
Haciendo el camino de Santiago por el norte de España, llegué a un pueblo abandonado donde sólo quedaba en pie una única casa. Todas las demás presentaban un aspecto ruinoso, y todo parecía indicar que habían sido destruidas hacía muchos años.
Fue un cabrero el que me advirtió de que no debía entrar en aquel lugar, porque estaba maldito desde hacía siglos y todo el que entraba allí desaparecía al instante.
-En otro tiempo -me contó el cabrero-, vivió allí un hombre que se casó con una bruja que llegó al pueblo transformada en doncella. El cura del lugar le previno, pero él no quiso escucharlo y al final se la llevó a vivir con él a su casa. Pero entonces empezaron a ocurrir cosas muy extrañas: las palomas dejaron de posarse en el techo y las flores de las macetas se marchitaron. Entonces, el hombre volvió a hablar con el cura y éste le dijo que escondiera en el dintel de la puerta una ramita de romero bendecido, de modo que cada vez que su mujer pasara por allí él podría verla con su verdadero aspecto y comprendería que realmente se trataba de una bruja, y además de las más poderosas. El hombre así lo hizo y comprobó con sus propios ojos la verdad: su mujer era una vieja fea y deforme, jorobada y vestida de negro, con un solo diente y una verruga con pelos en la punta de la nariz. Pero tal fue su horror que se le descompuso la cara, y ella comprendió que la había descubierto.
La bruja, enfadada, pronunció una terrible maldición que afectaría durante mil años no sólo al pueblo, sino también a todo el que entrara en él, subió sobre su escoba y se alejó de allí volando para nunca más volver.
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