Cuando leo los emails de mi amiga M. se me cae el alma a los pies. Lo ha dejado con su pareja y sus palabras son agrias, dolorosas. A veces creo que se le escapa media vida con las cosas que dice, invadida por un sentimiento de pena infinita donde no hay color que ilumine su mundo.
La intento animar cada día, aunque soy consciente de que un email es frío, me esfuerzo para que mis palabras estén llenas del calor que ella necesita en estos momentos. Le he aconsejado que cambie el color del cristal con el que mira, pues a veces pareciera que todo en su vida gira en torno a él, cuando ¿quién es la protagonista de su vida? En ciertos momentos he evocado instantes pasados y he traído al presente aquellos retazos descafeinados en que yo me sentí igual. No sé por qué permitimos que nos rompan el corazón de esta manera, si al fin y al cabo, lo mejor que tenemos está en nosotros mismos y sólo debemos buscarlo. Para ser felices no necesitamos nada más que nuestra mentalidad. Nadie nos puede hacer encontrar la felicidad, si no estamos dispuestos a ello. La felicidad la encontramos nosotros con nuestro afán de vivir. Quizás es que yo soy más optimista que mi amiga, aunque la procesión siempre va por dentro, aunque he llorado por amor muchas veces (curiosamente casi siempre ha sido por el mismo, que todavía brindará más momentos agridulces a mi vida).
No hay ningún truco. Nunca estamos preparados para decir adiós a alguien, sea cual sea el motivo por el que se vaya de nuestra vida. Tampoco hay trucos para olvidar esos instantes pasados que siempre creemos que fueron mejores y, por tanto, irrepetibles. La mente almacena todos esos recuerdos. Pero rebozados en nuestro dolor somos inconscientes de que siempre sobreviene algo mejor. Creo que nuestros males se deben a que siempre nos estamos quejando por todo, nunca estamos conformes con lo que nos ha tocado, y por eso somos incapaces de dar gracias por lo que tenemos, por quienes somos, cuando hay gente que no tiene ni un mendrugo de pan para comer.
El dolor por amor es necesario para aprender a valorar el verdadero amor, ese que nos lleva a tocar el cielo con las puntas de los dedos, ese que hace el milagro. No sé qué ocurre entonces, pues nunca he tenido esa sensación. Sé quién es la otra persona, pero por variadas circunstancias nunca he llegado al cielo con él. Quizás nunca conozca el paraíso aferrada a sus brazos, ¿acaso importa? El corazón es demasiado grande para albergar un único amor, un amor tan poderoso que nos aporte incapacidad para reconocer a otras personas que nos obsequiarían con algo más satisfactorio.
En definitiva, no es bueno aferrarse a una sola carta, por mucho que el deseo nos ciegue, nos haga arder por dentro. A veces es preferible sacar a la persona que tanto queremos de nuestra vida, aunque sólo sea porque mirarle te produce un dolor innecesario y te condiciona a no reparar en nadie más. F. en mi vida ha pasado de ser ese amor único a formar parte de mi imaginación, pues como amor platónico nunca satisfecho ahora es susceptible de convertirse en un personaje más fruto de mi fantasía. Quizás nunca le tenga entre mis brazos, pero le arropo con mis palabras. De lo real ha pasado de una manera muy sutil a la ficción.
Y entonces las lágrimas cesaron.
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