domingo, octubre 10, 2010

Las horas pasan lentamente

Hoy los minutos pasan en torno a él, atesorando esos minutos de anoche. ¿Cuántas veces me encontró su mirada observándole? ¿Cuántas veces deseé quererle, con todo lo que esto implica? ¿Cómo disfruté de esos momentos, deseando que no acabaran nunca? ¿Cuántas veces contemplé ese rostro angelical? ¿Cuántas veces me encontré soñando en sus palabras, pronunciadas con esa voz tan sensual? ¿Cuántas veces le dije o le di a entender que estaba guapísimo? ¿Cuántas veces abrió la caja de Pandora para hacerme partícipe de algo suyo que yo desconocía?
Y miré sus ojos, en los que brilla tal bondad que me resulta irresistible. Y le toqué el pelo, y no le imagino peinado de otra forma. El aspecto informal de su cabello le da un aire de rebeldía y, a la vez, le otorga más atractivo. Y contemplé cómo iba vestido, para no perder detalle y recordarle tal cual, para que mi mente, en lo sucesivo, no añada ni quite nada, sino que lo evoque tal cual. Y me encontré meciéndome en sus palabras. Imaginé un enorme animal de boca grande al otro lado del mar, imaginé el color de la bicicleta, me imaginé en el balcón en el momento en que se hacía esa fotografía nocturna, me imaginé el sabor del solomillo a la naranja…
Siempre hay alguien que no dejará jamás de sorprendernos. Cada día que pasa le quiero más. Se hace querer.
Anoche le hubiera tocado, le hubiera besado, le hubiera acariciado, le hubiera susurrado un sinfín de palabras de amor. Pero, si hubiera tenido que elegir, le hubiera abrazado. Por estar ahí. Por regalarme momentos inolvidables.

Las horas del domingo pasan lentamente. Y yo seguiré recordando sus palabras de la última noche, su enorme dulzura, su grandísima sonrisa, su sabiduría…

La Quinta Montaña


Resultado de imagen de la quinta montaña
Ayer necesitaba leer algo suave, para hacer una pausa con la cruel realidad que estoy leyendo en la actualidad, por eso elegí a Paulo Coelho. Muchas veces, sus palabras me hacen reflexionar sobre las paradojas de la vida. La lección moral que me ha dado el libro es que estamos aquí para luchar y no para aceptar nuestro destino sin hacer nada.
Es una historia atípica en este autor, porque escoge uno de los libros de los profetas de la Biblia y lo va desarrollando según cómo pudo haber ocurrido en la realidad. El profeta en cuestión es Elías.
Elías tiene que salir de Israel cuando el rey Ajab se casa con la bella Jezabel, la reina que había llegado de tierras fenicias (Líbano) e intentaba imponer al pueblo la fe en sus dioses (Baal y otras divinidades menores). Los mensajeros del Dios de Israel se manifiestan a través de los profetas y así es como Elías acude al rey y le amenaza diciendo que no debe olvidarse del Dios verdadero. Jezabel, que está presente, decide exterminar a todos los profetas. Pero Dios salva a Elías y le envía a la ciudad fenicia de Sarepta (que los fenicios llaman Akbar). Le obligan a subir a la Quinta Montaña, donde habitan los dioses, pero allí se le vuelve a aparecer el ángel enviado por Dios y le transmite lo que va a ocurrir. Akbar será destruida y sólo Elías con el hijo de la viuda podrán reconstruirla de sus cenizas. En cuanto haya aprendido a reconstruir, volverá de nuevo a su tierra, Israel.

"Un guerrero es siempre consciente de aquello por lo que vale la pena luchar. No entra en combates que no le interesan, y nunca pierde su tiempo en provocaciones.
Un guerrero acepta la derrota. No la trata como algo indiferente, ni intenta transformarla en victoria. Se amarga con el dolor de la pérdida, sufre con la indiferencia y se desespera con la soledad. Pero después de que pasa todo esto, lame sus heridas y recomienza todo otra vez. Un guerrero sabe que una guerra está compuesta por muchas batallas. Y sigue adelante.
Las tragedias ocurren. Podemos descubrir la razón, culpar a los otros, o imaginar qué diferentes habrían sido nuestras vidas sin ellas. Pero nada de esto tiene importancia: ya pasaron. A partir de ahí tenemos que olvidar el miedo que nos provocaron e iniciar la reconstrucción".

Anoche encontré la magia

Ayer llegaba a casa poco más tarde de las cuatro. Me puse a escribir, pero no publiqué mis palabras. Hoy, ya más despejada, puedo ignorar las últimas emociones.
Ayer fue una de esas noches que echaba de menos, quizás porque hacía mucho tiempo que no compartía tanto tiempo con él. El hecho de vernos casi a diario, creo, hace que me sienta más relajada, que ya no me tiemble la voz, que sea capaz incluso de mirarle fijamente. Y soy consciente de que ayer le miraba, sólo que cuando él notaba que le estaba mirando volvía los ojos hacia mí y entonces yo miraba hacia cualquier punto del horizonte.
Ayer noté que él da algo más de sí, sin dar mucho, pero está más abierto. Recuerdo retazos de conversaciones. Y ayer hablamos mucho, con la diferencia de que, por una vez, incluso yo me callaba. Ya no me ponía a hablar de cualquier cosa como escudo protector, sino que dosifiqué mis palabras. Preguntaba sobre lo que quería saber, escuchaba o me limitaba a observar a la gente. Y a él. El hecho de que las palabras no se amontonen en mis labios como otras veces me lleva a pensar en que me encuentro relajada con ellos. Me siento a gusto con él y soy consciente de que disfruto de ese momento, de que observo su pelo y veo que me encanta, de que miro sus ojos y encuentro en ellos todo lo mejor del mundo, de que siento impulsos de acariciarle ese rostro angelical y recuerdo que ayer le hubiera dado un millón de besos (o más).
Pese al final. Estaba y, de repente, había desaparecido. Ese último momento me descolocó un poco.
Sin embargo, recuerdo el resto de la noche y me encuentro con ese ángel encantador. Es tan dulce...

Necesito una señal que nunca llega

A veces... no hay palabras para describir todas las sensaciones, todas las emociones... Será una de las pocas veces que no estoy derrochando palabras, que me limitaba a observar el ambiente o miraba a sus ojos perfectos, para desviar la mirada hacia otro lado cuando él se daba cuenta.
Pero, ¿y al final? Estaba y, de repente, no estaba.
Algo falla y, al pensarlo mientras venía a casa, sentía que se cegaban mis ojos por lágrimas prontas a salir. Quizás hoy llore. Es que hoy he sentido que algo no funciona. Que no puede ser lo que no es. Lo noto al sentirme tan relajada, al atreverme a mirarle fijamente aunque luego, cuando él se daba cuenta, mirara hacia otro lado. Y, a la vez, noto que él da algo más de sí sin dar mucho. Necesito algo más que aire. Y esto sólo es aire.
Es una perpetua contradicción. No sé. Quizás mañana lo vea todo de otro color. Ha sido maravilloso compartir tanto con él, ha sido magnífico tocarle de nuevo, pero...
Le hubiera besado mil veces esta noche. Mil o más. Es encantador.

