viernes, octubre 10, 2008

Seres del mar

Sirenas y tritones
El misterio de la mujer con torso y cabeza humanos y cola de pez (en ocasiones, patas y alas de ave) siempre ha hecho volar la imaginación.
Ovidio dice que eran compañeras de Proserpina, que se lanzaron al mar desesperadas al no poder encontrarla tras ser raptada por Plutón. Los dioses, compadecidos de ellas y no queriendo que murieran, las transformaron en seres que compartían la parte superior con el busto de una mujer y la inferior en forma de pez, pies de gallina o alas de pájaro. Homero las describe como aves con rostro de mujer.
Los tritones y nereidas son monstruos cuya figura es humana de mitad para arriba y de pez de mitad para abajo, y se cree que nacieron del concubinato entre individuos de ambas especies.
Se cree que cuando una sirena está embarazada acaecerán grandes desgracias, que terminarán en el momento en que dé a luz.
Son mitad mujeres y mitad peces, y cantan porque les gusta y para los tritones, aunque se enfadan al oír silbar a los marineros en lo que ellas piensan que es una burla. En ese caso, forman un corro nadando a gran velocidad en torno al barco para asustar a la tripulación.
En la cornisa cantábrica se habla de una joven muy guapa y de ojos de color de las aguas marinas, que se pasaba el día en los acantilados y mariscaba en zonas peligrosas. Su madre la reprendía, pero ella volvía a hacerlo. Un día la madre le dijo: “Así te conviertas en pez”. Ese mismo día tanto se internó la joven en los acantilados que cayó al mar. Poco tiempo después, fue avistada por unos pescadores, convertida en la sirenuca.
También se cuenta que Lantarón, el rey del mar, otorga a los marineros que capturan a una sirena en sus redes la posibilidad de casarse con ella, siempre y cuando cumplan una serie de reglas. Deben besarla enseguida para que la cola se convierta en piernas. Deben esconder el espejo de nácar que ella les entrega en un lugar en el que no pueda hallarlo, pues si esto sucede las piernas volverían a convertirse en cola de pez y regresaría al mar.
Otra versión recoge que las sirenitas son las olas del mar, que cuando está tranquilo adormece con su canto, pero cuando se enfada da alaridos y las sirenitas se unen, saltan, lanzan espuma y hacen naufragar a las embarcaciones, depositando a los ahogados en las playas o llevándoselos al fondo.

Lantarón
Se trata de un joven imberbe, que lleva un delfín en la mano y porta un collar con un colgante de media luna.
En Cantabria se cree que es una deidad marina, cosa lógica en un pueblo que convive con el mar. Se le ha asociado con Neptuno.
Lantarón tiene figura masculina, semejante a la humana, con grandes pies y manos que presentan membrana interdigital, cuerpo musculoso del color de las algas, cabeza ovalada y ojos verdes saltones. De su columna vertebral salen unas espinas dorsales.
Durante la bajamar se acerca a las rompientes y, en pie sobre las rocas, apoyado en su vara de saúco, observa ensimismado el movimiento y el rumor de la resaca. Rey de los mares, es él quien premia a los pescadores concediéndoles la posibilidad de desposar a las sirenas que caen presas en sus redes.
Al anochecer se torna luminiscente, merced a una poción que fabrica con bayas de saúco y leche de sirena. Esta pócima le confiere poderes sobrenaturales.

El hombre-pez de Liérganes
En Liérganes vivía un matrimonio que tenía cuatro hijos. Uno de ellos, Francisco, se pasaba el día nadando. En 1674, viuda ya su madre y estando él en Bilbao con el objetivo de aprender el oficio de carpintero, se fue a bañar con unos compañeros, se adentró en el agua y nunca más volvió. Fue dado por ahogado. En 1679, fue avistado por unos pescadores en Cádiz. Desapareció, pero le cogieron, le dieron pan y le cercaron con redes. No entendía ninguna lengua. Le llevaron al Convento de San Francisco, donde le conjuraron por si le poseía algún espíritu maligno. Allí pronunció una palabra inteligible: “Liérganes”. Un franciscano le llevó allí en 1680. Su madre y sus hermanos le reconocieron, sin que él diera signo alguno de saber quiénes eran ellos. Vivió nueve años con su familia, inmutable, comiendo cuando le daban y vistiéndose si se lo proporcionaban, llevando puntualmente los recados que le encargaban si eran lugares que conocía de antemano. Al cabo de ese tiempo desapareció, y un tiempo después se rumoreó que se le había visto en la costa asturiana.
Otras versiones hablan de un muchacho de Liérganes al que le gustaba bucear en el río Miera y coger pececillos, que metía en un recipiente de calabaza para llevarlos a casa. Allí se pasaba horas mirándolos, intentando descubrir cómo conseguían aguantar tanto tiempo bajo el agua y sometiéndose a sí mismo a múltiples experimentos. Tanto tiempo pasaba buceando que, al final, no necesitó salir a respirar. Desapareció una noche de San Juan en que se fue a bañar al recibir el sol en el agua.

Ventolines y espumeros
Los ventolines viven en las nubes de la puesta del sol. Son como ángeles y tienen unas grandes alas verdes. Sus ojos son blancos y tienen una cara angelical. Cuando un pescador viejo se cansa de subir las redes, bajan los ventolines de las nubes a la puesta del sol y le cargan los peces en la barca, y además limpian su sudor o le abrigan con sus alas verdes cuando hace frío. Después cogen los remos y acercan la barca a las dársenas. Otras veces izan las velas. Si no hace viento, soplan inflando los carrillos y volando detrás de la embarcación.
Los espumeros son unos hombrecillos regordetes y pequeñitos, vestidos con una túnica del color de las algas, que siempre están juntos mientras juegan con la espuma y corren por las crestas de las olas o detrás de las estelas de los barcos. Unos son morenos, de ojos brillantes, y guían a los barcos cuando hay niebla. Otros, rubios, se encargan de penetrar en los hogares y llevar las noticias de los marinos ausentes. Suelen acercarse a tierra a recoger flores para hacer collares para las sirenas, que se los cambian por caracolas, que llenan de agua dulce y sobrevuelan los campos cuando hay sequía regándolos. Si se acerca una galerna, se colocan en las oquedades de los acantilados, haciendo sonar todas las caracolas al mismo tiempo para avisar a los pescadores y que vuelvan a puerto.
También se cuenta que cuando alguien caminaba por un valle y se perdía en la niebla, si pedía ayuda a los ventolinos, éstos le despejaban el camino.

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