Mi padre siempre me dice que tengo las manos frías, independientemente de si hace un calor de mil demonios o de forma más natural en los gélidos días de invierno. Después cubre mis manos con las suyas, intentando que las mías entren en calor, y me mira fijamente diciendo: "Manos frías... corazón caliente". A veces echo de menos esos momentos tan remotamente familiares.
Mi amiga Marlène siempre me cogía las manos y me las tocaba diciendo que le encantaban, porque nunca había visto unas manos tan diminutas. Y luego me miraba, frunciendo el ceño, y susurraba: "El único defecto es que te muerdes las uñas, lo que te afea los dedos".
Para mí, mis manos tienen los dedos pequeños, las palmas marcan perfectamente nítidas todas las líneas quirománticas, son suaves, sin callos, no se notan los poros ni ninguna vena al trasluz... Y odio llevar anillos.
Si tocara el piano alegaría que son manos de pianista. Si fuera oficinista, diría que la agilidad de los dedos se debe al tecleo continuo en un ordenador. Sin embargo, mis manos son proclives a coger el bolígrafo, posarlo sobre el papel y permitir que fluya esa fuerza superior a mí que no puedo controlar.
Las manos son reflejos de la personalidad de cada individuo. Para mí constituyen una atracción única. Sin palabras, las manos me dicen sus mensajes silenciosos sin que su portador se dé cuenta de lo que estoy recibiendo. Son las manos, junto a los ojos, lo que más me llama la atención de cada persona.
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