lunes, febrero 22, 2010

Cuando llegan las dudas

Lo del sábado se ha asentado como un témpano en mi corazón, pero es únicamente eso: un témpano de hielo, destinado a derretirse. Imposible que congele todo lo que está alrededor. Después de dos días, estoy sopesando las posibilidades: sería una tortura tenerle delante, aunque podría soportarlo; pero desconocer todo de él e incluso ignorarle como pretendía el sábado es aún más insoportable. Sé, además, que le veré y seguiré hablándole normal, aunque me cueste tantísimo ocultar lo que llevo acarreando desde hace tres días.
Es impresionante cómo conjuga en su misma persona tantas cualidades dignas de admiración. Casi roza la perfección. Y no exagero, es que jamás he conocido a una persona tan íntegra y que aporte tanto a la vez. Es vida. Su magnetismo es enorme.
He vuelto a sonreír al pensar en que no es mi deseo sacarle de mi vida. No podría, pero es que tampoco quiero.
La tristeza continuará azotándome, porque sigo encontrándome un poco a la deriva. Siento que me tambaleo. En estos momentos me encuentro como si acabara de salir de un mal sueño. Lo de estos días sigue ahí de todas formas. Y yo estoy algo liada, quizás porque no sé qué camino tomar. Lo que tengo claro es que seguiré permitiendo que él, su imagen, cualquier recuerdo, cualquier objeto me traiga una sonrisa de vez en cuando. Es que... ¿cómo voy a sacarle de mi vida si él no ha hecho nada? Er ist ein Engel.

Alargando el regreso a casa

Creo que ya he alargado suficiente el regreso a casa. Podría dar mucho más de mí, porque si me meto de lleno con algo es imposible que me desconcentre. Pero no quiero que los móviles empiecen a sonar, ni que me digan que ya va siendo hora, ni tener que correr hacia el coche porque me dan pánico las solitarias calles.
Debería proponerme regresar a casa más temprano, pero al final se me echan las horas encima. Y cuando quiero darme cuenta me tengo que enfrentar a los fantasmas de la noche. Porque la noche invita a la reflexión, a pensar. De noche se ve todo más negro (y no hablo literalmente). Sólo cuando viene Morfeo las cosas cambian.
Anoche soñé con él. Y con pensar en ello vuelve el dolor.
Las noches son peores, porque durante el día siempre estoy ocupada, pero al oscurecer... todo se ve diferente. Pese a ello, mañana volverá a salir el sol.
No me imagino que llegue un día en que haya dejado de quererle. Yo creo que eso no ocurrirá nunca.

Otra vez a las diez

Me van a dar las diez aquí, aunque no sería la primera vez ni creo que sea la última. Pensaba que me iba a bloquear con la contabilidad, pero no ha sido el caso.
De vez en cuando levantaba el bolígrafo y me quedaba mirando un punto infinito del horizonte, aunque ese horizonte es una pared blanca. Y me he preguntado si seguirá aún, si saldré y me encontraré con su coche. Por una parte me gustaría verlo, aunque por otra... realmente no quiero cruzármelo, no de esta manera. De verlo me gustaría que se encontrara con la persona alegre y divertida que conoció. Aunque pensar en él a veces me hace esbozar una sonrisa, podría traer al presente cualquier recuerdo suyo y sonreiría, aunque luego se nuble todo. Ni siquiera puedo escuchar a Sabina sin que sus letras me lo traigan a la memoria. Creo que no quiero ir a casa, que pasar por aquel lugar inhóspito del sábado por la noche me estremece de una manera singular.

Reconfortante

Estoy pensando que me encantaría llorar en su hombro. Aunque no sé, no suelo llorar delante de la gente, sea quien sea. Tiene que ser algo muy malo para que dé rienda suelta a todo el dolor. Lo es, pero me lo guardo para mí.
Pero con él y en estas circunstancias, describiéndole todo esto, quizás sí que me terminaría derrumbando. Creo que sería reconfortante.

