Milford Sound, Doubtful Sound y otros sounds son, en realidad, fiordos. 'Sound' no tiene una traducción literal al castellano.
Los sounds son valles de ríos anegados que se juntan con el mar. Las cumbres de las cordilleras de los alrededores tienen la cima redondeada y el valle tiene forma de V, siendo el vértice inferior de la V el cauce del río que termina encontrándose con el mar.
Mientras, los fiordos son valles excavados por el poder y la presión de los glaciares durante las eras glaciares, que después han sido anegados por el mar cuando el hielo se ha fundido y el nivel del agua ha subido. Las cimas de los alrededores son picos puntiagudos y el valle tiene forma de U, ya que el hielo, al presionar hacia el mar, ha ido arrastrando consigo enormes bloques de tierra.
Por tanto, Milford Sound, pese a la errata original de su nombre, no es otra cosa que un fiordo que tuve ocasión de recorrer en barco hasta su límite con el mar.
Visto en un mapa, la zona de Fiordland (igual que si observáramos la costa de Noruega) es como un enorme peine cuyas púas de tierra se adentran en el mar. El viaje en coche desde Queenstown llevó casi cinco horas. El regreso fue otro cantar.
Fiordland se encuentra al lado de una dramática fractura de la corteza terrestre –el límite de las placas pacífica y australiana-. La Falla Alpina muestra el lugar donde se juntan (con la placa australiana por debajo de la pacífica), abandonando la tierra cerca de Milford Sound. Debido a esta colisión, la tierra de la placa pacífica se sobrepone para formar los Alpes del Sur.
Como consecuencia de esto, Fiordland es una región geológicamente muy compleja, con granitos moteados y otras rocas ígneas parecidas, que predominan en la zona que rodea el túnel Homer. En la región de Milford Sound, las rocas son mayoritariamente gneis, una roca metamórfica que se forma bajo gran presión.
Hace dos millones de años, la Edad de Hielo se desarrolló a medida que el clima de la Tierra se enfriaba. La nieve se acumuló sobre el paisaje de Fiordland y se convirtió en hielo. En los valles, incluido el valle de Milford Sound, el hielo formó glaciares que bajaron hasta el mar. Períodos cálidos se intercalaban con períodos fríos, con lo cual los glaciares avanzaron y disminuyeron varias veces, y cada vez que avanzaban esculpían un poco más el paisaje, haciendo los valles más profundos y raspando las laderas.
Si tardamos tanto en coche es porque era una carretera montañosa, toda llena de curvas, aparte de que íbamos parando cada dos por tres. Ésta va a ser una entrada larga, ya que considero que esta jornada tiene tres fases bien diferenciadas: la primera, el viaje de ida, que comprende algunos interesantes lugares donde paramos tan sólo para admirar la belleza de todo aquello que nos rodeaba; la segunda, el viaje en barco por el fiordo; y finalmente, la magnífica experiencia de regresar en helicóptero.
El viaje de ida comprende toda una carretera que cruza Fiordland National Park hasta Milford Sound. Se trata del Parque Nacional más grande del país, con 21.000 km2. Su especial formación geológica, su paisaje, su flora y su fauna le han dado un lugar en el Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es una región dominada por bosques y agua: sus 14 fiordos y 5 lagos mayores flanqueados por empinadas montañas cubiertas de una espesa selva templada hacen que su interior sea impenetrable, salvo a través de los senderos. Es también reconocido por su fauna salvaje, en especial por los mamíferos marinos y los pájaros autóctonos, entre los que figura el pingüino de los fiordos.
Fiordland es uno de los lugares más húmedos del mundo, con una media de 6.000 mm por año en Milford Sound. Durante las fuertes lluvias, de los espectaculares muros de roca manan cascadas y los riachuelos se convierten en torrentes rabiosos.
Los meses más fríos son entre mayo y agosto, cuando las temperaturas durante el día oscilan entre cuatro y diez grados. Aunque cuando yo estuve hacía más temperatura: estaba nublado, pero no hacía tanto frío. El sol de invierno es muy bajo y las partes del valle que no reciben sol se congelan creando placas de hielo (cosa habitual en la carretera Milford).
