Estoy investigando y documentándome sobre la historia de los bandos de Salamanca durante los siglos XIV y XV. El problema es que hay pocas fuentes de la época y mucha documentación de historiadores posteriores que discrepan entre ellos. La Edad Media siempre me gustó, pero si esta parte de la historia de esta ciudad me atrae es porque todavía quedan muchos edificios en pie que atestiguan sus leyendas y rumores. Todo comenzó cuando descubrí las fachadas de los Maldonado, de los Solís, de los Ovalle (es la misma casa donde vivió y murió Unamuno)... Empiezas a descubrir a los Anaya (palacio principal donde se aloja Filología), los Monroy (la venganza de María la Brava), los Tejeda... Lees sobre los usurpadores de tierras, indemnes frente a los campesinos, cada vez más empobrecidos, mientras eran despojados por caballeros armados de lo poco que poseían, convirtiéndose de nuevo en siervos. Un paso atrás... porque no sólo les quitaban sus pequeñas fuentes de riqueza, sino también su libertad. Y entonces descubres que donde hoy se ubica la Plaza del Corrillo era la línea fronteriza entre las dos zonas de la ciudad de entonces, donde crecía un corrillo de hierba, que ni los de un bando ni los del otro osaban pasar. Y luego comprendes por qué la Plaza de los Bandos se llama así, rodeada de sublimes edificios antiguos, renovados mil veces a lo largo de los siglos posteriores. Con motivo de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión buscaré la casa del matrimonio Enrique Enríquez y María de Monroy. Me gustaría descubrir dónde estuvo situada la iglesia de Santo Tomé, que funcionó como eje direccional de uno de los bandos. Lástima que haya desaparecido. La busqué en guías de la ciudad, pero hasta que no di con un libro de la Baja Edad Media en Salamanca no supe que había desaparecido -aunque lo imaginaba-.
En el marco de todo este flujo de historia, que le resumí a mi hermano en unas pocas líneas telefónicas, sigo pensando mucho y a diario en F. Es como si quisiera quitármelo de la cabeza, con escaso éxito. Sólo cuando me concentro en siglos anteriores o en los textos de alemán, consigo evadirme un poco de su presencia en mi mente. Pero cuando de repente cambio de tarea, me pongo a leer, a dormir o a hacer cualquier otra cosa que no me lleve un gran esfuerzo mental, aparece de nuevo su imagen ahí. A veces le odio un poco por hacerme sentir algo tan fuerte que a duras penas puedo controlar. En otras ocasiones siento que mi corazón se ensancha de tal forma que no puedo recoger los fragmentos eróticos que despide hacia el exterior. A veces me despierto entre sueños donde veo su mirada observándome fijamente, tanteando mi pensamiento, como si en cierta forma no terminara de creerse las palabras que jamás tuvieron que salir de mi pluma para que definitivamente terminaran en sus manos. A veces creo que podría morir por amor, que me romperá este desgastado corazón. Me pregunto cómo le puedo amar de esta manera.
Además tengo ansiedad. Estos días se falla el segundo de los certámenes a los que me presenté. Me he metido en la página del concurso y me dan ganas de llorar cuando veo que casi todos los ganadores sobrepasan con creces los cuarenta años y que tienen varios libros ya escritos. Supongo que no debería estar así, pues es harto difícil ganar con semejante competencia. Imagino que tengo que llevarme grandes decepciones en ese mundo, y ese certamen podría ser el primero. Siempre me quedarán los siguientes...
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