Sexo con X

Mi hermano es uno de los personajes más desprendidos a la hora de hablar de ciertos asuntos de los que el común de los mortales es reacio a hablar. A mí me intimida hablar de sexo, con él o con cualquiera. Y es que las intimidades no son para pregonarlas por ahí. A mi hermano, en cambio, le encanta hablar de sexo (y preguntar).
El viernes, después de sonsacarme a quién iba a ir a ver esa tarde, empezó a esbozar una lista interminable de preguntas: ¿es un asunto de trabajo? ¿es por un viaje? ¿adónde? ¿y qué pasa con Japón? ¿os habéis liado? ¿os habéis acostado? ¿cómo te vas a ir a Argentina con alguien que no sabes cómo es en la cama?
Grandioso. Respuestas que me guardo para mí; alguna contesté, pero al final opté por el mutismo. Que por mucho que sea mi hermano no tengo la obligación de contestarle, por mucha confianza que tenga con él.

Ejercicios prácticos de Contabilidad

A mí los únicos ejercicios matemáticos que me gustaban eran los de las cartillas Rubio, es decir, aquellas libretas amarillas de cuando estábamos en la escuela (hace siglos). Creo que ya desaparecieron.
Me tengo que poner con la Contabilidad ahora, pero me siento agotada mucho antes de empezar. Y tengo que presentar el test antes del miércoles. Me bajaré a tomar un café antes de comenzar con ello. Es que antes de irme hoy tengo que sabérmelo y debo haber enviado el test.

¿Por qué te fuiste tan pronto el sábado?

La eterna pregunta de hoy (y de ayer) es por qué me marché tan repentinamente y tan pronto el sábado por la noche. En esas situaciones buscas cualquier excusa con tal de desviar el tema. A mis amigos les extraña porque suelo quedarme la última y me termino perdiendo con otra gente muchos fines de semana.
Sin embargo, he sido incapaz de profundizar con nadie en ese tema. Por una parte, no me apetece hablar de ese asunto con nadie; por otra parte, posiblemente me echaría a llorar si lo hiciera, me duele pensar en ello. Ni siquiera a mi mejor amiga se lo he contado.
Los que estaban conmigo el sábado por la noche me notaron distante, pensativa. Realmente es sorprendente que dijera que me marchaba de esa forma tan fría, sin dar opción al "venga, quédate un poco más" o "vamos a echar la última". Y es que eso a veces funciona, aunque el sábado no hubiera funcionado. Me fui porque no podía estar allí, aunque realmente no quería estar en ningún otro sitio. Quizás también temía la posibilidad de encontrarme con él.
No sé. De repente sentí que no tenía ganas de fiesta. A mitad de camino paré el coche, porque no veía la carretera. Estuve veinte minutos llorando bajo las estrellas, hasta que me di cuenta de que podía haber salteadores de caminos, aunque mi coche es seguro, porque se cierra automáticamente a los pocos minutos de haber arrancado. Curiosamente no sentía miedo. Lo que me estaba desgarrando por dentro era mucho más potente que cualquier otro sentimiento.
¿Por qué me fui? Porque quería desahogarme y para ello necesitaba estar sola. Por eso me fui.

