
Todo comienza cuando Adrian Troadec ve a una chica salir de su clase de chelo. Son los primeros años 20 en Lausanne, una pequeña ciudad a orillas del Lemán. Por mucho que el joven intentara acercarse a la chica, Alma le ignoraba completamente. Él era un simple lechero adolescente que olía a vaca. Pidió trabajo en el conservatorio, sin éxito. Intentó acercarse al director del mismo, tampoco tuvo éxito. Un día se escabulló en la cocina y encontró un tablero de ajedrez. Decidió aprender y ser el mejor para acercarse a Alma Trapolyi. Aprendió con el mejor maestro y se convirtió en campeón nacional. El ajedrez le abrió puertas: se ganó la amistad del director del conservatorio, que era además padre de Alma, pero ella seguía ignorándole. Cuando más le alababa su padre, más le odiaba ella.
Empezó a seguirla allí donde iba y descubrió que cuando terminaba las clases de chelo siempre entraba a una pastelería a por un dulce. Buscó bombones en Suiza, pero no los encontró, así que construyó una fábrica de chocolates. Un día ella entró... Y se hicieron amigos.
Ella se casó con un aviador norteamericano y se fue a vivir a Washington. Luego estalló la Segunda Guerra Mundial y también Adrian se casó, mientras pasaba las tardes jugando al ajedrez con Lajos Trapolyi. Con la guerra él hizo fortuna. Su esposa se suicidó mientras el esposo de Alma había perdido la vida en la guerra. Alma había decidido volver a casa para reunirse con los suyos y encontró el amor de Adrian.
Es una novela que se lee rápido, que hace un repaso mental a acontecimientos históricos importantes, muy puntuales. Es sorprendente la brevedad de los capítulos, algunos formados por un simple párrafo. De todas formas y a pesar de esa técnica original, es un tanto simplista, porque toca muy someramente una historia que podría haber sido magnífica. Creo que está recubierta de una capa de superficialidad que podría haberse evitado.
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