
Anoche me quedé dormida demasiado pronto. Vuelvo a sentir que sonrío como siempre.
Sonrío al levantarme de la cama y recordar el último sueño. Sonrío al mirar por la ventana y descubrir una espesa niebla que oculta todo con su pesado manto. Sonrío al pisar el acelerador, queriendo llegar ya, deseando encontrar su coche en cada esquina, al dar la vuelta a la calle. Sonrío al mirar la hora en el reloj y comprender que vuelvo a llegar unos minutos tarde, mientras observo que aún tengo medio desayuno sin tocar. Sonrío con cada persona que hablo, con todos los que me saludan, con cada persona que llama. Y una llamada puede sacarte de ese ensimismamiento para llevarte a pensar de nuevo en el mago que puebla tus sueños cada noche. ¿Por qué diablos no le habré preguntado por esa persona? Hace unos meses lo hubiera hecho, ahora, cuando me ha dicho quién era me he mordido la lengua.
Ansío verle, aunque pienso en él a todas horas (bueno, a casi todas). Ahora comprendo por qué me siento tan risueña hoy. Es él, es su magia.
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