Hablando con franqueza

Lo que debería hacer es hablar con él, cara a cara, explicarle todo, pero no me siento con fuerzas para acercarme a él y decirle lo que está pasando. En el fondo de mí, quizás es que no quiero que me vea triste. Al fin y al cabo, ¿por qué debería fiarme de una conversación de otra persona de un sábado por la noche? No había nada extraño en ese intercambio de palabras, pues lo relevante no fue lo que se dijo, sino lo que no se dijo en la misma, lo que quedó entre líneas y capté perfectamente bien. Tan bien que sentí que el mundo empezaba a hundirse a mis pies, tan bien que necesitaba huir, huir de los bares, de la noche, de la gente..., quizás de él, aunque no estuviera.
Pero sé que no iré donde está él. Quizás porque intuyo que una conversación franca con él no serviría de nada, porque él posiblemente se mantenga en ese silencio, el mismo silencio que ahora me está matando.
Es curioso porque, con todo, me están preparando un presupuesto para Argentina. No he sido capaz de paralizarlo, quizás porque hasta yo misma me siento algo indecisa. Porque no estoy tan segura de la supuesta drástica decisión que tomé este fin de semana. Al fin y al cabo, él sigue teniendo la última palabra. Y yo no estoy segura de no querer hacer ese viaje: después de haber visto lo que tiene me atrae bastante aquel país.
Debería sentir ira o rabia, más bien al contrario, su imagen se superpone sobre toda la tristeza y veo su sonrisa angelical. Y hace dos minutos pensar así en él me ha hecho sonreír efímeramente. ¿Qué poder es ése que tiene sobre mí?

Buscando algo positivo

La semana pasada decía que en todo lo negativo siempre hay algo positivo. Aún estoy buscando algo positivo en las circunstancias actuales. Quizás lo haya: cuando estoy triste escribo como tres o cuatro veces más que habitualmente. Quizás la escritura es una manera de desahogo inconsciente, porque me sumerjo en otros mundos que distan mucho de la realidad. Si mi vida sentimental actual fuera susceptible de escribirse ya hubiera cambiado el final. Un final... es una palabra terrible cuando se habla en términos reales, cuando se refiere a algo que nos afecta profundamente en nuestra vida. Pero no se le puede llamar de otra forma. La única manera de que no fuera un final es que hubiera algún cambio, cambio que no ha de llegar por mis manos, ni creo que llegue por su parte.
Pero escribir... también se convierte en una tarea ardua, porque en todo lo que plasmen mis dedos mi alma dejará reminiscencias de todo lo que está pasando y en muchos párrafos será fácil encontrarle a él, aunque no diga nada de él.

El sol de media mañana

Mi padre me ha llamado para tomar un café; por teléfono me ha dicho que si me ocurría algo porque parecía triste, le he dicho que no, pero al responderle escuchaba una voz apagada, carrasposa, casi inaudible. En el espejo del ascensor he mirado a esa persona que me observaba con unos ojos sin vida, se percibía que había llorado no hace mucho y desviaba la vista hacia el suelo para no tener que enfrentarse a la tristeza.
Después he tenido que marchar a la calle M., por algo urgente, y, al cruzar, me he encontrado, enfrente, su coche. Se me ha rasgado el alma, caminaba mirando al suelo porque no quería mirar a la gente que pasaba por la calle. Entonces he recordado que he olvidado las gafas de sol en casa, y que sin ellas no puedo disimular, tapar parcialmente mi rostro.
Estoy controlándome para no llorar, para que la tristeza no pese tanto, y la única manera por la que no pensaré en nada es concentrarme en el trabajo.

Olvidarse de soñar

Cuesta mucho despertar cuando ante tus ojos no se ve color.
He soñado con sus sonrisas, con sus besos, con sus caricias... Pero los sueños se los lleva el viento. En la cruel realidad actual he decidido no volver a soñar, hasta que llegue un día en que se me haya olvidado hacerlo.
Desayunaba cuando me he dado cuenta de que ni siquiera he variado la calle a la hora de aparcar. Ni siquiera me he dado cuenta hasta que ya era tarde. Será la costumbre.