Con montañas que alcanzan los 2.750 metros, escarpadas paredes de roca que se elevan hasta los 1.200 metros desde los profundos fiordos y cascadas con caídas de 160 metros, el paisaje del Fiordland se convierte en algo espectacular.
Los primeros en explotar los recursos naturales de la zona fueron los maoríes. Luego llegaron los cazadores de focas, que exterminaron a miles de leones marinos en el período que va de 1792 a 1820. Hasta 1953, año en que se construyó la carretera principal 94 (Milford Road), la única forma de llegar a Milford Sound era en barco o a través del Milford Track. Hoy se puede acceder en coche, y es posible recorrer la zona caminando por sus infinitos senderos (tracks), e incluso ver el fiordo desde un barco o avión.
La primera parada fue Te Anau.
El Lago Te Anau, que riega las orillas de la ciudad homónima, es la primera visión de Fiordland. El lago se encuentra rodeado de un rico bosque de especies nativas y altas cumbres.
El Lago Te Anau es el lago más grande de la isla del Sur, con 61 km de longitud y 417 metros de profundidad. Es un lugar muy visitado para navegar y pescar.
Te Anau es el centro comercial de Fiordland y una buena base para explorar el Parque Nacional de Fiordland.
El Valle Eglinton es un valle de película. Donde paramos estaba todo llano y cubierto con hierbajos secos y amarillentos, mientras que nos encontrábamos rodeados de elevadas montañas. El contraste era impresionante. ¿No es un paisaje de cine (literalmente)?
Los lagos Mirror se encuentran junto a la carretera. Son famosos por el reflejo de las montañas en ellos.
Los primeros pasos por esta carretera hasta Milford Sound los dieron los maoríes.
El viaje desde Wakatipu (Queenstown) hasta Piopiotahi (Milford Sound) no es algo actual.
En busca de la preciada piedra takiwai (bowenite) y pounamu (jade verde) los primeros maoríes habían recorrido y denominado la mayor parte de esta zona mucho antes de que llegaran los europeos. Kotuku (Martin’s Bay) era un lugar de descanso importante para los visitantes que viajaban de Te Tai Poutai (Costa Oeste) para recolectar pounamu desde Wakatipu Waka arca (canoa) por lo que llegaron a crear una importante industria de madera local por lo que Kotuku se hizo famoso.
En sus viajes a lo largo de Whakatiou Kotuku (Río Hollyford) hasta Poutini, los maoríes se retrasaban en muchas ocasiones debido a la nieve y las inundaciones. Los maoríes, sin embargo, estaban familiarizados con los peligros que llamaban ‘bukahoro’ (avalanchas). Viajar por carretera hasta Piopiotahi es mucho más fácil en la actualidad. Aunque el poder destructivo de las fuerzas de la naturaleza que los primeros maoríes encontraron sigue vigente actualmente, tanto como para dejar muchos pueblos de la zona aislados durante las terribles tormentas de nieve o anegados por las inundaciones.
Otra de las paradas que hicimos fue a The Chasm (La Sima)
“Los mejores trabajadores en piedra, con las mejores herramientas, son incapaces de igualar lo que el toque suave del aire y del agua consiguen en su tiempo libre”.
El río Cleddau es un río variable que cambia repentinamente a medida que va pasando de roca dura a blanda. A su paso por la roca más suave, el río ha ido formando una serie de espectaculares cascadas. La fuerza del agua crea remolinos que corren a través de las rocas y corrientes que van formando esas creaciones agujereadas en las piedras. Estas esculturas redondeadas de piedra que crean lo que se conoce como The Chasm tienen miles de años.
El poder del agua sigue dando forma al patrimonio neozelandés.
El desfiladero que lleva a Milford Sound comienza antes de atravesar el túnel. Los altos picos cubiertos de nieve (la mayor parte son glaciares) cortan la respiración. Antes de entrar en el túnel paramos y hacía mucho frío.
Se trata de una selva de bajas temperaturas, llena de enredaderas, plantas trepadoras y helechos.
