Dejamos Queenstown en dirección a otro lago, ya que esa noche dormiríamos en Wanaka. Porque si algo tiene Nueva Zelanda son lagos, infinitos lagos. Y sobre todo en la isla del Sur.
Tres son los lugares dignos de describir: Arrowtown, el hotel Cardrona y Wanaka.
Esta es una zona donde la fiebre del oro causó una revolución. Existen muchos pueblos fantasmas, con sus comercios, sus casas vacías, sus esteras de esplendor cubiertas de motas de polvo… Afortunadamente no visitamos ninguno. Se han quedado abandonados entre las montañas después de que los buscadores de oro se dieran cuenta que ya no quedaba oro en la zona. Estos pueblos fantasmas se encuentran a desmano, comunicados por senderos sin asfaltar. Para visitarlos es necesario ir en Cuatro por Cuatro. No es el caso de Arrowtown, que si bien tambien su población descendió a lo largo del siglo XX sigue siendo un pueblo con vida, quizás por su proximidad a Queenstown, y además sigue conservando los edificios tal y como se construyeron a finales del siglo XIX. Parecía un pueblo del oeste americano. Parecía un pueblo de novela. Me gustó mucho. Los habitantes del lugar dicen que aún puedes encontrar alguna pepita de oro en el río Fox, que se encuentra junto a la ciudad.
La fiebre del oro de Southland comenzó con el descubrimiento de este metal en Gabriel’s Gully en 1861, cerca de la actual ciudad de Lawrence. Se levantó una ciudad de tiendas de campaña y los buscadores comenzaron a extenderse hacia el interior. En 1862 siguieron los descubrimientos alrededor de Cromwell y Alexandra, y poco después en la región de Wakatipu. Miles de hombres sufrieron los secos y calurosos veranos, los fríos inviernos y el hambre en busca de una rápida fortuna.
Aunque se hicieron nuevos descubrimientos en otras partes de la región, a finales de la década de 1860 el interés se trasladó a West Coast. Con todos los campos picados, se hizo necesaria la aplicación de nuevos métodos de extracción como el lavado, el drenado y la explotación de vetas de cuarzo con oro.
La minería siguió hasta bien entrado el siglo XX, y nuevos métodos han permitido operaciones a gran escala por la zona.
Situada a los pies de escarpadas colinas y a 21 kilómetros de Queenstown, Arrowtown es la ciudad minera más pintoresca y mejor conservada de la zona. En 1862 un pequeño grupo de mineros, entre los que se encontraban William Fox y John O’Callaghan, descubrieron oro en el río Fox.
La población de Arrowtown alcanzó más de 7.000 habitantes y es una de las pocas ciudades donde el desarrollo no ha dado lugar a una ciudad fantasma. La calle principal cuenta con tiendas y edificios coloniales a un extremo, y al otro, con pequeñas casas de antiguos mineros que datan de las décadas de 1860 y 1870.
Dentro de la industria minera de Arrowtown, los mineros chinos jugaron un importante papel a partir de 1865, cuando se les propuso llenar el vacío dejado por los europeos que se habían marchado atraídos por la fiebre del oro de West Coast. Su legado se refleja en el Chinese Settlement, con sus edificios restaurados de piedra, entre los que se encuentran pequeñas casas de campo y una tienda.
A 25 kilómetros de Wanaka se encuentra el hotel más antiguo de Nueva Zelanda, que nació por la fiebre del oro. El hotel Cardrona funciona desde 1863 (hoy en día sigue funcionando).

Interior del hotel Cardrona; los que estaban dentro nos echaron unas miradas que no auguraban nada bueno
Entramos al hotel y había un aura de antaño que parecía sacada de una película. Incluso los parroquianos parecían buscadores de oro del siglo XIX. Era muy pintoresco.
Llegamos a Wanaka. El hotel estaba en la otra punta del lago, a unos veinte minutos del centro. Allí me perdí de noche al volver.
Wanaka está situado en el extremo sur del lago del mismo nombre. Es un destino favorito para el turismo, quizás debido a su amplia gama de actividades. Sus orillas y bahías rodeadas de sauces son visitadas durante el verano por quienes desean navegar, pescar y practicar el esquí acuático, mientras que esquiadores y snowboarders se dirigen en invierno a sus pistas de esquí. Las cumbres nevadas junto al lago constituyen un magnífico escenario para senderistas y escaladores, con impresionantes vistas desde los paseos del cercano Mount Aspirin National Park.
La zona de Wanaka produce además exquisitos vinos.
Lo cierto es que en Wanaka visité varias cervecerías. Estaban llenas de gente.
Wanaka tiene una distribución urbana parecida a Queenstown, pero es un lugar más tranquilo, carece del ajetreo de gente de Queenstown. Tiene unos cinco mil habitantes, pero parece un pequeño pueblo bañado junto a un lago.
Una de las cosas que me sorprendió de las cafeterías y bares neozelandeses fue el fomento a la lectura. Era raro no encontrar un sitio para tomar algo que no tuviera estanterías, muchas junto a mullidos sofás para acomodarse. Y es que en Nueva Zelanda se lee mucho.

A veces los paisajes eran simplemente espléndidos.








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