Gritos silenciosos

Cada vez que enciendo cualquiera de los dos portátiles que uso a diario, el primer recuerdo vuela a él: la contraseña son sus iniciales (la misma contraseña en los dos, y siempre que la cambio lo hago en los dos). Quizás mañana la cambie.
Este domingo ha sido el cumpleaños de una amiga. Al buscar su nombre para llamarla ha aparecido él también, porque la inicial del nombre de mi amiga es la misma que la de él.
Hay algo que me impide que me desquite, recordándomelo una y otra vez. Parece que los planetas nunca están en armonía cuando tienen que estar: el viernes no lo estaban, pero hoy me susurran su nombre al oído, y yo no puedo taparme los oídos.
También mi corazón se queja, quiere gritar porque no desea sufrir más. Si fuera tan fácil...

Debería intentar dormir.

La hora de ir a dormir

No quiero irme a dormir, pero si no lo hago mañana estaré hecha un guiñapo. La razón es que hasta que venga el sueño daré vueltas y vueltas, sentiré las punzadas del interior, posiblemente me vuelva a desmoronar.
No me gustaría quedarme en vela. Aunque duerma poco y mal, prefiero dormir y levantarme sin recordar lo que he soñado.

domingo, febrero 21, 2010

Cambiar el tiempo

Si pudiera mover el tiempo, volvería a un año atrás, cuando aún no le conocía. Me hubiera perdido magníficos momentos, pero tampoco hubieran existido estos días tan dolorosos. Los días hubieran transcurrido quizás vacíos de vida.
Pero yo no tengo el poder para volver atrás y, si lo tuviera, creo que no lo haría, porque conocerle fue una especie de regalo. No me hago a la idea de desasirme de todo lo que está relacionado con él.
Creo que, a pesar de la sal en las heridas, no cambiaría este último año ni le cambiaría a él. Quizás me haya roto el corazón.

No hay estrellas en el cielo

Esta noche se han esfumado las estrellas del cielo, me pregunto dónde se habrán escondido... Aquellas estrellas con las que anoche compartí tantos secretos, tanta tristeza... hoy no están para contarles cómo me siento... Aquellas estrellas que una noche también me llevaron a él y que hoy también me lo recuerdan.
No hay estrellas en el cielo. Quizás se hayan apagado.

Pánico al mañana

Me pregunto cómo será despertar mañana, de qué color será el cielo, qué canciones escucharé, con qué personas hablaré y dónde estará mi mente en cada instante. Me pregunto cómo ocultaré este dolor, cómo conseguiré continuar como si todo siguiera su curso, como si nada hubiera ocurrido. Pero es que sí que ha ocurrido algo.
No es algo comparable a lo que pasó en noviembre. Había tristeza, una tristeza que duró unos pocos días hasta que opté por asegurarme primero, pero al menos sabía a qué atenerme. Es que ahora no sé nada y ese silencio me mata.
Es difícil enfrentarse a una situación así. No se puede sacar a una persona de tu vida de un día para otro y mucho menos si sientes algo que a duras penas consigues controlar. Aunque tenerle cerca, mirar sus ojos, escuchar su voz sería una tortura por la que no quiero pasar.
Tengo pánico a lo que pasará a partir de ahora, a cruzarme con él por la calle, a verle en los bares... Y aún así, sé de antemano que no podré desviar los ojos de él, que en mi mundo, aunque estemos rodeados de gente, seguiré teniendo ojos para él porque sólo le veré a él.
Esta noche he sentido un frío glacial. Por mucho que me tapé no conseguí aliviarlo porque ese frío venía de dentro, como si se estuviera formando un témpano de hielo en mi corazón. Se que, cuando nos veamos, mi corazón seguirá latiendo muy fuerte cuando él esté delante, porque hay sentimientos que no mueren de la noche a la mañana, porque es imposible no quererle.
Hoy no me quedan lágrimas que derramar...