La especie de árbol predominante es el haya plateada (tawhai), que prefiere las condiciones húmedas de Fiordland. Se identifica fácilmente por su corteza plateada o blanca. Las hojas son dentadas y tienen el tamaño de una uña. En las condiciones adecuadas, un árbol adulto puede crecer hasta 25 metros de altura. El haya de montaña y el haya roja también se pueden ver alrededor de la carretera de Milford.
Pasar el túnel fue como entrar en un desfiladero. El túnel Homer comprende varios kilómetros cuesta abajo. Se comenzó a construir antes de la IIª Guerra Mundial. Como la mano de obra masculina tuvo que alistarse a la guerra, la construcción del túnel fue interrumpida, hasta que se terminó en 1953, año en que pudo por fin accederse a Milford Sound en coche.
2. LA TRAVESÍA EN BARCO POR EL FIORDO
Milford Sound no es una ciudad, ni siquiera es un pueblo. Lo que hay allí es un aeropuerto (para helicópteros y avionetas), un restaurante y el embarcadero. Tras pasar el túnel es lógico pensar que es un lugar que se puede quedar aislado en los duros inviernos del fiordo. Cuando nosotros lo visitamos debería estar todo más nevado. Milford Sound es un lugar proclive a avalanchas de nieve. Los helicópteros sobrevuelan la zona a diario y si ven que hay riesgo de avalanchas las provocan.
Otro fenómeno curioso son las avalanchas de árboles. Grandes zonas de roca pelada en medio del bosque son consecuencia de avalanchas de árboles. Puesto que no suponen de una capa superior de tierra adecuada, las hayas tienen un sistema de raíces enmarañado y entrelazado. Normalmente las avalanchas de árboles suelen ocurrir después de fuertes lluvias o nieve, o cuando la vegetación es demasiado pesada para el sistema de raíces. Cuando un árbol abandona su base, arranca otras plantas y sistemas de raíces con él.
Nada más entrar en el barco, el Milford Monarch, comimos, ya que enseguida empezaría a llenarse de chinos hambrientos. De hecho, la comida estaba enfocada a los asiáticos.
Una de las cosas que más llaman la atención del fiordo son las abruptas laderas y las estrías que quedaron en las montañas como herencia de la época en que el hielo fue arrastrando la tierra hacia el mar.
Se cree que Milford Sound (Piopiotahi) fue descubierto por los maoríes iwi hace más de mil años. Las vías fluviales eran una de las principales maneras de viajar, aunque también viajaban por tierra en busca de piedra, fibra y madera cuando el tiempo lo permitía. Para llegar allí desde el este utilizaban caminos que cruzaban los puertos de montaña, como el Puerto Mackinnon en el camino de Milford. A lo largo de estos caminos se utilizaron los puntos más destacados como puntos de referencia, y con los años se han convertido en lugares históricos.
Cuenta la leyenda maorí que al dios Tu-te-raki-whanoa le encargaron esculpir la costa de Fiordland. Cantando un poderoso canto (karakia) empezó a atacar los muros de roca con su hacha de piedra (toki) llamada Te Hamo. A medida que avanzaba hacia el norte, perfeccionó su trabajo, creando largas y serpenteantes entradas de aguas tranquilas que proporcionarían refugio del mar agitado. Se dice que Milford Sound (Piopiotahi) es su mejor escultura. Por desgracia, fue llamado para acabar otro trabajo antes de esculpir una ruta hacia el interior.
Algunas de las grandes rocas de Anita Bay en la entrada de Milford Sound están hechas de takiwai, una piedra verde y traslúcida, que es en realidad un tipo de jade verde (pounamu). Era muy apreciada por los maoríes, ya que la utilizaban para crear herramientas y ornamentos.
Una leyenda explica que un jefe llamado Tama fue abandonado por sus tres mujeres. Buscó por toda la costa y llegó hasta Piopiotahi (Milford Sound), donde encontró a una de sus esposas, Hina Pounamu, convertida en piedra. Apenado (taki o tangi), dejó caer unas lágrimas (wai) que penetraron la piedra y formaron unas manchas que iluminaron su apariencia. Desde aquel día la piedra recibió el nombre de takiwai (o tangiwai).
