Lo que peor llevo es recordar esos ojos cuando no puedo verlos, pero los siento en mi perfil, en mi cogote, en mi espalda... cuando estoy despistada, cuando mi concentración pasa a otras personas.
Y así, recuerdo aquella primera conversación donde di paso a un silencio porque un amigo mío pasaba junto a nosotros y me miraba con una sonrisa de burla, hablándome con los ojos, sabiendo lo que pasaba por mi cabeza casi mejor que yo. No eran necesarias las palabras para expresar nada. Él sabía, yo sabía, y los ojos de color esmeralda que me miraban de reojo se sentían en su propio mundo porque, por primera vez aquella tarde, no tendría que lidiar de frente con mi mirada fija en ellos. De repente, F. había desaparecido momentáneamente, sólo estábamos mi amigo y yo hablando de nimiedades, dejando de lado los pensamientos que no se podían decir en alto porque había alguien que no los podía oír. Mi amigo se fue y yo me volví a él, que apartó la mirada, como si le hubiera pillado en falta. Seguimos hablando, la conversación volvió a fluir, pero se vio de nuevo interrumpida. El sonido de Camarón salía de mi bolso y necesitaba responder a aquella llamada, intenté desconectar de la persona que estaba a mi izquierda, sabiendo que estaría pendiente de mis palabras y que no me quitaría ojo hasta que terminara de hablar.
¿Por qué me mira así? ¿Por qué aparta la mirada cuando le hablo y miro fijamente, mientras roba los momentos en que me despisto y que yo no puedo controlar, pese a saber que está ahí al lado? ¿Por qué no puedo caminar por los senderos de su mente en esos momentos en que yo no estoy íntegramente pendiente de él? A veces me siento indefensa ante esa sutil cobardía que parece apoderarse de él. A veces creo que se quiere quedar con esos momentos porque él sabe que me deja sin defensas y siento que me roba esos momentos incontrolables por mí. Y a medida que el tiempo me acerca un poco más a él, siento que algo dentro de mí se ha desgarrado y duele...
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