En Cantabria se cree que las libélulas, en la noche de San Juan y algunos anocheceres crudos de invierno, no son tales, sino que se trata de caballos que, cabalgados por el diablo, salen en rápido recorrido con las negras crines al viento, los ojos relumbrantes y relinchando y arrojando fuego por la boca y viento por los ollares, tratando de indisponer a los enamorados e impedir que pusieran los ramos a las mozas. Su alimento son los tréboles de cuatro hojas, que devoran con fruición, para impedir que les encuentren quienes salen al anochecer a buscarlos. Se abalanzan sobre todo aquél que hallan en su camino, destrozándolo con sus cascos. La única salvación posible es llevar un manojo de verbena, que hay que recoger antes de esa noche, o estar cerca de la hoguera de San Juan, a la que jamás se aproximan. Las huellas de sus cascos pueden observarse en las rocas.
Son almas condenadas por sus numerosos pecados. El rojo es un señor que presta dinero a los labradores pobres y después los embarga con trampas de mala fe; el blanco es un molinero que roba maquilas; el negro, un ermitaño que engaña a la gente; el amarillo, un juez; el azul, un tabernero; el verde, un señor muy rico que engaña a las mozas honradas; y el anaranjado, un hijo que pegó a sus padres.
Recuerdan a las cabalgadas nocturnas de almas condenadas o a las innumerables cacerías infernales.
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