Haciendo puzzles

Hace unos años adoraba hacer puzzles. Ahora también, pero se requiere mucho tiempo para dedicarlo a la dichosa tarea de hacer un puzzle. Además cuanto más difíciles más me gustaban. Mi madre los terminó enmarcando y colgando en la pared de las escaleras.
Luego dejé de hacer puzzles, aunque tengo alguna caja sin abrir porque sé que si lo comienzo me llevará días y necesitaría un tablero y mucho espacio para colocarlo. Es cierto que cuando lo coja será con ganas, desconectaré de todo, perderé la noción de tiempo y sonreiré cada vez que una minúscula pieza encaje con el total.
Hace poco encontré por internet un juego de puzzles. Está bien, porque lo puedes dejar a medias sin temor a perder alguna pieza. Lo que me gustaría es que ese mismo juego permitiera escoger imágenes de fuera para poder hacer lo que yo quisiera, aunque es cierto que las opciones están todas modificadas para añadir dificultad.

Estoy pensando que mi vida sentimental en la actualidad es parecida a un gigantesco puzzle donde tengo que encajar todas las piezas. Pero siento cierto rechazo a comenzar a hacer ese puzzle, es como si en cierto modo no supiera muy bien por dónde empezar.
Ese puzzle será diferente mañana, porque a medida que vas colocando piezas ya nada es igual. Y no puedes volver a una situación anterior, ni siquiera a una igual. Puedes hacer el puzzle miles de veces, pero cada una de esas veces será diferente de la anterior.

¿Dónde está la luz?

Al despertar he sentido que miles de cristales se hacían trizas en mi interior. He intentado volver a cerrar los ojos para seguir durmiendo, pero no he sido capaz. He vuelto a desmoronarme, sin saber muy bien por qué.

(Pausa para comer).

Me resulta muy onerosa esta situación. Pensándolo fríamente creo que tengo un lío en la cabeza tremendo. Tengo que pensarlo. ¿Cómo voy a ignorarle sin más, si él no me ha hecho nada...?

Sal en las heridas

Siento que esto ya lo he vivido.
Me he agobiado tanto en los bares que no he llegado al tercero. ¿Quién sabe cuándo me recuperaré de ésta? He cogido el coche, las lágrimas han aflorado al exterior y ha llegado un momento en que he tenido que parar en medio de la inmensidad de la noche, bajo la observación expectante de las estrellas.
Quizás me han abierto los ojos, quizás ya los había abierto hace mucho tiempo: no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Hoy he tomado una decisión bastante tajante, la conversación con G. ha servido de ayuda, para admitir lo que no quería ver. Me he tenido que marchar, sentía que se me rasgaban los ojos. De repente he notado el calor ferviente de la sangre de una herida palpitante, dolorosa, cruel.
¿Cuánto tiempo se puede esperar algo que nunca va a llegar? ¿Qué va a pasar ahora? ¿Cómo voy a desviar la vista de él con el desgarro que sentiré en mi interior? ¿Cómo le voy a ignorar ahora? No sólo me duele su silencio, sino también el vacío que empiezo a sentir. Me conozco demasiado para saber que no tengo término medio, que de un extremo voy a pasar a otro. Si no hablo con él jamás podrá leer en mis ojos la tristeza, jamás podrá preguntarme por qué no le digo nada aunque posiblemente dé con la respuesta. No soy tan fuerte para saludarle como si no pasara nada. Mi corazón me traicionaría, mi voz también, y mis ojos. Es mejor así, es preferible que tire la toalla ahora, antes de que sea demasiado tarde. Duele, claro que duele. No saber a qué atenerse porque no sabes lo que piensa es algo muy cruel. Desde julio (indirectamente) y desde diciembre (directamente)... es tiempo suficiente para decidirse. Podría decir muchas cosas, todo lo que siento en estos momentos, podría describir la magnitud del dolor, incluso podría pronosticar que haré lo posible por no cruzarme con él: si he de sacrificar fines de semana lo haré, si he de aparcar en otras calles lo haré, si he de mirar a otro lado lo haré. No puedo más.
Seguiré queriéndole en silencio, mi subconsciente me traicionará cada noche porque le buscará en los sueños, pero no le quiero cerca. Su cercanía, la que tanto me hacía sonreír hace tan sólo unas horas, ahora me duele más que nunca.
Al final esto lo tengo que vivir yo. Así sea el tiempo que dure el dolor así será la magnitud del amor que sentía (siento aún) por él. Hay cosas que están predestinadas a morir mucho antes siquiera de empezar.
Me duele también que ni siquiera me ha dado la oportunidad de conocerle, me duele que no se haya dejado querer... En esta aciaga noche me duelen muchas cosas, necesitaba desahogarme pero, al final, mi dolor me lo tengo que comer yo, cueste poco o mucho. Tengo una sangrante herida que escocerá en cada cosa que me recuerde a él, en cada momento en que le sienta cercano, en cada persona, en cada objeto. Cada vez la sal removerá esa llaga. Es un dolor inmisericorde, imposible de describir.
¡Cuántas ilusiones rotas! ¡Cuánto tiempo desperdiciado! No quiero ni pensar en los días que vendrán.

