Ciudad Rodrigo, Salamanca
Esta tarde se me ha pasado el "mono" de comprar libros, así que hasta la próxima vez... Hace un frío terrible esta noche. Si mis amigos vienen a tomar algo es posible que salga, pero igual con el frío que hace se quedan en el bar del pueblo. De todas formas, lo que tengo claro es que los disfraces los dejamos para el pasado.
Una vez en Carnaval me disfracé de india y compré un arco con flechas que me dedicaba a tirar a todos los traseros en la discoteca, cuando la discoteca aún no había cerrado sus puertas definitivamente (y hace muchos años que se clausuró). Creo haberme disfrazado varias veces, aunque ya ni siquiera me apetece, lo que de verdad no me apetece es pasar frío.
Si me remito más atrás en el tiempo iría a Ciudad Rodrigo, pueblo limítrofe con Portugal. Cogí un autobús con una amiga de Salamanca y nos marchamos a disfrutar del archiconocido "Carnaval del Toro". De allí volví con un tatuaje junto al ombligo. Pequeño. No me gustan los tatuajes grandes. De todas formas, en Tenerife, años más tarde, me tatué unos delfines en la espalda, también pequeños. Como no me los veo me suelo olvidar de que los tengo. Sin embargo, mis sobrinas en verano sí que me repasan con sus dedos los tatuajes y me preguntan si no se borran. La pequeña me dijo que le gusta mi unicornio. No sé cómo explicarle la diferencia entre un unicornio y un pegaso. Así que cuando crezca un poco ya le contaré un cuento sobre un pegaso. Si no sé ninguno me lo terminaré inventando.
Esto me recuerda a que mañana tengo comida familiar y tarde de niñas.
Ciudad Rodrigo era como una réplica de Salamanca en chiquitito. Habían habilitado una plaza de toros provisional en su Plaza Mayor, y ese coso era rectangular. También recuerdo el castillo, que si la memoria no me falla estaba convertido en Parador. Son célebres los carnavales de Ciudad Rodrigo.
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