
Hoy me tocaba describir Rotorua, sin lugar a dudas uno de los lugares más impresionantes de Nueva Zelanda. Pero he llegado a casa a las nueve y media, he cenado y he estado un rato en el jardín, pensando en un ángel. En el jardín de casa siempre me siento en paz conmigo misma, además olía a césped recién regado, y me encanta ese olor.
Como ya hemos bajado a la bodega para las comidas, me gusta disfrutar de los momentos en que me encuentro en el jardín. Eran las once cuando he encendido el ordenador. De ser otro momento podría llevarme el portátil abajo, como posiblemente ocurra mañana si el día acompaña.
No voy a escribir sobre Rotorua esta noche, porque tengo una tarde larguísima para hacerlo mañana y porque hay mucho que contar. De Rotorua recuerdo sobre todo el olor, un intenso olor a azufre. Puedo recordar diferentes ciudades tan sólo por los aromas de sus calles. Lo que nunca había sentido tan fuerte es ese olor a azufre que te impregna las fosas nasales en toda la ciudad de Rotorua. Tengo mucho que describir. Aparte del olor, también viven allí varias tribus maoríes que nos hicieron disfrutar con la haka.
Hoy no tengo ganas más que de tumbarme y pensar en un ángel. Ganas de cerrar los ojos y hacerme infinitas respuestas que nunca obtienen respuesta. Ganas de no hacer nada más que imaginarle guapísimo y sonreír. No me apetece hacer nada más...
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