sábado, febrero 20, 2010

Antes de partir

Antes quedábamos siempre a las 22.30h. A medida que van pasando los años, cada vez salimos más tarde. Espero estar a las once en el bar tomando café, aunque la hora es indiferente. Al final, lo verdaderamente importante es saber dónde están todos en cierto momento.
Antes entraba a la ducha a las nueve para salir puntual a esta hora. Hoy aún sigo vestida con la ropa del día y, en cierto modo, me da algo de pereza ducharme, vestirme, pasarme las planchas por el pelo, maquillarme... Sólo que me obligo a hacerlo: nunca se sabe a quién te puedes encontrar por la calle.
Obligarse a hacer cosas... Esto tiene mucho para hablar. Es un tema único. Yo pocas veces me tengo que obligar a hacer las cosas, no suelo decirlo en voz alta, lo hago y punto. Pero no comprendo a la gente que dice que va a hacer algo y sigue sentada en el sitio, incrementando una dejadez y una desidia incomprensibles.
Cuando estaba en el Colegio Mayor, tenía una amiga que cayó en una crisis psicótica un tanto extraña: durante meses había estado contando mentiras bastante gordas y crueles a todas las personas que tenía a su alrededor. Un día, fui a verla a su habitación y estaba como dopada en la cama a las siete de la tarde. Le pregunté qué le pasaba, pero no supo contestarme o quizás no supo quién era. En ese momento no reconocí el avanzado estado depresivo en que se encontraba. Unos días después estaba recuperándose en casa. Recuerdo que la llamamos y nos pedía perdón. Yo aún desconocía el germen del problema: la cantidad de mentiras que nos había contado. Cuando lo descubrí no la juzgué, como hicieron otras personas que, decepcionadas, se apartaron de ella. Volvió e iba de victimista. Yo intenté animarla, hasta que me enfadé. Me enfadé porque la apreciaba, a pesar de su -si puede denominarse así- enfermedad. Recuerdo que me la encontré con otra chica tumbada en la cama, haciéndose la enferma. Reconocí que era un estado mental, descubrí en esos segundos que curarse estaba en sus manos y no en las que la rodeábamos, por mucho que intentáramos impulsarla a hacer cosas de manera positiva. Sólo le dije una frase: "Mari, si no pones nada de tu parte por curarte, jamás conseguirás recuperarte; nosotras no podemos hacer nada para ayudarte si tú no te ayudas a ti misma". Sin darle tiempo a responder, me fui. Pocos días después se encontraba mejor y me lo agradeció: se estaba obligando a recuperarse, porque nunca había dejado de ser un estado mental y no físico. Y se recuperó. En esa crisis perdió amigas, pero nunca perdió las que continuamos a su lado, en lo bueno y en lo malo.
Mari estudió Filología Inglesa y ahora es profesora de inglés de un colegio de la capital de su tierra. Nunca ha vuelto a emparanoiarse; no sé si cuenta mentiras o no, pero aquel peliagudo asunto quedó atrás.
Cuando digo que tengo que obligarme a prepararme esta noche no lo comento como una obligación en sí misma. Lo haré sin más, quizás mecánicamente, aunque con la mente volando en todas las direcciones. Y sí, es hora de ponerme a ello.
Pero antes... cerraré los ojos y repetiré un deseo vehemente, a ver si hoy tengo mejor fortuna que ayer.

