lunes, junio 20, 2011

El Fénix, ave fabulosa

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El historiador griego Heródoto dejó escrito que el Ave Fénix viajaba cada quinientos años al santuario sagrado de la ciudad egipcia de Heliópolis. A él se lo contaron los sacerdotes del templo donde se guardaban los nidos que el propio Fénix depositaba allí cada cinco siglos, pero ninguno de ellos lo había visto nunca ni esperaban verlo, pues aún pasarían varias generaciones de hombres hasta que de nuevo el ave volviera a visitar aquellas tierras para depositar su nido con las últimas cenizas.
A Heródoto le contaron que el Ave Fénix vivía en algún lugar de Arabia, aunque puede que fuese Asiria, Libia o Etiopía. Se decía que siempre hubo sobre la tierra un único ejemplar de Fénix, y que era un animal anterior a los dioses, pacífico y solitario, muy parecido a las águilas, aunque de vuelo más sigiloso y de cola llameante.
El Fénix no se alimentaba de otros animales, y ni siquiera de granos o hierbas, sino de las lágrimas del incienso. Cuando cumplía quinientos años de edad, sabía que había llegado la hora y, durante muchos días, preparaba su muerte. Sobre las ramas de un acebo, o en la cumbre de una palmera, construía entonces un nido que cubría de canela, mirra y espigas de nardo. Y allí, entre aromas, se inmolaba a sí mismo. Sus plumas se convertían en llamas y en pocos segundos quedaba reducido a cenizas. 
Entonces, de las cenizas renacía un nuevo Fénix que viviría otros quinientos años, y que tan pronto como se lo permitieran sus fuerzas cumpliría con la tradición de llevar al santuario de Heliópolis el nido con los restos de cenizas que le habían servido de sepulcro y de cuna.

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