Tengo miedo. Tengo miedo por si llegara un día en que dejara de creer en él. Siento que las dudas se ciernen sobre mi cabeza y me aguijonean el pecho.

sábado, octubre 09, 2010

Noche de sábado

Hoy me apetece salir, pero no sé si hay gente, ya que algunos amigos se han ido fuera a pasar el puente. Y los que quedan son parejas que rechazan las fiestas y se han vuelto demasiado caseros.
Pero algo me impulsa a salir. Por una parte, me apetece tomar unas cervezas por ahí, y luego hay otra razón de mucho más peso. Necesito verle, aunque quizás no le vea.
En verdad me apetece dar una vuelta esta noche.

En cada estrella

Me gusta mirar a las estrellas, porque siempre me recuerdan a él. Cada noche, cuando miro al firmamento, su imagen angelical aparece envuelta en un magnífico halo de perfección. Le veo en cada estrella. Miro allí arriba y le sonrío, como si mi sonrisa pudiera llegar a él. Y le siento más cerca. Siento que me acaricia con su brillo y cierro los ojos deteniendo ese instante, deseando que no acabe nunca, evitando que se diluya en el tiempo. Me gusta esa sensación, sentir que está ahí arriba, sentirme reconfortada al mirar a las estrellas que me hacen pensar en esa persona tan especial.
Siento esa luz propia que le caracteriza, esa luz propia que nunca se apaga, que tiene un brillo perpetuo, que traspasa el tiempo y el espacio para llegar hasta mí y producir tenues reflejos en mi piel y en mi corazón.
Cada noche, cuando miro al firmamento, busco una estrella que brille más que ninguna otra y me acuerdo de él.
Seguiré mirando al cielo, surcaré con mis pupilas ese infinito manto estrellado y le seguiré buscando en esa inmensidad. Y siempre le encontraré allí arriba y le sentiré más cercano. Él siempre brillará con una luz especial.

viernes, octubre 08, 2010

Los secretos de los sueños

Esta tarde me he quedado profundamente dormida y he soñado con un ángel. Sólo por la siesta de los viernes merece la pena levantarse a las 6.30 h.
Mañana por la mañana tengo trabajo, aunque al mediodía quedaré libre para todo el fin de semana. He estado hablando con mis padres de sobremesa.

Estoy contenta.

Los reflejos de la tarde

Cuando estaba cerrando los ojos, en esos segundos de semiinconsciencia en que sabes que terminarás durmiendo, ha venido el perro con un juguete sonoro. En esos segundos pensaba en ese ángel que todo lo convierte en algo parecido a la perfección.
Cuando hoy le he visto se ha detenido el tiempo. Es más, le he mirado a los ojos. Que conste que, cuando hablo, siempre miro a los ojos, pero con él siempre me cortaba. Eso también es cosa pasada, como ya casi no me tiembla la voz cuando hablo con él. Algunas veces, pero consigo controlar esos temblores.
Es adorable. Llevo varias horas pensando en él.

Ahora me gustaría ir a buscarle, que seguro que está trabajando, cogerle de la mano, sin decir nada y marcharme con él a cualquier sitio. Disfrutar del mundo en toda su inmensidad... con él, disfrutar de los últimos rayos de sol... con él. Disfrutar de las horas que estén por venir... con él.

Lo que me deparan las próximas horas

Hace una tarde magnífica para soñar. Supongo que, si no me quedo dormida, terminaré dando un paseo. Ya ha empezado a sonar el móvil, así que lo he llevado al salón y ya contestaré después, a quien sea que llame.

Estoy contenta. No sé si influye la buena tarde que hace o influye haberle visto después de tantos días, porque han sido muchos días. Yo creo que es por lo último. Sólo tengo que cerrar los ojos para revivir esos momentos. Me hubiera gustado susurrarle al oído lo guapo que estaba.

Voy a echarme un poco. Quizás me quede dormida, quizás sueñe despierta. Lo que es seguro es que su imagen angelical estará en mi pensamiento.

Cambio mi destino de viaje en noviembre. Será Polonia, porque las islas griegas sólo son turísticas hasta que empieza noviembre: no habrá ferrys, ni tiendas, ni bares, ni nada abierto. Así que he optado por otro destino completamente diferente: Varsovia, Cracovia y Auschwitz. ¿Por qué un campo de concentración? Porque realmente no tiene nada interesante, sólo hay un museo y lo que queda de alambradas, barracones, vías de tren... Quiero caminar por allí, imaginar desde aquel lugar cómo podía ser estar allí. Auschwitz es un triste recordatorio de hasta dónde puede llegar la perversidad y crueldad humana. Sé que no me va a gustar, pero quiero visitarlo igualmente.
No es que me dé lo mismo ir a un sitio que a otro. Pero Atenas me va a saber a poco. Lo que me atrae de Grecia son más las islas, y sin islas no voy.
Tengo tantos destinos que ver, que no he tardado mucho en buscar otro nuevo. Aunque quizás influye que esta semana vi en la televisión parte de un reportaje de viajes sobre Polonia. Y me gustó.

Ahora me voy a soñar con él...

Tarde de viernes

Tenía ganas de que llegara un viernes por la tarde, sin preocupaciones laborales o de otro tipo, para poder dedicarlo por completo a ese ángel de mirada perfecta. Seguramente caerá una siesta, aunque ahora, por el momento, yo creo que me iré a tomar una caña y luego a lavar el coche.

El caso es que me agradan las tardes de los viernes. Porque son tardes que, si no tengo otras cosas que hacer, las dedico por completo a mí, y a mis pensamientos y, por supuesto, a mis sueños. Y mis sueños son mágicos porque casi siempre aparece esa persona tan especial.

Cierro los ojos y me encuentro con esa sonrisa tan dulce. Cada día está más guapo.

A las siete de la mañana

Me gusta el silencio de las siete de la mañana. Me gusta conducir por una carretera que, a esta hora, carece de circulación. Me gusta el reflejo de las luces anaranjadas de las farolas del puente.
Me gusta caminar en el silencio y la aún cerniente oscuridad.

Me duele mucho la garganta. Esta tarde tendría que haber quedado con alguien, pero creo que esa cita tendrá que esperar unos días.

