A veces me viene a la memoria con suficiente nitidez el recuerdo de una alarma. Podría cerrar los ojos y volver a sentirme como aquella chiquilla de catorce años, con los libros extendidos en el pupitre, estudiando en un aula llena de más alumnos, en un estricto silencio... Y de repente sonaba la alarma. Aquella alarma del cambio de turno de una fábrica de maderas junto al colegio donde estudié durante cuatro años. Algún año me tocó junto a la ventana y desde allí se veía la fábrica.
Hoy en día mi antiguo colegio está rodeado de muchas más fábricas, pero entonces era la única. Y escuchar la alarma desde el colegio significaba que había más gente allí fuera. Porque al fin y al cabo esos fueron los cuatro años de internado, en un colegio mixto, sí, pero donde entrabas el lunes a primera hora de la mañana y no salías hasta el viernes al mediodía.
Me pregunto qué se escuchará ahora, si la fábrica de madera seguirá funcionando.
A veces me acuerdo de estar tumbada bajo la sombra de un árbol, con un libro en las manos, recién descubierta mi afición por los libros. Recuerdo el aroma a verde, a frescor, a naturaleza. Y recuerdo abrir los ojos mirando al cielo azul para sentirme culpable por no estar estudiando física y química. Podría rememorar con mucha nitidez ese momento en que aspiraba y sentía la naturaleza plena a mi alrededor.
A veces me vuelvo a escuchar tarareando el Danubio Azul de Strauss mientras Buda y Pest, cada una a un lado, caían rendidas a nuestros pies. Cantando sin parar, brindando con copas de champán al anochecer. Y recuerdo las risas, la algarabía de voces, el rumor del Danubio.
A veces cierro los ojos y vuelvo a probar esa pasta verde que podría ser menta, pero no lo era. Vuelvo a ahogarme, a toser sin parar, a que se me lloraran los ojos. Vuelvo a mirar a mi alrededor y veo a tímidos japoneses mirándome de reojo. Y entonces comprender que esa pasta verde era el temido wasabi. A mí que tanto me gusta el picante, y no lo volvería a probar. Aunque en cuanto tragué el picor cesó radicalmente.
A veces me encuentro en eternas esperas de una habitación blanca haciendo el cubo de Rubick. Ni aun con chuleta conseguí hacerlo, aunque me faltaban dos pasos para el final. Vuelvo a ver mis manos manejando el cubo... sin éxito. Aunque algún día lo terminaré haciendo.
Cada sentido tiene memoria propia, se guarda sus instantes para traerlos de vez en cuando al presente. Mucha gente me pregunta cómo puedo tener tantas fotos en Instagram, casi todas de cosas inanimadas, una ráfaga precisa, un libro, un café... Sin apenas decir nada, cada una de esas imágenes me transporta a momentos que tienen, de algún modo, algún significado para mí. Son instantes únicos. En realidad no empecé a usar Instagram hasta que estuve de acompañante en el hospital, como allí hay veces que las horas se me hacían muy largas, empecé a usarlo. Hoy en día, cuando veo esas fotos recuerdo que el momento presente siempre es mejor.

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