Su nombre viene de la palabra griega basileus, que significa "rey", ya que la cresta que remata su cabeza parece una corona. A menudo se confunde con el catoblepas, que tiene una forma de matar inversa a la del basilisco: muere quien ve sus ojos (mientras que el basilisco mata a quien ve). El catoblepas dirige sus ojos constantemente hacia el suelo porque no quiere dañar a nadie.
El basilisco no es más largo de doce dedos. Tiene una mancha blanca sobre la cabeza, que semeja a una diadema. Su silbido espanta a todas las serpientes. Avanza manteniendo alta y derecha la mitad de su cuerpo. Destruye los arbolillos, tanto por su resuello como por su contacto; abrasa las hierbas, quiebra las piedras con la fuerza mortal de su veneno. Este monstruo no resiste, sin embargo, al veneno de las comadrejas, que se guarnecen en las cuevas de los basiliscos. Matan al basilisco por el olor que exhalan y mueren.
El basilisco da muerte al hombre con su mirada. Su sangre coagulada y diluida da como resultado un color más brillante que el cinabrio. Es un remedio contra las enfermedades, un amuleto contra los maleficios. También se le llama "sangre de Saturno".
En latín al basilisco se le llama regulo, porque es la reina de las serpientes. Ningún ave que vuele en su presencia sale ilesa, sino que, aunque vuele lejos, cae fulminada y termina devorada por él. Los régulos andan por lugares áridos, pero cuando alcanzan el agua se vuelven acuáticos. Sibilus es el mismo basilisco, y se le da este nombre porque con sus silbidos mata antes de morder.
Se dice que en la cornisa cantábrica es muy pequeño, con cuerpo de reptil y patas, pico y cresta tricúspide de gallo. Nace de un huevecillo de aspecto muy semejante al de las tortugas. Ha de ser puesto por un gallo viejo que esté a punto de morir, sobre el estiércol o sobre un montón de hojas secas, en una noche despejada de plenilunio a medianoche y sin que nadie le vea. A los pocos días, se abre la cáscara y sale un diminuto basilisco, que ya tiene el poder de matar con el fuego intenso de su mirada a cualquier ser vivo, salvo a la salamandra y a la comadreja.
No bebe agua y solamente se alimenta de sangre de ave. Si ve su imagen reflejada fallece, víctima de su propio poder. Además de su propia mirada o la mordedura venenosa de la comadreja, también puede matarle escuchar el canto del gallo, porque se ahoga en cuanto lo oye.
En León, adopta otras muchas formas, como la del lagarto, la del liso, la de la anguileta o la del cocodrilo. Se le culpa de la desaparición de varias poblaciones a causa de su mirada.
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