jueves, octubre 23, 2008

El niño con el pijama de rayas


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Hace muchos meses ya que me recomendaron este libro. Creo que entonces ni siquiera puse atención. Imaginaba que sería una historia para "niños", que no habría mucho más y no me tomé en serio leérmela hasta que me convencieron para ir a verla al cine mañana. No soporto ver una película antes que leerme el libro, así que en dos días me lo he apurado. Podría haber sido en menos tiempo, pues 200 páginas con un lenguaje tan sencillo pasan casi sin darnos cuenta.
La historia es una especie de fábula o de "cuento" enfocado desde la perspectiva de la mente de un niño de nueve años, Bruno -de ahí el vocabulario sencillo- y el mundo que le rodea.
Él vive cómodamente en su enorme casa de Berlín, con sus padres y su hermana y, tras la cena con un hombre importante al que él llama "el Furias" (porque no sabe pronunciar Führer), hacen las maletas y se van a Auschwitz (que él llama Auchviz). Allí echa de menos a sus amigos de la ciudad, se siente solitario y empieza a explorar los alrededores. Lo primero que le llama la atención es la gran alambrada que se ve a lo lejos, donde todos (hombres, ancianos y niños) van vestidos con pijamas a rayas. Un día, conoce a otro niño, Shmuel, que está sentado al otro lado y comienza una amistad. Pero no es una amistad como las que tenía antes, porque no pueden jugar, ni correr, ni hacer nada más que hablar. Alemán y judío comparan sus respectivas vidas, hablan de sus familias, de lo que hacían antes... hasta que un año después, el comandante decide que aquél no es un buen lugar para su familia ni para educar a sus hijos. La víspera de marchar, Bruno decide cruzar la alambrada disfrazado con un pijama de rayas que le trae su amigo. Cuando están dentro les encierran en un barracón y nada más se vuelve a saber de Bruno. Su padre encuentra las ropas de su hijo y el hueco por la parte inferior de la alambrada y descubre lo que le ha pasado a Bruno.

Lo que a simple vista parece una historia ocurrida en 1942 en un campo de concentración tiene una profundidad mucho más insólita. La alambrada que separa es el símbolo principal de toda la historia. Son dos niños que no pueden tocarse, no pueden jugar, no pueden compartir nada. Vienen de dos mundos diferentes. Paradójicamente, ese muro invisible que debería servir para separarlos es lo que les une y les convierte en amigos. Sólo al final, en la cámara de gas, se dan la mano por primera y última vez, como si no quisieran perder ese contacto nunca.
También, cuando Bruno ha cruzado la alambrada me ha recordado al mito de La Caverna de Platón. Él ve un poco de lo que hay al otro lado y un día consigue evadirse de su mundo real, creyendo que el otro mundo es mejor. Claro que no lo comprende hasta que no es demasiado tarde.
Por supuesto, he llorado. No es un libro que deje indiferente, a pesar de que el final es sobradamente previsible.

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