Me imagino a esa persona tan especial caminando por sus sueños. Lo que daría por abrazarle y velar por que no se despierte. Simplemente tocarle y sentirle junto a mí. Sonrío al pensar en él, en todo lo que le quiero.

El tiempo congelado en un segundo

Hace un rato llovía a raudales. He dejado de leer para escuchar el interminable golpeteo de las gotas de lluvia que chocaban contra el pavimento con una fuerza atroz. En ese momento me apetecía abrir la ventana y aspirar el dulce olor a mojado. Aunque me he quedado donde estaba y su imagen angelical se ha ido moldeando en mi mente. “¿Dónde estás?”, le preguntaba silenciosamente como si él pudiera escucharme. He perdido la noción del tiempo y del espacio. Los párpados empezaban a pesar demasiado.
He recordado otras veces concretas en que he perdido la noción del tiempo y del espacio. En cualquier biblioteca que se precie, en menor medida en librerías. En la biblioteca de Las Conchas he deambulado horas entre estantes repletos de libros que tantas historias han contado, pero también me fijaba en las vistas que había hacia la calle desde sus minúsculas ventanas, a veces me sentaba en los espacios reservados para leer en la zona dedicada al cómic y en otras ocasiones observaba a la gente, sobre todo a los apasionados niños que desde la más tierna edad ya han sido inculcados en el enriquecedor hábito de la lectura. Perdía la noción del tiempo por completo. Me gusta visitar bibliotecas, no por el afán de encontrar un libro interesante, sino porque me gustaba más observar lo que me rodeaba, ser consciente de tantos siglos de cultura concentrados en millones de páginas… Y es que realmente me acostumbré a ir a las bibliotecas para coger cualquier libro que no fuera de lectura, ya que siempre he preferido comprar los libros que leo antes que tomarlos prestados. Si un libro te marca siempre prefieres conservarlo para quizás releerlo en el futuro, o al menos buscar aquello que te ilusionó en sus páginas. Por eso prefiero comprar los libros que me leo. Consciente de esto, también me pongo limitaciones a la hora de comprar libros: no más de X libros cada dos meses. Hace mucho que no voy a una biblioteca.
Recuerdo haber perdido la noción del tiempo dibujando o escribiendo. Cuando miro el reloj de nuevo me asombra lo rápido que ha pasado el tiempo sin haberme dado cuenta.
Con él también pierdo la noción del tiempo y del espacio, pero es a un nivel totalmente distinto. Cuando él me mira, me pierdo en esos ojos de mirada perfecta, siento que mi alma es ‘tocada’ con delicadeza cada vez, se me alborota el corazón y siento que siento. Me siento hechizada. Y es entonces cuando sonrío inevitablemente. Le veo a él y veo todo lo mejor del mundo.
Últimamente echo mucho de menos todas esas emociones que llegan cuando me encuentro con él. Últimamente le echo mucho de menos.

Es tarde. En seis horas me tengo que levantar. Me voy a soñar con ese ángel…

jueves, octubre 07, 2010

Dinastía Vivanco

Entrada
Hace mucho tiempo que quería comentar mi experiencia en las Bodegas Vivanco. Hace tanto tiempo que han pasado dos años desde que estuve allí, la única vez que las he visitado. En La Rioja tienen tanto renombre que llega un momento en que terminas acudiendo a Briones, la localidad de la Rioja Alta donde se encuentra la célebre Dinastía Vivanco, en calidad de turista enológico.
Briones
Acudí en una Jornada de Puertas Abiertas, ya que, de otro modo, no hubiera visto más que el museo. Pero, aquella tarde veraniega de agosto de 2008, vimos todo: bodega y museo. Recorrimos las viñas, la innovadora bodega, nos explicaron las etapas de elaboración del vino, nos explicaron los inicios de la familia Vivanco, nos ofrecieron una cata de vino y disfrutamos de la cantidad de aperos vinícolas que se exhiben en su museo. El museo es tan inmenso que no da tiempo a verlo por completo en una tarde. He recordado hoy dos elementos que me llamaron la atención: la muestra de las variadas esencias aromáticas del vino y las muestras de troncos de árboles mostrando sus aros centenarios (troncos para fabricar las barricas de vino).

Algunas imágenes de las viñas y la bodega (no hay fotos del museo, si mal no recuerdo porque estaba prohibido hacer fotos):







Un árbol de cien años

Imagino un frondoso árbol, un roble en concreto, fuerte, vigoroso, milenario, de magnífica madera, duro, un árbol al que le cuesta crecer más que a otros árboles, que tienen que pasar muchos años para poder admirarlo en todo su esplendor.
Podría imaginar cualquier otro tipo de árbol (hay un sinfín), pero esta noche me quedo con el roble añejo, porque la fuerza de mis sentimientos es equiparable a la fuerza de un roble. Para sentir lo que siento en la actualidad han tenido que pasar muchas horas, muchos días, muchas semanas, muchos meses... se han creado muchos anillos nuevos. Nuestro tiempo no puede medirse de la misma forma que el de los árboles, que son centenarios. No fue algo que ocurrió de un día para otro, sino poco a poco, minuto a minuto, emoción tras emoción, mirada tras mirada, contacto con tacto. Hasta que llegué a sentir algo tan intenso como indefinible. Me toco el corazón y siento la dureza y la fuerza de mis sentimientos hacia él.

Como el viejo roble.

Este perro no ladra


Yoguito ha ido a verme esta mañana a la oficina. Aunque se ha quedado en el coche. Ahora le tengo a mis pies, mirándome y sacándome la lengua cuando le miro. Supongo que es su manera de decirme que tiene hambre. Pero si no me muevo el perrito también se quedará inmóvil a mis pies, esperando a que me levante y decida ir a cenar.

Lentamente se va haciendo de noche

Se va haciendo poco a poco de noche. Y, por ello, es un buen momento para empezar a pensar en marchar a casa. Además, mañana madrugo más de lo habitual.
Me siento muy cansada esta semana. Además llevo muchos días sin encontrarme con esa persona tan especial, llevo muchos días con el deseo ferviente de él.
A veces me pregunto cómo ha llegado a dejar una huella tan profunda en mi corazón, y no es algo que haya ido paulatino, sino que fue desde el primer momento en que le vi. Lo que ha ido aumentando paulatinamente es el sentimiento hacia él.
¿Qué no haría yo por esa persona?
A medida que se va haciendo de noche, las horas pesan más, porque será otro día en que no le haya visto. Sigue habiendo magia, en el sentido de que él está en mi corazón y, al recordar su imagen perfecta, sonrío, pero no es lo mismo que cuando le veo. Entonces me siento envuelta por algo que no puedo describir. Mi mente imagina que mis manos acarician ese rostro angelical, que le miro directamente a los ojos y no tengo miedo a perderme en ellos, y no me importa ruborizarme por lo que él pueda encontrar en mi mirada.
Los días son más negros cuando no sé nada de él. Es como si todo estuviera cubierto por un velo fantasmal y faltara la luz para hacer desaparecer esa neblina.
Sin embargo, y aunque suene contradictorio, le siento muy cercano.
Hay un recuerdo de él que se repite en mi memoria intermitentemente. Una noche en que le apartaba el pelo de la cara y le decía lo guapo que estaba. No sé qué daría por poder decírselo ahora, en este momento, todos los días…

