sábado, octubre 18, 2008

Los zorros blancos

"Existieron hace muchos, muchísimos años unos zorros blancos con manchas verdes en las orejas y encima de los ojos. Tenían cola, dientes y patas de color negro.
Invernaban bajo la nieve, para salir en mayo a comer las hierbas y flores que encontraban. A mediodía se guarnecían en las cuevas hasta que remitía el calor. No dañaban a nadie, pero consumían la comida de los pastores y las flores de los manzanos, impidiendo que éstos dieran fruto.
Cuando centraban su mirada en las alimañas o en los hombres que pretendían darles caza para hacer de su sangre un remedio curativo, les imbuían tal miedo que les obligaba a dar media vuelta asustados.
Después de varios siglos de vida, se marchaban a morir a la copa del árbol más alto para impedir que se los comieran otros animales. Una vez muertos, se pudrían y de su cuerpo salían unos gusanos rojos, que se mataban unos a otros hasta que sólo quedaba uno. Éste engordaba hasta alcanzar el tamaño de un avefría, momento en que le crecía un pico largo y oscuro y unas alas negras con motitas verdes y blancas. Al cabo de un año, se iba del árbol volando. Si alguien lo veía en ese momento o cuando volvía al árbol en una noche clara, le producía gran alegría. Las aves de presa se apartaban de su vuelo. Con los años se le caían las alas y moría de pena, añorando la libertad de volar. Si alguien lo encontraba muerto, podía sacarle los ojos, que eran dos diamantes. Uno era el diamante del bien y otro el diamante del mal, y podía hacer con ellos tanto una cosa como la otra, siempre que fuera con justicia. Si hacía mal a los inocentes y a quienes no lo merecían, los diamantes se convertían en dos brasas que le prendían fuego a las ropas y le abrasaban".

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