Cuando éramos adolescentes y el tiempo acompañaba nos reuníamos bajo una enorme encina. Desde allí se veía la carretera y la gente que caminaba hacia la ermita. Era gigante. Era nuestro espacio, de alguna manera privado.
Estábamos en la linde del bosque, a medio camino entre el pueblo y la ermita.
El árbol era tan grande que daba suficiente sombra para todos.
A veces, cuando paso por la carretera y veo la enorme encina a lo lejos, tan solitaria, me trae recuerdos. Agradables recuerdos. Pero ahora nadie acude a refugiarse bajo sus ramas, ya nadie busca su sombra.
Es verdaderamente gigante.
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