
Guerra y paz es el libro más gordo que me he leído nunca. Con aproximadamente 1800 páginas, sobrepasa a los de Follet, El Conde de Montecristo y El Señor de los Anillos, que hasta ahora eran los más largos que me había leído y que rondan entre las 1000 y 1200 páginas.
Cuando, hace unas semanas, lo cogí no imaginaba un resultado igual. Siempre pensé que las mejores historias son las más largas, porque te metes durante tanto tiempo en la historia que te terminan haciendo llorar, reír, desear, pensar y afiliarte junto a unos y otros personajes. Sería, por tanto, imposible esgrimir en unas pocas palabras toda la historia que hay en las páginas de esta “novela”, que ni es novela ni crónica histórica ni reportaje social del siglo XIX. Simplemente es una visión de Tolstói, haciéndonos partícipes de una época de la Historia que hizo caer a un líder junto a todo su ejército. El lector siente impotencia por el pueblo ruso, que no puede evitar la invasión napoleónica ante ese ejército superior. Y nos ponemos de parte del autor que, como ruso, se siente comprometido con todo lo que ocurrió en su país durante el reinado del Zar Alejandro I.
1805, 1807 y 1812 constituyen las sucesivas guerras y movimiento de tropas de Occidente a Oriente, llegando al clímax con la entrada de Napoleón en Moscú, donde se encuentra con una ciudad vacía. Y esa llegada a la capital rusa constituye el principio del fin de la derrota del Emperador francés. El ejército ruso, humillado y con una fuerza moral superior, persigue y acosa con pequeñas incursiones a los franceses en su retirada, terminando venciendo a Napoleón.
Dentro de este marco histórico, en el libro destacan varias familias nobles dignas de mención (fruto de la invención de Tolstói).
El conde Bezújov, Pierre, hijo bastardo de un hombre muy poderoso y adinerado. Pero su padre, antes de morir, le deja todos sus bienes. Pierre es un personajes extraño y excéntrico, del que habitualmente se burlan en las fiestas sociales que acontecen tanto en Moscú como en San Petersburgo. Ha estudiado en el extranjero y es un erudito, pero parece tan despistado que a la exquisita sociedad rusa le produce temor acercarse a él, hasta que se convierte en el heredero más codiciado para las jóvenes rusas.
Los Rostov son unos condes venidos a menos. Se van endeudando tanto que sólo unos buenos matrimonios pueden sacarles de los apuros económicos. Nikolái se dedica por completo al ejército y, poco a poco, va ascendiendo. Sólo con los soldados se siente feliz, volver a casa le recuerda todas las responsabilidades que tiene su familia, por eso evita las peticiones y lloros de su madre. Natasha es una joven muy vivaz y locuela, que enamora a muchos hombres. Tendrá que sufrir mucho para madurar y convertirse en una gran mujer, admirada y querida por todos y la favorita de sus padres. Pétia, el pequeño, siendo un adolescente, desea alistarse en el ejército para combatir a los franceses, pero por su edad sólo podrá hacerlo en 1812, perdiendo la vida. Con ellos vive una prima huérfana, Sonia, que siempre ha estado enamorada y ha sido fiel a Nikolái.
Los Bolkonski, príncipes que tienen una inmensa fortuna. El padre es un anciano muy rígido que adora a su hijo y trata mal a su hija. Andréi se ha casado con una princesa que está embarazada, pero no la quiere, odia su falta de libertad tras el matrimonio y decide luchar contra Napoleón, pero como miembro del Estado Mayor (no entre las trincheras). Allí conocerá a Nikolái Rostov, y mutuamente se caen mal. Su hermana María es una mujer mística, dedicada a la religión y a las personas desgraciadas, es víctima del mal carácter de su padre, un hombre despótico que le achaca todos los males y, si no los hay, los busca, creando en María grandes contradicciones morales que, a la vez, la convertirán en una mujer superior, con el alma límpida. Su primer encuentro con Natasha es horrible, pero, debido al fallecimiento de Andréi, se van a unir y se van a convertir en grandes amigas. La esposa de Andréi fallece de parto y el príncipe se dedica en cuerpo y alma a su hijo Nikolái. Entonces conocerá a Natasha, pide su mano a pesar de que su padre está en contra de ese matrimonio. Le da un año de plazo y, mientras Andréi viaja al extranjero, Natasha conoce al bello Anatole, que la quiere secuestrar. Andréi rompe el compromiso y se va a la guerra, donde es herido, pero el destino vuelve a unirle con la muchacha y el amor fluye de nuevo. María se casará con Nikolái Rostov, que gracias a la fortuna de su esposa sacará de la ruina a su familia.
Los Kuraguin, una familia noble venida a menos que busca las oportunidades de ascender socialmente. Vasili sabe cómo hablar en sociedad y caer bien a las personas que están por encima de él económicamente. Se desenvuelve tan bien que se cree, debido a su esposa, uno de los herederos de Bezújov pero, al comprobar que todo se lo lleva Pierre, dirige los pasos de éste hacia el encuentro con su hija Elena, de una gran belleza y los dos jóvenes e inexpertos se terminan casando, aunque ese matrimonio es un verdadero fracaso. Sus dos hijos, Hipolite y Anatole, son dos jóvenes vagos y juerguistas que derrochan la estrecha fortuna que aún tiene su padre y, cuando Vasili les da un ultimátum, piden dinero prestado sin pudor alguno a su cuñado Pierre.
Elena y Pierre no se aguantan, aunque con el paso de los años si Pierre huye de ella, su esposa va detrás, convirtiéndose en la mujer más importante de la sociedad. Finalmente pide el divorcio a su marido, se convierte al cristianismo y fallece de una angina de pecho, lo que concede la libertad a Pierre, que no es informado de la muerte de su esposa hasta que Napoleón y su ejército no han sido echados de territorio ruso. Pierre es hecho prisionero en Moscú y va con las tropas francesas. Descubre un mundo nuevo para él y se da cuenta de que ama a Natasha.
Siete años después, toda la familia se reúne en una finca de María Bolkonski, donde se descubre la felicidad, se hablan de los problemas políticos, se oyen las risas de los niños...
Es una gran historia, aunque reconozco que cualquiera que vea el grosor del libro se echaría para atrás, ignorando la genialidad de sus páginas.
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