Hace mucho tiempo que aprendí a disfrutar de los momentos que me deparan placer. No importa las dimensiones de ese placer, lo que importa es que realmente disfrutemos.
Estoy contenta hoy. A las nueve estaba tomando una cerveza inesperadamente y riéndome con varios vecinos guasones. No era mi intención tomar una cerveza, porque tenía prisa por si me cerraban el supermercado, pero también he llegado a hacer la compra.
Y ahora, en casa, pienso en las próximas horas, a sabiendas de que tengo un libro en la mesilla que es largo pero me va a durar poquito, porque me encuentro inmersa en una historia que estoy disfrutando.
Eso me recuerda que, de lo dos libros que encargué en diferentes librerías la semana pasada, sólo he recogido uno. Tendré que ir el miércoles que es el único día que me quedo libre por completo a la hora de comer.
Antes de ir a leer, disfruto de una taza de café. Hace años que tomo siempre una taza de café después de cenar. Me gusta saborear esa taza. Obviamente no es un café muy cargado, pero tampoco me afecta. Cuando no puedo dormir no es precisamente el café el que hace efecto.
Hoy ha sido un lunes de esos que pasan casi sin que me entere, pero con buenas vibraciones.
Es un buen momento para retomar esa lectura que he tenido que obligarme a dejar hace tres horas.

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