
Hace unos años era muy supersticiosa, sobre todo con el trece. Con el paso del tiempo he llegado a comprender que las supersticiones vienen a ser tonterías elevadas a su máxima potencia. Porque siempre tenemos que echar culpa a algo.
Ahora ya ni me fijo. Porque hay treces en todos los meses y si siguiera teniendo fobia al trece cada mes estaría aterrorizada, seguiría caminando de puntillas ese día deseando que no pasara nada malo. Porque los libros tienen capítulos trece y páginas con ese número, y sin embargo, pensándolo bien, qué estupidez es temer al trece.
En el pasado, si algo no me iba bien la culpa era del trece, pero había otros días en que la fortuna no me sonreía y no tenía nada que ver. Pero también es cierto que días trece también me han pasado cosas muy buenas, así recordando ahora, un trece de diciembre me enteré de que iba a ser tía, y tuve que guardar silencio hasta que se hiciera público. Mis amigos me tanteaban y me costaba mucho morderme la lengua.
El número de mi casa también es un trece, así que como para pensar en supersticiones estoy.
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