viernes, octubre 03, 2008

Ojancanu

Se le denomina de diferentes maneras: “ojáncano”, “jáncano”, “páncano” en Cantabria; “tártalo”, “torto”, “anxo”, “basajaun” en el País Vasco; “patarico” en Asturias; “olláparo” y “ollapín” en Galicia.
El baxajaun suele tener unas connotaciones más positivas. Se le considera señor de la selva, es el genio que habita en lo más profundo de los bosques o en cuevas situadas en lugares prominentes... Es el genio protector de los rebaños. Da gritos en las montañas cuando se acerca alguna tempestad para que los pastores retiren su ganado. Hallándose en el aprisco o en su vecindad, no hay peligro de que el lobo se aproxime.
El ojáncano está emparentado con el cíclope clásico. Por lo general es símbolo de enfado y odio perpetuos. Se trata del mito masculino, fiero, malhumorado, gigantesco, siempre pensando en destruir cabañas, en derrumbar árboles y puentes, en entorpecer las camberas y los senderos con grandes peñascos.
Hay ojáncanos buenos, amables, que avisan y defienden a las personas de las maldades ajenas.
El ojáncano es un personaje conocido en los lugares donde son frecuentes los desprendimientos de rocas, acto que, por lo general, se les atribuye. Malhumorado y gruñón perpetuo, se alegra de los dolores y miserias ajenas.
Su rostro es redondo, de color amarillento, con unas barbas como cerdas de jabalí, largas y rojas. Los cabellos son de un rojo menos intenso. Su único ojo, en mitad de la frente, relumbra como una candela, y está rodeado de unas arrugas pálidas con unos puntitos azules. Es fuerte y de largos brazos; su voz, como un trueno, se asemeja al bramido del toro en celo y, a la puesta del sol, muge y echa espuma por la boca.
Tiene diez dedos en cada mano y en cada pie y dos hileras de dientes. A veces, es alto y delgado y se cubre con una zamarra de color pardo; otras, va prácticamente desnudo y se tapa con su melena y barbas, larguísimas y engrasadas con unto de oso, dejando al descubierto únicamente el ojo.
Enemigo de las anjanas, las persigue si las encuentra en su camino, pero ellas se transforman o se hacen invisibles, y siempre consiguen burlarle.
Nadie sabe de dónde viene ni adónde va. A los nueve meses de su muerte, salen de su cuerpo unos gusanos amarillentos, que tres años después se convierten en ojáncanos. Se le puede matar arrancándole un pelo blanco de la roja barba o dándole con una piedra en un hoyo que tiene en el centro de la frente. También fallece si come setas o fresas silvestres o si es tocado por un sapo volador o por una lechuza en la cabeza. Si llega a viejo, los ojáncanos jóvenes son quienes le matan y entierran.
Además de comer ganado y personas, así como murciélagos, golondrinas y pescado, le gustan las hojas de acebo, las endrinas, las bellotas y las panojas frescas.
Su morada se ubica en profundas grutas con la entrada cubierta de maleza y de desprendimientos pétreos, cuya puerta se cierra con una enorme piedra que sólo él puede mover. Su lecho está situado en la zona más profunda y está formado por hojas, hierbas y ramas.
Tiene el don de la metamorfosis y puede adoptar varias formas para hacer daño, por lo general la de mendigo anciano o árbol.
Enfurecido por el fuerte viento de los temporales, que le enreda las barbas en zarzas, árboles y arbustos, se enfada y tira y despedaza grandes rocas y árboles. En ocasiones, pelea a pedradas con otros ojáncanos. Ellos son los que forman los desfiladeros y precipicios y desgajan los montes.
Sus únicos amigos son los cuegle y los cuervos. Éstos suelen informarles de todo lo que ven, posándose junto a su oreja o en su nariz.

La “ojáncana”, “jáncana”, “juáncana” es la hembra del ojáncano, aunque no su esposa. Las características femeninas se exageran, para bien (anjana) o para mal (ojáncana).
La ojáncana no teme a nada y realiza sus maldades de frente, sin fingimiento alguno. De gran fuerza, cara chata y fea, dos ojos de mirada penetrante e intensa, greñas híspidas y colmillos retorcidos, comparte con las águilas la facultad de mirar directamente al sol, sin sufrir daño alguno.
Su manjar predilecto es la carne cruda de niño, pero también se alimenta de boronas, leche o sangre, sin despreciar cualquier alimento que pueda robar, salvo la rámila (garduña), que odia y teme. Vive en cuevas lóbregas y profundas, sucias, desaliñadas y malolientes.
De gran estatura, posee un enorme pecho que le estorba a la hora de perseguir a los niños, por lo que cuando corre se lo echa a la espalda, sobre el hombro. Lleva un saco grande o un “garrote” (cesto de tiras entrelazadas) a la espalda. Sale por la noche a coger comida para alimentarse, porque tiene miedo a salir de día.
Si a alguien le cae una gota de su orina en la cabeza se queda completamente calvo. A veces, presenta un solo ojo en la frente.

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