El castillo de Larnach es el único castillo que hay en Nueva Zelanda. Se encuentra a 14 kilómetros del centro de Dunedin.
Construido entre 1871 y 1885 por el financiero y político William J. M. Larnach para su mujer Eliza, esta gran mansión de piedra, situada entre vegetación y jardines, sigue la estructura de los castillos construidos por la nobleza escocesa.
Cuenta con hermosos detalles arquitectónicos, como sus techos decorados y tallados, y una gran escalera colgante.
Su magnífico interior es obra de artesanos italianos e ingleses enviados para trabajar en el edificio.
Cuenta además con un salón de baile construido en una nueva ala, regalo de cumpleaños para la hija de Larnach, Kate.
Se puede subir por los estrechos escalones de piedra, hasta lo alto de la torre, desde donde hay unas magníficas vistas.
En 1967 la familia Barker compró el castillo para abandonarlo después. Hubo que dedicar muchos años a restaurarlo. Margaret Barker ha trabajado con mucho ahínco para recuperar los jardines y las tierras, que ahora albergan una excelente colección de plantas autóctonas y exóticas.
En el interior está prohibido hacer fotografías. Es cierto que la decoración es exquisita, pero a un europeo no nos llama la atención un castillo tan ‘moderno’ y tan pequeño. Es importante comentar que existe un castillo en Nueva Zelanda, el único además. Como el país es históricamente moderno tampoco podemos pedir un castillo medieval.
Lo cierto es que el interior está lleno de figuras que visten las ropas de la boda de Larnach y Eliza (que debía ser la tercera mujer, por lo menos, del dueño que mandó construir este edificio) y esas estatuas parecen fantasmas.
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