Creo que me voy a casa. A seguir soñando con él…

Tardes soleadas de octubre

Hace una magnífica tarde. Una de esas tardes de octubre soleadas en que apetece quedar con alguien realmente especial. En este caso, esa persona tan especial es alguien en concreto. Me gustaría contarle tantas cosas...
Es una tarde en que me gustaría cogerle de la mano y caminar sobre las recién caídas hojas secas, contar las baldosas rojas y escuchar esa voz tan sensual. Y robarle un beso de vez en cuanto.

Tendré que dejar de soñar durante un rato.

Otro día sin efectos mágicos

Ha de pasar toda la semana sin que mire esa mirada tan perfecta, sin que me cruce con ese ángel que me hace sonreír. Estamos destinados a que nuestros caminos no se crucen estos días, pero eso es algo pasajero, porque sé que puedo verle en cualquier momento. Aunque le echo mucho de menos, porque carezco de todas esas sensaciones y emociones que aparecen raudas cuando está él.

Es tan adorable...

Me duele la garganta.

Las primeras luces de la mañana

Anoche quería escribir, pero me quedé profundamente dormida. Pensaba en él, así que no es difícil comprender por qué cerré los ojos plácidamente hasta ahora.
Le echo mucho de menos. Llevo demasiados días sin verle, aunque haya habido otros elementos y/o personas cercanas a él que me hayan llevado, muchas veces, a pensar en él.

Empieza un nuevo día. Y empezarlo pensando en él es simplemente genial.

miércoles, octubre 06, 2010

Como una droga

Se me ha vuelto a hacer tarde. A las nueve estaré en casa.
Me siento un poco a la deriva. Me gustaría que él me abrazara y me reconfortara. Simplemente necesito que me mimen un poco.
Yo creo que la culpa es de la caña que me he tomado hace diez minutos. He venido como triste, pero no es tristeza. Creo que se debe a su ausencia, a que llevo muchos días sin verle, a que necesito encontrarme con él, necesito esa magia que proviene de él...

Me voy a casa. Es un momento perfecto para irme, para mirar las estrellas mientras conduzco, para relajarme, para imaginar, para soñar...

No estoy triste. Es sólo la melancolía de no verle, la nostalgia de su mirada.

El aire que pasa entre los dedos

Iba por la calle y me miraba las manos. Mi amiga Marlène se pasaba horas tocándomelas. Decía que le gustaban. Siempre me reía y le decía: "¿No ves que me muerdo las uñas?". Me ha entrado una ternura increíble al pensar en una de mis mejores amigas de la universidad.
De repente, pensaba en lo que podrían tocar estas manos. En el deseo irrefrenable de aprenderse los secretos de otra piel. Y de nuevo estaba sonriendo, pensando en esa persona tan especial, que siempre hace -incluso cuando no le veo- que los días sean mejores.

Es hora de tomar un café.

Un concierto de Sabina


Como muchos otros días, la pereza de coger el coche ha hecho que me quedara a comer aquí. En la puerta del Gambrinus había un cartel del concierto de Sabina. Entonces he pensado en la persona con la que me gustaría ir. Ha faltado poco para que le enviara un mensaje impulsivo, diciéndole que fuéramos, que ya me encargaba yo de las entradas. Y pasar todo un sábado con él...
A mis amigas no les gusta Sabina (sin duda, porque no lo han escuchado más que en sus canciones más celebres, Y nos dieron las diez y las once...), pero a él creo que sí. A mí no me gustan los conciertos, pero es Sabina, y si fuera con él...
Ha sido verlo y pensar en él. En que me gustaría ir con él.

Pero sé que es algo que dejaré pasar.

La Real Fábrica de Ezcaray


Ezcaray cuenta con una de las Reales Fábricas instauradas en España durante el siglo XVIII. En el Antiguo Régimen hubo una enorme eclosión industrial, por iniciativa de los monarcas absolutos, que servían no sólo para abastecer el derroche de las monarquías de la época (muchas de estas Reales Fábricas estaban destinadas exclusivamente para la fabricación de objetos de lujo), sino como impulso del proteccionismo mercantil.
Estos monumentos son considerados Bienes de Interés Cultural Protegido del Patrimonio Histórico de España.
La antigua Real Fábrica de Paños hoy en día aloja en su interior el Ayuntamiento de Ezcaray. El edificio anexo era el Edificio del Tinte, que se destina a sala de exposiciones.

Personalmente me gusta Ezcaray. Esta mañana he visitado la Real Fábrica.

La eterna pregunta

En alguna ocasión tengo que hacerme esta pregunta: ¿es posible que le esté idealizando? Pues no quiero caer en la idealización, con todo lo que conlleva (posiblemente la decepción). Me obligo a replanteármelo de vez en cuando.
No. Simplemente le acepto como es, con sus virtudes y sus defectos. Aún no he caído en la ceguera sentimental. Me gusta lo que veo en él, lo que me regala cada día al mirarme, me gusta su transparencia y su claridad de ideas, su tolerancia, su tranquilidad, la textura de sus manos, la bondad que hay en él, el color de su pelo, su sonrisa, su manera de pensar, lo bien amueblada que tiene la cabeza, su timidez, cuando se ruboriza, esa voz tan sensual... No me gusta... (en estos momentos no se me ocurre nada).
Cuando hablo de él en términos de que le considero un ángel es por la alegría que me da cada día, por la magia que me envuelve al sentirme 'tocada' por su mirada, por la tranquilidad que me brinda su sonrisa, por su enigmática personalidad, por su gran corazón... Es, sin duda, un ángel (de carne y hueso, y con alas invisibles).
Y sí, es una persona muy especial. Y, cuanto más le conozco, más me gusta lo que veo en él. Es así de sencillo. No le tengo idealizado: lo que veo en él, lo que me da con sus palabras, con su mirada o con su pensamiento me encanta.
Es así de simple. Las personas... nos gustan o no nos gustan. Y luego hay personas únicas que nos gustan demasiado.

A veces me hago esa pregunta, porque temo poder caer en la idealización de la otra persona. Hoy por hoy, no es el caso.

