Al abrir los ojos esta mañana ni siquiera he caído en el día que era. Viernes, de nuevo. Se me ha pasado esta semana volando. A pesar de que miro para atrás y me da la sensación de que los días pasan muy lentamente. Si parece que fue hace meses cuando me llamaron para notificarme el premio y ni siquiera se ha cumplido aún el mes.
Hoy he quedado para ir al cine. No es que tenga muchas ganas, quizás por el frío que se hace notar en todas mis articulaciones, pero sobre todo porque me pilla lejos. Y porque ya sé cómo termina la película.
Esta mañana he de hacer muchas cosas, como limpiar todo el piso y, sí, que ya va siendo hora, poner la calefacción, que el tiempo ha cambiado de manera radical esta semana. Lo bueno es que el nórdico no deja notar ese aire siniestro que me rodea. Ni siquiera he cogido un catarro aún -tocaré madera-. Aunque, por las mañanas al despertar, tenga la punta de la nariz como un témpano de hielo.
Lo peor de todo es la somnolencia, esta extraña somnolencia que me invade profundamente, por la que tengo que hacer titánicos esfuerzos para no caer muerta de sueño hasta que amanezca. Aunque dentro de lo malo siempre hay algo bueno: ahora no doy vueltas en la cama intentando, durante horas, conciliar un sueño imposible, sino que me duermo directamente.
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