Siento debilidad por este tipo de museos, así que como el hotel se encontraba muy cerca, allí estuve uno de los primeros días.
Nada más entrar al museo, lo primero que me llamó la atención fue el olor a humo. Cuando me asomé entre las hélices y los yates a una especie de rada donde se encontraban anclados barcos de otros años, me encontré con un señor que arreglaba un barquito de época, de cuya chimenea salía una intensa humareda.
La introducción al Museo era un vídeo en 3D, proyectado sobre una pantalla semicircular, que contaba la historia de los primeros polinesios que llegaron a Aotearoa en una canoa doble. La grabación está tan bien que parece que estás viajando en ese mismo barco con ellos. Sirve de introducción porque la historia de aquellos polinesios que llegaron a la zona norte se reiteraría en los días siguientes a través de otras exposiciones u otros pueblos donde terminaron asentándose. El museo cuenta con reproducciones de sus canoas, así como de sus armas, arpones y otros instrumentos de pesca.
Otra de las exposiciones del museo trata sobre las ballenas. Ballenas que vivían antes muy cerca de las costas neozelandesas y que poco a poco se fueron alejando de la costa.
Una de las cosas que me llamó la atención fue la recreación de un Bach, que es una casa tradicional neozelandesa para pasar las vacaciones. Su nombre, Bach, deriva de ‘bachelor’ (soltero), ya que esta construcción, totalmente en madera, implica condiciones muy simples de vida: instalaciones rudimentarias, comidas ligeras y el mínimo trabajo doméstico.
Interior del Bach
La historia náutica neozelandesa continuaba con varias salas dedicadas al navegante inglés James Cook y de repente te encontrabas en algo parecido a como pudo haber sido su barco, la misma nave con la que llegó a Nueva Zelanda en el siglo XVIII.
También había otras salas dedicadas a los deportes náuticos. Y ¡cómo no! había salas enteras dedicadas a las naves utilizadas durante las guerras mundiales.
No quiero profundizar mucho en este museo, ya que unos días más tarde vi el Museo Memorial de Auckland, donde se volvía a reproducir mucho de lo que vi en el Museo Marítimo.
Al salir, como era la hora de comer, opté por quedarme en uno de los afamados restaurantes portuarios. Pasta con marisco y cerveza neozelandesa, que se llamaba algo así como Monmouth’s.
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