Las campanas tocan doce

Adoro este momento de la noche. Es pronto aún para dormir, pero tarde para hacer cualquier cosa que requiera un esfuerzo (físico o mental). Podría leer, ver una película (en vía digital he estado viendo empezar Mujercitas, la de 1994, en la que aparecen Winona Ryder y Susan Sarandon, entre otros) o simplemente tumbarme y pensar. Creo que me decanto por esto último. Pensar en él me reconforta, me hace sonreír, me calma, me hace olvidarme de cualquier preocupación que haya podido traer a casa.
No he terminado de ver la película (que ya la he visto tres o cuatro veces), sigo leyendo El Palestino (ando por la mitad y estoy enganchada) y he optado por tumbarme en la cama y soñar despierta con él.
La mente nos trae razonamientos a veces que no esperamos, aunque otras veces hayamos pensado en ello. “Un día conoces a una persona tan especial que te ‘toca’ el alma”. Es así de sencillo.
Me pregunto si él ya estará durmiendo, me pregunto qué estará haciendo, me gustaría preguntarle cómo ha pasado el día. Seguramente estaba guapísimo y seguramente mañana lo estará aún más.
Cada día es una odisea. Le echo de menos cuando no me encuentro con él, pero él está muy presente en mi vida, ya que cualquier detalle me lleva a soñar con él, cualquier cosa, por pequeña que sea, me gustaría compartirla con él.
Simplemente un día conoces a un ángel. Y te meces en un hechizo como nunca antes habías sentido.
Acaban de tañer las campanas de la iglesia la medianoche. Aunque aún es pronto para ir a dormir. Seguiré imaginándole, soñándole, deseándole, queriéndole.

martes, octubre 05, 2010

Simplemente a veces

A veces cierro los ojos y me dejo llevar… Aspiro profundamente e imagino respirar el mismo aire que respira él, tan cerca de su rostro que sienta sus labios, su piel, sus ojos sin necesidad de tocarle. Imagino que abro los ojos y me encuentro con la profundidad de esa mirada enigmática que tanto me hechiza.
A veces me pregunto cómo he podido vivir todos los años del pasado desconociendo la existencia de esa persona tan magnífica. Claro que he conocido un sinfín de personas, y personas magníficas, pero ninguno me ha llenado tanto como él me llena. No sólo con su presencia. Le llevo tan cerca del corazón que siento un ligero cosquilleo.
A veces me pregunto dónde estaba la poesía de la vida antes de que le conociera, porque ahora todo es poesía, y dicen que la poesía es el mejor molde para expresar los sentimientos. Esa poesía que llega al pensar en él, al sentir que todo es perfecto, al sentirme hechizada, curiosa, alegre; al amar.
A veces cierro los ojos e imagino la dulzura de sus besos, la tranquilidad de un abrazo suyo, las historias que salen de sus labios, las caricias tentadoras de sus manos. Y sueño, sueño con él…
A veces miro a las estrellas que me recuerdan su imagen serena y me guardo los deseos que nunca termino de pedir y que jamás pronunciaré, que se quedan retumbando en mis sienes.
A veces me gustaría compartir con él tantas cosas que me da la sensación de que nunca será suficiente una vida para contarle todo.
A veces simplemente siento que le quiero tanto que se hace complicado contarlo por escrito.

Las cervezas que nos quedan

Mis días cada vez se pasan más rápido, sobre todo si no ocurre algo que ralentice las horas. Tengo un poco de mala suerte, porque he ido a verle por la mañana y no estaba. Me hubiera gustado tanto que su mirada congelara el momento... Porque todos los instantes en que aparece él son especiales, únicos...
Esta tarde no he podido escribir, porque he tenido un técnico informático aquí que, a cada poco, me levantaba de la silla. No me extraña que se me haya pasado la tarde volando.

Le echo mucho de menos. Sonrío al pensar en él, sonrío al imaginar todo aquello que me gustaría decirle. Hoy me gustaría caminar con él y contarle... Contarle cosas que aquí no voy a concretar. En estos momentos recuerdo perfectamente el timbre de su voz, su risa al otro lado y las cervezas que nos quedan.

Y me encanta...

Lo que daría por tomarme algo ahora con él...

La mirada más pura

Dicen que la mirada es el espejo del alma. Al pensar en ello pienso en una mirada en concreto. En la dulzura que veo en esos ojos, en la nobleza que tienen esas pupilas, en la bondad que destilan... Es una mirada cargada de tan excelsa perfección...

Hay miradas que lo dicen todo, hay miradas que no aportan nada, hay miradas oscuras, hay ojos que se desvían para ocultar una mentira, una traición o algo que no quieren enseñar al mundo, hay ojos que se desvían por amor, hay miradas piadosas, miradas que reflejan todo un mundo...

En su mirada yo veo todo lo mejor del mundo. Y cuando le miro durante una pequeña fracción de segundos me siento 'tocada' por el ángel portador de esa mirada. Por esa misma mirada me embelesó un día, esa primera mirada fue la que causó esa atracción hacia él (luego fueron llegando otras virtudes). Esa mirada me brinda, cada día, un variado abanico de emociones.

Cuando hablo de su mirada, no me refiero a lo que él dice de sí mismo al mirar, sino a lo que yo veo en él. Cuando miras a esa persona, sabes que tienes enfrente a una persona de gran corazón, pero también te otorga la brillante luz de una persona de enorme sabiduría. Por su mirada veo el alma cristalina y pura de un ángel.

Hoy he sentido que me faltaba algo. Ese fugaz instante en que me siento 'tocada'...

¡Qué no daría yo porque cada noche, antes de cerrar los ojos, fuera esa mirada tan querida lo último que viera al entrar en el mundo de los sueños y que, al despertar al alba, fuera lo primero que vieran mis ojos...!

lunes, octubre 04, 2010

Palabras creadoras de belleza

Llevo toda la tarde rumiando lo que me aporta el blog. A mí me aporta tantísimas cosas... También me lleva a preguntarme por qué motivo, un día, empiezas a crear algo de la nada. Tengo la misma sensación que cuando me encuentro ante una hoja de Word en blanco. En cinco minutos podría llenarla de palabras, en cinco minutos podría seguir en blanco. Nunca sabes...
Si ahora me diera por empezar un blog, en el caso de que no tuviera ninguno, creo que escribiría guiada por el amor. Mi blog rezuma amor desde hace muchos meses. Y el amor te lleva a crear belleza. Belleza que llega por el simple hecho de crear algo de la nada, en este caso a través de las palabras.
Cuando pienso en él, siento un halo de paz, de bondad, alrededor de mí. Siento que la energía fluye por mis dedos queriendo expresar lo inexpresable.
Cuando escribo algo que tiene relación con esa persona tan especial le siento más cercano. Porque está próximo en el mismo momento en que está en mis pensamientos, cuando siento que mi corazón se encuentra alborozado, cuando recuerdo los momentos que me brinda un solo gesto suyo. Y un solo gesto de ese ángel me lleva a escribir párrafos enteros que me hacen sentir bien. Muchos podrían decir que estoy enamorada, pero no lo estoy. Se necesita algo más para enamorarse.
Hace unos días contemplaba la increíble cantidad de entradas del año en curso. Me parecía curioso haber escrito tanto en comparación con los años anteriores. Yo misma siento esa energía desbordante de la que antes carecía. ¿Qué me lleva a escribir tanto de unos meses a esta parte? Soy consciente de que 3/4 partes de todas esas palabras están estrechamente vinculadas a la persona que ha conseguido que abra mi corazón. Hace unos meses mencioné que había obrado un enorme milagro en mí. Es imposible no quererle. Incluso cada día le daría las gracias por estar ahí cercano, por darme tanto con tan poco.
De unos meses a esta parte sonrío más a menudo. Si yo ahora empezara un blog se lo dedicaría por completo a él. Pues esa persona, quizás inconscientemente, me ha hecho un regalo inmenso, desconociéndolo, pero ahí está. Me ha enseñado, sin saberlo y sin buscarlo, a valorar todo lo que me rodea. Y lo considero un regalo muy especial, aunque él posiblemente lo desconozca.
Supongo que a veces conocemos a alguien que nos marca para siempre, una persona tan especial y única a la que sólo se le puede querer, una persona que nos hace ver el mundo a través de los cristales del optimismo. ¿Cómo no iba a escribir sobre todo lo que me aporta él?
El día que no diga una sola palabra sobre ese ángel de alas invisibles ocurrirá algo inusual.

Cuando creamos algo de la nada, hemos de intentar hacerlo lo mejor posible. Rindo tributo al amor cada día con lo que me gustaría decirle y quizás nunca llegue a decirle. El blog me aporta muchas cosas, pero hoy en día me sirve para sentirle más cercano al escribir desde el corazón, el mismo corazón donde él está desde hace meses.

El blog me aporta muchas otras cosas, pero hoy por hoy, este blog tiene significado porque amo y al amar me siento viva y al sentirme viva... necesito describir todas esas emociones (o al menos acercarme a ellas a través de las palabras).

Cuando los caminos no se cruzan

Cuando me iba, él aún seguía, que me he fijado, incluso he mirado hacia el fondo de la calle. Pero hoy no era un día en que el azar ha hecho que se cruzaran nuestros caminos. Otro día será...
Sin embargo, ¡qué vacío es el día sin él! ¡qué oscuridad se cierne en el entorno cuando no existe la luz de sus ojos! ¡qué extrañeza cuando no encuentras la magia que te envuelve cuando él está cercano...! Aunque le he sentido muy próximo, pero no es lo mismo que si me encontrara con él.
Le echo tanto de menos...
He echado de menos cerrar los ojos e imaginar que acariciaba ese rostro tan preciado, que me perdía en esa mirada tan querida, que besaba esa sonrisa tan perfecta. Es tan especial, que los días en que no le veo, son demasiado normales. Él los convierte en únicos, aunque esos momentos se caractericen por su extraña (pero intensa) fugacidad.
Le quiero tanto...

Ha sido un día un tanto apagado. Faltaba su luz.

Eight o'clock

Debería irme a casa.
Estar en la otra oficina era más cómodo en cuanto se hacía de noche, porque no me sentía obligada a abrir. Ahora, cuando ven luz, sí que me llaman, y no me queda otro remedio más que atender a la gente.
Es por eso que me llevo los folios rojos a casa y escribiré desde allí.

Le echo mucho de menos. Daría un mundo por encontrármelo ahora y perderme en sus ojos.

Una vez le dije que tenía la mirada penetrante. Es posible que no me creyera. Si él supiera todo lo que veo en sus ojos...

En las estrellas

Hoy me he quedado a comer aquí, una decisión de última hora, así que no he movido el coche. Pero, hace un rato, tenía que salir y he recordado que me dijeron que habían dejado caramelos en el coche, caramelos para el mostrador de la oficina.
¡Cuál ha sido mi sorpresa al dirigirme hacia allí y ver otro coche! Estoy segura de que he sonreído pícaramente, porque me apetecía hacer una pequeña travesura: quería dibujar, sólo que lo sigue teniendo tan limpio, y pasan tantos coches y tanta gente por allí que me he echado para atrás. Y no he dibujado nada. Inconscientemente he mirado al fondo de la calle, a ver si venía, como fruto de un azar que nunca buscamos y que siempre aparece cuando menos lo esperamos.
Aunque el hecho de ver algo suyo hace que le sienta muy cercano, no es lo mismo que cuando le veo. Cuando me encuentro con él existe esa magia... Miro a sus ojos y encuentro la bondad del mundo. Y hoy no ha existido nada de eso, y le estoy echando de menos. Seguro que estaba guapísimo hoy.

Algo que me falta

Echo de menos algo. Hoy me falta algo. Creo que necesito ese instante. He ido en busca de ese instante, claro, pero quizás haya ido con bastante tiempo de antelación. Ahora me arrepiento de no haber esperado un poco más... Necesito ese momento de él, ese fugaz segundo en que ladea la cabeza sutilmente y sus ojos me miran con esa nobleza que sólo encuentro en ellos, con tanta bondad, con tanta paz. Los mismos ojos que me hacen sonreír cada día, que me brindan un pedazo de felicidad. La mirada perfecta de un ángel.
Y ahora lo empiezo a echar de menos, como si ese instante fuera una necesidad casi vital. "Casi" porque hoy no se ha producido esa eclosión de sentimientos que me brinda ese instante de él, y sobrevivo. Sin embargo, siento como que me falta algo, como que me falta él.
Echo de menos sentirme envuelta por la magia que proviene de él y, a su vez, envolverle con mis brazos en un abrazo invisible. Echo de menos comprobar que todo en él está en el mismo lugar de siempre. Echo de menos el alborozo por su cercanía, por el hecho de saber que sólo tengo que mirar un poco hacia un lado para encontrarme con esa persona tan especial.
¿Por qué no habré esperado un poco más...?

Hoy me falta él, aunque estoy segura de que no andará muy lejos.

Unos brazos invisibles


Me voy a abrazar los hilos invisibles de un sueño que está a punto de llegar. Y soñaré que le abrazo a él, que le susurro palabras de amor a él, que le miro y... me pierdo en él.

Escucho silbar al viento al otro lado de la ventana. A veces, si cierro los ojos, me recuerda ligeramente al sonido que hacen las olas del mar al dar su beso mortal junto a la arena. A veces, el sonido es muy similar.