Otra leyenda maorí sugiere que Piopiotahi era una canoa que visitaba las costas de Milford Sound en busca de takiwai. Y otra leyenda más cuenta que Piopitahi era el nombre de un ave de compañía (el ave nativo Piopio ahora extinto) de un semidiós, Maui Tikitiki-a-Taranga, que visitó las aguas del sur por Fiordland.
Cuando en 1770 el capitán James Cook exploraba la costa serpenteante no entró en Milford Sound, puesto que pensó que no había ninguna entrada.
Los primeros europeos que descubrieron Milford fueron un grupo de cazadores de focas que trabajaban en la costa desde 1793. Un conocido cazador de focas, el capitán John Grono, que había nacido en el pueblo galés llamado Milford Haven, puso el nombre a Milford Sound.
Los primeros europeos que se establecieron en Milford Sound en 1870 fueron el escocés Donald Sutherland y su esposa, al abrir un hotel de doce habitaciones para los excursionistas y visitantes que pasaran por este increíble lugar.
Cuando el mar entra en Milford Sound y en otros fiordos ocurre un fenómeno muy extraño. Mientras está quieto adquiere una capa de agua fresca teñida de color de té flojo.
Menos densa que el agua del mar, el agua de las montañas forma una capa en la superficie que flota y que sólo se mezcla parcialmente con la sal. Durante el viaje hasta el fiordo, el agua de los ríos, riachuelos y cascadas se tiñe con el tanino y otros materiales orgánicos de la tierra del bosque.
Esta agua fresca (o de baja salinidad) conocida como “lente”, de 2 y 3 metros de profundidad, actúa como un filtro de luz debido a su decoloración. Con menos luz penetrando en el agua del mar, la vida marina que está adaptada a la oscuridad puede vivir a menos profundidad. La mayor parte de la variada y única vida marina se encuentra por encima de los 40 metros, la llamada franja de los 40.
El barco lo cogimos en el muelle donde había atracada una pequeña flotilla que no tiene otro trabajo más que llevar a la gente a lo largo del fiordo.
La vertiente del monte Philips, de los picos Llawrenny y Mitre que rodean el valle colgante de Sinbad Gully.
Lamentablemente Mitre Peak, de 1.682 metros de altura y uno de los símbolos del fiordo, no se pudo ver debido a la niebla tan baja que había ese día. Mitre Peak o Rahotu en maorí es un símbolo de virilidad. En inglés se le puso este nombre por su parecido a la mitra de un obispo. Es un símbolo de virilidad para los maoríes por su semejanza al aparato genital masculino.
Copper Point es un lugar que contiene cobre en la roca (“copper” significa cobre). El viento pasa por entre las rocas con ráfagas que a menudo exceden los cien nudos o los 180 km/h.
Anita Bay es una bahía que era visitada frecuentemente por los maoríes que iban en busca de takiwai, tipo de jade, apreciada para la decoración. Se encuentra muy cerca del límite con el mar.
Al final, se encuentra el faro que ayudó a muchos barcos a navegar por esta costa en el siglo XIX.
Dale Point es la lengua de tierra que aparece a la izquierda, que impide ver que el cauce fluvial continúa hacia el interior
Dale Point es la punta norte que marca la entrada a Milford Sound. Desde mar abierto, la entrada es casi imposible de ver. Esto explica por qué Milford Sound pasó desapercibido para los cazadores de ballenas y otros barcos durante tanto tiempo.
Stirling Falls (Wai Maanu, “ballena descansando en el mar”) es una cascada de 155 metros. Se le dio el nombre en honor al capitán Stirling.
El barco se acercó hasta la cascada misma.
En los acantilados que llegan hasta unos 300 metros por encima del nivel del agua, hay unas marcas o estrías como consecuencia del glaciar. Son estrías glaciares, formadas cuando el glaciar empujaba grandes rocas hacia el mar hace aproximadamente 14.000 años.
The Lion se llama oficialmente Monte Kimberley (1.301 m), pero se denomina “The Lion” por su similitud con un león sentado.
