Plaza del Ayuntamiento, MúnichOctubre es la antesala del invierno. Ya se nota al marchar a casa por la noche, que tira un aire cada vez más frío. Ya piensas en la calefacción que tendrás que poner dentro de unas semanas, ya piensas en la ropa de abrigo… Aunque aún se pueden ver muchos días soleados; queda el veranillo de San Martín (no sé si es en octubre o en noviembre).
En octubre se puede disfrutar del más intenso otoño: las calles se cubren de hojas tostadas y ocres, el viento azota tu piel de un modo frenético, casi todos los días amenazan lluvia. Pero es soportable. Son días que yo le dedicaría a él, tardes en las que me gustaría tomar un chocolate caliente (por nombrar una bebida que haga entrar en calor) con él, noches en las que me gustaría quedarme dormida en sus brazos.
El octubre alemán también me recuerda a él. Y la Oktoberfest de Múnich (en alemán, München) es una fiesta pendiente de conocer. Porque he visitado Múnich, pero en el mes de agosto, no en octubre, que es cuando se celebra la famosa fiesta de la cerveza. En estos días sí que debe correr la cerveza alemana a raudales. ¿Qué se puede esperar en el país de la cerveza? La primera vez que pedí en Alemania una Pils, casi me da algo. Allí no se andan con chiquitas: eran jarras de medio litro. Allí me convertí en fiel adoradora de la cerveza (antes, de vez en cuando, tomaba alguna inusual y en muy pocas ocasiones; después de visitar Alemania por primera vez me convertí en una adicta de la cerveza). Es que no hay ningún país como Alemania para probar cientos de marcas diferentes de cerveza de todas clases, sabores e incluso colores.
Múnich está situada al sur. Al estar cerca de la frontera con Austria, es una ciudad más abierta (por el flujo constante de gente que cruza de un país a otro). El choque con la mentalidad del norte (más cerrada y austera, por ejemplo, en Berlín) es evidente en el sur. La gente es más extrovertida, más espontánea y hay un muchísimo turismo.
Es una ciudad donde es sencillo guiarse, gracias a sus innumerables cúpulas e iglesias. Y no exagero, en cuanto pasas por la puerta de acceso al caso antiguo te encuentras ante una inmensa avenida peatonal con cientos de iglesias a cada lado. Allí me cansé de ver iglesias, pero es que todas eran diferentes.
El edificio más emblemático es, sin duda, el Ayuntamiento. En su fachada tiene las figuras de caballeros y princesas que a ciertas horas dan un paseo rotativo bajo el sonido estridente de una música medieval que suena por toda la plaza. Eso ocurre a las doce del mediodía y merece la pena observarlo. Es una pequeña parodia medieval a modo de teatro con figuras que te sonsacan una sonrisa.
Una de las cosas que más me impactó de Múnich es lo que nunca he visto en ninguna otra ciudad europea. En la zona de la universidad hay una enorme explanada que bordea el río Isar y sus canales. Estás en la facultad de Derecho y, justo detrás, te encuentras allí, junto al río, de tal forma que parece que has salido repentinamente de la ciudad para meterte en el campo. Así de grande es el parque que bordea al Isar y sus canales. Empecé a caminar y, al principio, era un parque normal: niños jugando al fútbol, gente en bicicleta, adultos paseando… A medida que me iba adentrando en aquel bosque bávaro en medio de la ciudad, fui encontrando gente tomando el sol junto a uno de los canales (donde no se podían ni siquiera bañar, no tendría de anchura ni medio metro). A medida que fui caminando, me encontré con un sinfín de personas junto al canal en pelotas. Allí se practicaba el nudismo. Podría decir que eran universitarios, pero allí había gente de todas las edades.
Y no, no tengo fotos. Lo que sí tengo es un vídeo de todo aquello. Porque a Alemania siempre llevaba la cámara de vídeo y lo inmortalizaba todo en mis grabaciones. Me impactó tanto que aparté la cámara porque me sentía fuera de lugar, me daba vergüenza grabar aquello. Nadie me dijo nada, pese a que muchos me vieron grabando. Simplemente, ensimismada y sorprendidísima, fui poniendo, poco a poco, tierra de por medio. No estoy hablando de un puñado de personas. En ese momento en concreto, en que yo me quedé tan anonadada, veía gente desnuda a todo lo largo del canal hasta donde alcanzaba mi vista. Cientos y cientos de personas de todos los géneros y edades tomando el sol como si estuvieran en una playa de nudistas, pero en vez de mar había un canal reforzado con cemento, y en vez de arena había hierba y arbustos.
Si me lo cuentan no me lo creo. Pero lo vi con mis ojos y lo grabé con mi cámara. Allí, en una ciudad tan cosmopolita como Múnich, y muy cerca del centro neurálgico…
Ese mismo día, horas más tarde, visitaría el complejo deportivo de Múnich. No pude entrar en el Olympiastadion, porque había partido de fútbol. Jugaba uno de los equipos locales, el TSV 1860, cuyos colores son azul y blanco a rombos. Sí, en Múnich tienen otro equipo más pequeño, aparte del famoso Bayern de Múnich. Unos aficionados me regalaron un bolígrafo de su equipo, por eso sé los colores del TSV 1860.
Volvería a Múnich. Volvería en octubre, y volvería con él, por la Oktoberfest (por unas palabras compartidas una noche entre las brumas de un bar; sería allá por el mes de diciembre).
Estaría bien. Además, estoy perdiendo conocimientos de alemán, debería engrasarlos un poco.
Octubre es un mes nostálgico. Podría decir lo contrario. Pero... cada vez está más cerca el invierno y no me gusta el invierno. Aunque siempre habrá una mirada cálida que me haga pensar en cosas más alegres que la crudeza del invierno. Porque en esos ojos siempre veo lo mejor.
Es tarde.