No puedo permitirme ir a dormir más tarde de la una.

El jardinero


Resultado de imagen de el jardinero libro
"Surgió de la nada, como el rojo manto de las amapolas en la primavera; con unas sandalias de cuero y un largo bastón de madera de roble.
Deambuló por las plazas y por el mercado, preguntando por alguien que estuviera dispuesto a venderle una tierra espaciosa. Y encontró un lugar en las afueras del pueblo, junto a un arroyo cantor de destellos dorados.
Levantó una cabaña. Y a su alrededor un jardín, grande como las estelas del viento; bordado con hiedras, clemátides, pasionarias y madreselvas; salpicado de azucenas, violetas, lirios y pensamientos.
Y se sentó a la puerta de su jardín, ofreciendo su belleza y su paz a todo el que quisiera gozarse de ellas. Les dijo que aquél era el jardín de la vida, y que todo aquél que quisiera hallar su paz en él tendría siempre la puerta abierta.
Los pájaros y las ardillas hicieron sus nidos en sus árboles, las hadas y los elfos buscaron refugio entre sus plantas, y los hombres encontraron cobijo para su corazón entre sus flores.
Y el jardinero se dedicó a cuidar de plantas y árboles, ardillas y pájaros, hadas, elfos y hombres".

Este libro es una especie de parábola, donde cada capítulo tiene una enseñanza propia. El jardinero viene a ser el mensajero de un dios que cuidará del corazón y del alma de los hombres, a medida que cuida de su bello y frondoso jardín. Ha venido con una misión: sembrar su semilla de paz y de sabiduría. Pero para que esa misión prospere tiene que enseñar su legado a un aprendiz, para que su sabiduría no muera cuando él se tenga que marchar a cumplir su misión a otra comarca.
Está escrito con una enorme sencillez, lo que hace que se disfrute leyendo. Quizás en esa sencillez está su belleza.

"Que vuestro amor no sea como el del muérdago hacia el roble, que hunde sus raíces en su tronco para chupar su savia y su fuerza. Que no sea como el de la aliaga con el retoño de pino, que crece y lo envuelve hasta asfixiarlo entre sus espinas.
Buscad que vuestro amor sea como el de los árboles. Cada uno abrazando la tierra con sus propias raíces, elevándose al sol de la mañana con los brazos extendidos al cielo, dando gracias por cada nuevo amanecer".

domingo, octubre 03, 2010

Una vieja Olivetti

Aprendí a escribir a máquina con nueve años, con una vieja Olivetti de la posguerra que, indudablemente, tenía más años que yo. Recuerdo que mi maestro me decía: “Siempre has de estar más alta que las teclas”, así que muchas veces parecía que iba a comerme la máquina de escribir.
Recuerdo que, a veces, me hacía daño en los dedos, en los meñiques concretamente, porque había que aporrear aquellas teclas con una fuerza que algunos de los dedos carecen.
Después de aquella vieja Olivetti, que no era de mi propiedad, he tenido otras dos, las predecesoras de los ordenadores. Una azul que pesaba como un demonio que ya venía con cinta a dos colores (negro y rojo) y una roja menos pesada para llevarla adonde fuera menester.
Estas dos últimas las conservo aún. Ni siquiera me dio tiempo a desgastarlas, porque luego llegaron los ordenadores. Pero hoy en día me emociono cuando veo una vieja Olivetti como la que aprendí mecanografía a los nueve años. Me parecen objetos de museo y me traen muchos recuerdos. Incluso las letras que surgen de esas viejas máquinas parecen más artísticas.

Recuerdo el ruido que hacían y que, en cierto modo, fui algo precoz cuando presentaba en el colegio trabajos a máquina. Recuerdo que, si te equivocabas, o utilizabas corrector o volvías a empezar. Yo prefería empezar de nuevo. Recuerdo que mi maestro le daba mucha importancia a las pulsaciones por minuto. A mí me parecía irrelevante. Lo importante no era escribir rápido, so pena de cometer fallos con enorme facilidad, sino que lo importante (para mí) era saber escribir a máquina y hacerlo bien.

Cuando el viento azota...

Hoy es un día tranquilo. Esta mañana me he ido a leer al campo, con el perro, por supuesto. Pero hacía tanto viento que he apartado el libro y me he puesto a pensar en él. Desconozco cómo he llegado a quererle tanto, pero es algo que siento cada mañana al despertarme y cada noche al cerrar los ojos.
Que conste que estoy enganchada al libro de Antonio Salas, aunque soy consciente de que me llevará mucho tiempo leerlo.

Tengo ganas de que llegue mañana.

Este fin de semana he escrito muy poco, porque no he parado mucho en casa, y cuando estás con amigos no apetece sacar la Blackberry para ponerse a escribir. Me gusta hacerlo en silencio y con la máxima concentración posible. Ha sido un fin de semana más de reflexión que de escritura.

La noche del sábado

El cielo está plagado de estrellas. Me he acordado de él, me he preguntado si habrá visto las mismas estrellas que veo yo.
Me hubiera gustado salir, pero... se estaba tan bien en grupo y con tu gente, que nos hemos apalancado y nos hemos quedado.

Me cuesta escribir. Tanto vino y tanta cerveza han hecho mella en mí.

De todas formas, me iré a soñar con él.

sábado, octubre 02, 2010

Bajo las estrellas

El cielo se encuentra plagado de estrellas. Me acuerdo de él. No se si nos iremos de fiesta, porque están hablando de jugar al poker.
Hemos cenado patatas asadas al aire libre en las piscinas. Ha estado bien.
BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

viernes, octubre 01, 2010

Tiempo para escribir


Hoy es uno de los días que menos he escrito aquí. Acostumbrada a escribir una media de cinco entradas al día se me hace extraño llegar a casa y encontrarme que sólo he escrito en los pocos momentos de descanso que he tenido hoy: anoche, antes de irme a la cama; en la sobremesa.
Algunas veces, suelo escribir desde la oficina, sobre todo por las tardes, pero hoy he estado demasiado ocupada como para dedicar unas palabras a la escritura, y quien habla de dedicar unas palabras a la escritura, habla de dedicarle unas palabras a ese ángel de mirada dulce. Porque siempre le dedico unos minutos.
Y, aunque no haya escrito casi nada, los minutos que le dedico a esa persona tan especial han estado muy presentes, aunque no haya podido plasmarlos por escrito.
Me hubiera gustado verle esta noche, pero hoy no va a ser posible, por circunstancias ajenas. Aunque estoy segura de que, cuando me vaya a dormir, me llevaré su imagen angelical conmigo.
Revivo el instante en que le he mirado de reojo esta mañana, revivo el momento en que mi mente ha procesado su mirada... Estaba tan guapo...

