domingo, junio 26, 2011

La cosa va de guías

Esta es la carta que acabo de adjuntar a la encuesta de Catai sobre el viaje a Nueva Zelanda. Generalmente suelo obviar estas cosas, pero como también me parece algo fuera de lo normal y recordando mis últimos días en Dunedin, he optado por meterlo todo en el sobre de Catai, además de enviárselo a la agencia de viajes. Si a mí me gustó Nueva Zelanda no se debió a los guías, ciertamente, sino a mi entusiasmo, a mi curiosidad, a mi afán de conocer cosas nuevas.

SD, 26 de Junio de 2011

Estimados señores de Catai,

Mi nombre es (...) y me pongo en contacto con ustedes a propósito de un viaje que hice el mes pasado, viaje que creó en mí sentimientos contradictorios. A continuación les contaré por qué.

El 14 de mayo de 2011 me subí a un avión rumbo Nueva Zelanda. Estaría dos semanas allí para disfrutar de unas merecidas vacaciones. La agencia de viajes me había organizado el viaje en aquel país, por lo que es necesario recalcar que era un viaje organizado.

Si en la isla del Norte, el guía de nombre José Sánchez fue magnífico en todos los sentidos, tanto que si a mí me preguntaran cualquier cosa de la isla del Norte tendría mucho de qué hablar, la isla del Sur fue todo lo contrario.

El guía de la isla del Sur se llamaba Olivier Ramanoel, a la sazón francés, pero como había vivido varios años en el pasado en España dominaba perfectamente el español. Mis quejas sobre este guía son innumerables y las paso a enumerar:

1) Más que un guía era un taxista. Nos llevaba mecánicamente a todos los sitios, no explicaba nada. En más de una ocasión tuve que sacar la guía de viajes y llegó incluso a decirme que no hiciera caso de las guías de viajes. Claro, si le hubiera hecho caso a él no sabría en estos momentos nada, absolutamente nada, de la isla del Sur. Los viajes, muchos de varias horas (por ejemplo, de Queenstown a Milford Sound de 4.30 horas), se hacían largos y aburridos, porque en ningún momento se dignó a explicar nada. Ni historia, ni fenómenos naturales, ni de botánica, ni de animales. Se limitaba a decir: “Ese es el Monte Cook” y ya.

2) Taxista también porque no nos acompañaba a los lugares de interés. Es decir, él nos llevaba de un lado para otro, decía: “Ahí tenéis un camino, seguidlo durante 20 minutos y llegaréis a un río. Os dejo media hora”. Él se quedaba en el coche esperándonos. Creo que no es normal. José Sánchez, en el norte, nos acompañaba a todos los sitios.

3) Desconozco cuáles son los requisitos que necesita un guía, aparte de los idiomas, para entrar a trabajar en una empresa dedicada al turismo. Lo que no me parece normal es que se nos ponga un guía que, ya no nos explique, sino que además carezca de los mínimos conocimientos sobre el país. Y digo yo: “A poco que sepa sobre Nueva Zelanda, sabrá más que yo” (si mal no recuerdo dijo que llevaba cinco años allí).

Si digo que no tenía ni idea es porque cuando yo leía algo en la guía y lo decía en voz alta, él decía siempre que no lo sabía. Además, cuando le preguntaba algo la mayoría de las veces me decía: “No sé” y se ponía nervioso.

En muchos lugares que he visitado, lo normal es que al final de la jornada te pasen una encuesta sobre la información, la actitud y cualquier cosa sobre el guía y la excursión propiamente dichos. Es una manera de permitir al cliente que se exprese y una manera de controlar que a los viajeros les guste la excursión en concreto.

¿Quién hace posible que el viaje te guste más o menos? Es obvio que el guía turístico. Cuando el viajero ve el entusiasmo del guía por los lugares, por la gente, por la historia, por las explicaciones, suele terminar gustándote lo que ves, aunque no haya nada ante tus ojos.

Es curioso que siendo de una belleza espectacular la isla del Sur y demasiado volcánica la isla del Norte, me haya gustado más la isla del Norte. Que me guste más una que la otra es algo que viene influido por las personas que allí nos acompañaron.

4) En lugares turísticos como Milford Sound o el castillo Larnach se limitaba a repartirnos los folletos en español sin darnos explicación alguna, ni siquiera llamando nuestra atención sobre algo que era más interesante. Esto nos obligaba a leer en tiempo récord los trípticos de información turística y decidir por nosotros mismos.

5) El viernes 27 de mayo, la última visita que hicimos con él fue al Museo de Otago en Dunedin. Después de lo que he comentado anteriormente, sobra decir que tampoco nos acompañó al interior del Museo, sino que se quedó fuera, donde habíamos quedado con él a las doce del mediodía. Sorprendentemente nos quería dejar allí en el Museo, porque según él sus servicios terminaban a esa hora. Teniendo en cuenta que no nos había enseñado Dunedin no hubiéramos sabido cómo regresar al hotel. Los tres españoles le dijimos que nos llevara al hotel y aceptó, pero de mala gana.

La cuestión es que, si por él hubiera sido, nos hubiera dejado allí tirados, en una ciudad que no conocíamos y sin importarle qué podía haber sido de nosotros.

6) Desde las doce del viernes 27 de mayo hasta las 13.00 del sábado 28 de mayo estuvimos sin guía en Dunedin. Son más de 24 horas sin una persona que conozca todo aquello. Me explico, si yo no supiera inglés y dado que es un viaje organizado, ¿cómo me hubiera arreglado allí durante un día entero? Me parece poco normal que nos quedáramos solos allí. Reitero que es un viaje organizado y que, desde mi punto de vista, el guía debería haber permanecido en el hotel al menos hasta el día siguiente, por cualquier cosa que pudiera pasar, y hasta que el coche que nos llevaba al aeropuerto viniera a recogernos.

Es la primera vez que me pasa algo así. Si yo hubiera querido no tener guía no lo hubiera contratado, pero sé lo que contraté y la realidad en Nueva Zelanda desde el 22 al 28 de mayo (tiempo que estuve en la isla Sur) no concuerda con el contrato que yo hice con Catai.

Sé que Catai subcontrata allí a las empresas de guías, pero eso no tiene que influir en el bienestar o malestar del cliente. Es curioso que tenga tanto que contar de la isla del Norte, porque José Sánchez fue un magnífico guía, mientras que de la isla del Sur desconozco apenas todo porque el señor Olivier Ramanoel era pésimo haciendo su trabajo.

Desde luego, nunca me había ocurrido algo así. Me gustaría que esta queja no cayera en saco roto, que si en un futuro viaja algún conocido a Nueva Zelanda me pueda decir que tuvieron un guía magnífico en la isla del Sur y no un personaje como el que a nosotros ‘nos cayó en gracia’

Considero que con lo dicho anteriormente, cumplo con lo que es creo de justicia.

Si necesitaran preguntarme algo, pueden ponerse en contacto conmigo a través del correo electrónico (...)

Sin otro particular y esperando que mis palabras no se entierren en el olvido, reciban un cordial saludo

FDO. (...)

No hay comentarios: