Hace unos años tenía unas zapatillas de casa que me encantaban. Siempre llevo de ese estilo de zapatillas, aunque casi nunca me fijo en el dibujo, sino más bien en la textura: unas zapatillas para estar en casa tienen que calentar los pies, aunque sean horribles.
Tengo una ingente cantidad de fotos en el portátil, tanto que no me canso nunca de mirar, de seleccionar y, si acaso, borrar, etiquetar, guardar. Ayer estuve viendo las fotos de París, donde estuve hace cinco años ya (en febrero se cumplirán), hoy he cogido una carpeta al azar.
Me encantaría compartir todas estas fotos con una única persona, susurrarle al oído la historia de cada imagen, contener la respiración al evocar otros lugares, otras personas... Las experiencias que te aporta la vida, las vivencias a través de imágenes congeladas. Historias que sólo compartiría con él, porque la mayoría, cuando a veces ocurre que alguien cercano observa algunas de esas fotos, son historias que me guardo para mí, con su contenido implícito, con su mensaje oculto. Las fotos más crudas son las de aquellos que se fueron. Ver a mi tío, en toda su plenitud, con toda su energía, con una magnánima sonrisa, me llena aún de congoja y angustia.
De todas formas, sólo son fotos, para nada equiparables con los recuerdos, con las imágenes perennes que guarda esa máquina todoterreno que tenemos en la cabeza.
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