En el fiordo además vimos delfines y focas Fur. Estas focas, durante un tiempo, estuvieron en peligro de extinción por su piel y sus aceites, pero la foca Fur actualmente está protegida y el número de ejemplares está aumentando. Las focas son expertas nadadoras y son capaces de bucear hasta una profundidad de 230 metros. Se alimentan durante la noche, principalmente de calamares, pulpos y barracuda. Durante el día se las puede ver por el fiordo, sobre todo tumbadas en las rocas.
3. EL REGRESO EN HELICÓPTERO
Nunca había montado en helicóptero, así que cuando me dieron la oportunidad subí a uno. Esa oportunidad surgió en Nueva Zelanda y constituía un gasto extra, que considero que amorticé bastante bien. Simplemente es algo que merece mucho la pena. Repetiría mil veces y, si volviera a presentarse la oportunidad, volvería a subir en helicóptero con los ojos cerrados.
También jugaba a favor del helicóptero que el regreso era de media hora (en coche sin paradas nos hubiera costado unas cuatro horas). En esa media hora vimos tres estados climatológicos diferentes: lluvia cuando ascendíamos, nieve cuando paró a mitad de camino y sol cuando llegábamos al lago Wakatipu en Queenstown.
Había dos helicópteros y varias avionetas. A medida que las gotas empezaban a caer, clausuraron la salida de las avionetas. De los dos helicópteros que había sólo salió uno. En esto tuvimos suerte. Atrás iban tres varones (dos ingleses y un español) y con John, el piloto, íbamos otra española y yo.
Así que vi todo desde la primera línea.
Antes de salir nos dijeron algunas instrucciones, como que no debíamos tocar el cristal, porque era muy frágil. Con la presión del aire, podía romperse y era muy peligroso. Podíamos hacer las fotos que quisiéramos. También nos dijeron que cuando saliéramos del helicóptero siempre teníamos que caminar hacia delante, nunca hacia la parte de atrás del helicóptero.
Despegar fue tan suave que parecía mentira que estuviéramos dejando atrás Milford Sound. De repente, nos encontrábamos con una lluvia que golpeaba sutilmente los cristales mientras el helicóptero sorteaba las nubes. Sentía algo de pavor al principio, quizás porque veía ante mí negros nubarrones y pensaba: “Que nos vamos a meter ahí dentro”.
Después me quedé tan impresionada por cómo se veían los Alpes desde arriba que no volví a temer. Por los auriculares, el piloto nos iba diciendo que miráramos a un lado o a otro.
Vimos los lagos creados entre picos escarpados, casi inaccesibles para el ser humano o tan sólo accesibles para alpinistas muy experimentados.
No tengo palabras para describir tantas sensaciones.
De repente, el helicóptero aterrizaba suavemente en uno de esos picos, sobre la nieve, en uno de esos glaciares que habíamos visto desde el aire.
Salimos durante diez minutos. La nieve estaba blanda y nos cubría hasta las rodillas. Un poco más allá veíamos una pendiente cuyo fin simplemente no se veía. Y al fondo más y más montañas.
Uno de los ingleses rondaría los ochenta años. Me sorprendió su valentía al salir a la nieve. Entre todos le sujetábamos para que no cayera.
Mis pies llegaron mojados a Queenstown, pero fue algo simplemente genial.
Un rato después las nubes habían quedado atrás y el sol sobre el lago Wakatipu iluminaba el helicóptero. Paisajes que quitaban la respiración.
El piloto aún nos pegó un susto porque movía el helicóptero tanto que a veces parecía que estuviéramos en una montaña rusa. Sorteábamos una cima y de repente ponía el aparato hacia abajo. Era realmente impresionante.
Desde mi punto de vista, la experiencia fue magnífica. Volar en helicóptero es mejor que un avión. Además… se ve todo tan cercano. Mañana mismo volvía a subir a un helicóptero.
El día que pasamos en Milford Sound bien merece todo lo que he escrito al respecto. Fue una jornada inolvidable.
Y el helicóptero se iba…
2 comentarios:
Vaya experiencia. Las fotos son preciosas.
¡Un abrazo!
Es impresionante, la verdad. Nos levantamos a las seis, pero lo volvería a repetir. Ese día fue de lo mejorcito del viaje.
Saludos
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