Unos minutos de tranquilidad

Aún tengo un rato antes de marchar. La tarde de hoy será larga, porque tengo una reunión después. Por eso decidí ayer hacer horario partido y levantarme a una hora decente. También porque quizás esta noche salga (dependerá de la hora a la que llegue a casa después de la reunión).

Estoy pensando en EL MOMENTO de esta mañana, en ese pequeño instante en que mi mirada se ha cruzado con la suya. Es un gran momento, uno de los mejores momentos del día (y eso que yo tengo muchos otros buenos momentos, pero en el resto no aparece él).

Es un momento único. Porque en sus ojos encuentro lo que no veo en ningún otro sitio. Toda la perfección del mundo, toda la dulzura, toda la bondad, toda la paz... en definitiva, todo lo mejor del mundo. No me extraña que le perciba como un ángel. Le quiero más...

Oktober, Oktober… Oktoberfest

Plaza del Ayuntamiento, Múnich
Octubre es la antesala del invierno. Ya se nota al marchar a casa por la noche, que tira un aire cada vez más frío. Ya piensas en la calefacción que tendrás que poner dentro de unas semanas, ya piensas en la ropa de abrigo… Aunque aún se pueden ver muchos días soleados; queda el veranillo de San Martín (no sé si es en octubre o en noviembre).
En octubre se puede disfrutar del más intenso otoño: las calles se cubren de hojas tostadas y ocres, el viento azota tu piel de un modo frenético, casi todos los días amenazan lluvia. Pero es soportable. Son días que yo le dedicaría a él, tardes en las que me gustaría tomar un chocolate caliente (por nombrar una bebida que haga entrar en calor) con él, noches en las que me gustaría quedarme dormida en sus brazos.

El octubre alemán también me recuerda a él. Y la Oktoberfest de Múnich (en alemán, München) es una fiesta pendiente de conocer. Porque he visitado Múnich, pero en el mes de agosto, no en octubre, que es cuando se celebra la famosa fiesta de la cerveza. En estos días sí que debe correr la cerveza alemana a raudales. ¿Qué se puede esperar en el país de la cerveza? La primera vez que pedí en Alemania una Pils, casi me da algo. Allí no se andan con chiquitas: eran jarras de medio litro. Allí me convertí en fiel adoradora de la cerveza (antes, de vez en cuando, tomaba alguna inusual y en muy pocas ocasiones; después de visitar Alemania por primera vez me convertí en una adicta de la cerveza). Es que no hay ningún país como Alemania para probar cientos de marcas diferentes de cerveza de todas clases, sabores e incluso colores.

Múnich está situada al sur. Al estar cerca de la frontera con Austria, es una ciudad más abierta (por el flujo constante de gente que cruza de un país a otro). El choque con la mentalidad del norte (más cerrada y austera, por ejemplo, en Berlín) es evidente en el sur. La gente es más extrovertida, más espontánea y hay un muchísimo turismo.
Es una ciudad donde es sencillo guiarse, gracias a sus innumerables cúpulas e iglesias. Y no exagero, en cuanto pasas por la puerta de acceso al caso antiguo te encuentras ante una inmensa avenida peatonal con cientos de iglesias a cada lado. Allí me cansé de ver iglesias, pero es que todas eran diferentes.
El edificio más emblemático es, sin duda, el Ayuntamiento. En su fachada tiene las figuras de caballeros y princesas que a ciertas horas dan un paseo rotativo bajo el sonido estridente de una música medieval que suena por toda la plaza. Eso ocurre a las doce del mediodía y merece la pena observarlo. Es una pequeña parodia medieval a modo de teatro con figuras que te sonsacan una sonrisa.
Una de las cosas que más me impactó de Múnich es lo que nunca he visto en ninguna otra ciudad europea. En la zona de la universidad hay una enorme explanada que bordea el río Isar y sus canales. Estás en la facultad de Derecho y, justo detrás, te encuentras allí, junto al río, de tal forma que parece que has salido repentinamente de la ciudad para meterte en el campo. Así de grande es el parque que bordea al Isar y sus canales. Empecé a caminar y, al principio, era un parque normal: niños jugando al fútbol, gente en bicicleta, adultos paseando… A medida que me iba adentrando en aquel bosque bávaro en medio de la ciudad, fui encontrando gente tomando el sol junto a uno de los canales (donde no se podían ni siquiera bañar, no tendría de anchura ni medio metro). A medida que fui caminando, me encontré con un sinfín de personas junto al canal en pelotas. Allí se practicaba el nudismo. Podría decir que eran universitarios, pero allí había gente de todas las edades.
Y no, no tengo fotos. Lo que sí tengo es un vídeo de todo aquello. Porque a Alemania siempre llevaba la cámara de vídeo y lo inmortalizaba todo en mis grabaciones. Me impactó tanto que aparté la cámara porque me sentía fuera de lugar, me daba vergüenza grabar aquello. Nadie me dijo nada, pese a que muchos me vieron grabando. Simplemente, ensimismada y sorprendidísima, fui poniendo, poco a poco, tierra de por medio. No estoy hablando de un puñado de personas. En ese momento en concreto, en que yo me quedé tan anonadada, veía gente desnuda a todo lo largo del canal hasta donde alcanzaba mi vista. Cientos y cientos de personas de todos los géneros y edades tomando el sol como si estuvieran en una playa de nudistas, pero en vez de mar había un canal reforzado con cemento, y en vez de arena había hierba y arbustos.
Si me lo cuentan no me lo creo. Pero lo vi con mis ojos y lo grabé con mi cámara. Allí, en una ciudad tan cosmopolita como Múnich, y muy cerca del centro neurálgico…
Ese mismo día, horas más tarde, visitaría el complejo deportivo de Múnich. No pude entrar en el Olympiastadion, porque había partido de fútbol. Jugaba uno de los equipos locales, el TSV 1860, cuyos colores son azul y blanco a rombos. Sí, en Múnich tienen otro equipo más pequeño, aparte del famoso Bayern de Múnich. Unos aficionados me regalaron un bolígrafo de su equipo, por eso sé los colores del TSV 1860.

Volvería a Múnich. Volvería en octubre, y volvería con él, por la Oktoberfest (por unas palabras compartidas una noche entre las brumas de un bar; sería allá por el mes de diciembre).
Estaría bien. Además, estoy perdiendo conocimientos de alemán, debería engrasarlos un poco.

Octubre es un mes nostálgico. Podría decir lo contrario. Pero... cada vez está más cerca el invierno y no me gusta el invierno. Aunque siempre habrá una mirada cálida que me haga pensar en cosas más alegres que la crudeza del invierno. Porque en esos ojos siempre veo lo mejor.

Es tarde.