Hay personas que nos engrandecen, que nos tocan el alma. Al final se termina cogiendo una confianza inmensa.
Hoy he tenido un día magnífico. Por una parte, porque hablar con algunas personas sí que me termina sacando sonrisas, porque no tengo que disimular y ponerme zalamera, porque puedo ser yo, y eso es porque sacan lo mejor de nosotros mismos.
También mi padre nos ha hecho reír. Mi padre es muy guasón. Un día vino a nuestra oficina y vio a la policía con una señora que supera los ochenta años, una señora que no tiene respeto por nada y por nadie, y te callas por respeto a su edad, pero llega un momento en que se pone a insultar como una energúmena. En cuanto la vio dijo que la conocía. Después le conté que nos llama todos los días gritando y si viene llamamos a la policía. Así que hoy ha sido él quien se ha puesto al teléfono cuando ha llamado. Le ha dicho que no, que se ha equivocado, que 'aquí' se hacían cajas para muertos (yo no sé de dónde saca mi padre esas ideas). Luego nos ha contado que cuando hacía el servicio militar también gastaba bromas telefónicas.
Lo cierto es que hay días que terminan con un buen sabor de boca.
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