
Cuando he mirado la hora eran las nueve de la noche. Se ha pasado el tiempo sin darme cuenta. Si bien es cierto que otros días necesito irme a las siete, hoy no he sentido tal necesidad. He seguido y, cuando me marchaba, caía una llovizna renqueante. He corrido hacia el coche, ni siquiera se me había ocurrido ponerme el gorro. Entonces he mirado hacia un lado y he comprobado que él todavía seguía. Me he encontrado pensando en un deseo ferviente de dar marcha atrás seis horas, volver a revivir ese momento. Como en una vieja película, en que rebobinas veinte veces si hace falta para volver a ver un momento único.
Cuando veo algo cercano a él, me siento como protegida. Pero no es ese tipo de protección dependiente por la que necesitas siempre a tu lado a una persona que vele por ti, sino una protección de otra índole. Cuando le siento cerca, es como si sintiera que todo mi interior se recubre por una gruesa capa protectora, donde nadie puede pinchar, ni hacerme enfadar, donde no cabe nada negativo ni entra el pesimismo. Es más una protección moral. No es la primera vez que me siento protegida, pero he pensado mucho en este tema para comprender en qué manera me siento protegida cuando él está cerca. Sólo hay que rememorar un encuentro con él para que emane una fuerza, una energía y una felicidad tan potentes que a veces me resulta hasta sorprendente. Incomprensible que una persona pueda tocarme el alma tan sutilmente.
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