamente alguien que lleva la misma fragancia. Ni siquiera sé el perfume que usa, aunque creo que sabría reconocerlo.
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