Más gente que en la guerra

La verdad es que prefiero lavar el coche entre semana y a mediodía. Las últimas veces lo he hecho así y no tengo problemas por que los sitios estén ocupados. La única vez que lo lavé por la noche fue aquella vez, porque mis padres se iban de viaje al día siguiente temprano. Aquella vez que fue más para hacer tiempo... Me estremezco al recordar aquella tarde: ¿fue septiembre, octubre...? La primera vez que soñé que dormía con él ante la situación de encontrarme sola en casa.
Hace unos años lavaba el coche en sábado por la tarde y ya sabía que era un caos. Así que hoy sólo he podido lavarlo por fuera y he desechado pasar el aspirador por dentro (porque estaba ocupado y había gente esperando), aunque las alfombrillas las he sacudido contra los árboles que tengo a la entrada de casa. Es la última vez que voy a lavar el coche en fin de semana.

Hora de lavar el coche

Me da algo de pereza ir a lavar el coche, pero es que anoche me daba hasta vergüenza tenerlo con una capa bastante gruesa de polvo y salitre. Al ser oscuro se ve mejor. Lo mejor es que en dos días volverá a estar igual, sobre todo porque han pronosticado nieve a partir de mañana. Se comenta por ahí que falta una última nevada, a ver si pasa y empieza una época con días soleados como el de hoy. Días que invitan a la alegría y a pasear, aunque si esos paseos fueran con cierta persona sería algo más reconfortante.
A ver si para las cinco he regresado con el coche limpio. De hecho, estoy esperando a que mi hermano pequeño mueva el Marea, que lo ha puesto en medio y no puedo sacar el otro.

Desde el corazón

"No todo el mundo lo sabe, pero el corazón humano desprende una corriente eléctrica que alcanza una distancia de tres metros. Las personas se preguntan por qué alguien cae instantáneamente bien o mal. Creen que es una cuestión de asociaciones.
Las atracciones y aversiones instantáneas también son el resultado de una armonía (o falta de armonía) entre las corrientes cardíacas. Dos personas se enamoran cuando sus corazones laten al unísono".

He encontrado estos párrafos en un libro y tenía que plasmarlos aquí.

Otras formas de despertar

También puede ser que llegue cierto 'pequeñajo' a lamerte la cara para que abras los ojos. Lo hace casi todos los fines de semana y, aunque me tape hasta arriba, consigue despertarme lo suficiente para que ya no siga durmiendo.
Me trae sus juguetes para que se los tire, sólo quiere jugar y, si me niego, busca mi mano y empieza a mordisquearla, siempre sin hacer daño.

La pasividad del sábado

Parece que el tiempo se ralentiza en esos sábados en que no tienes ninguna reunión ni otras actividades urgentes ni pendientes. Así que no existen alarmas que te despierten a primera hora y puedes permitirte el lujo de despertarte cuando el cuerpo te lo pida, sin atenerte a horarios. Esos sábados tengo costumbre de dar la luz de la mesilla y taparme hasta el cuello con un libro en las manos y levantarme cuando me parece que es una hora considerable para hacerlo.
Adoro ese momento: una hora leyendo en la cama, sin preocupaciones, sin trabajo, sin noción del tiempo.
A veces, me tomo pequeñas pausas con los dedos entre las páginas del libro para mirar un punto incierto en la pared y pensar en ciertos asuntos.
No hay estrés ni agobios, ni frenética actividad. En contraste con la semana, los sábados por la mañana los dedico al "no hacer nada". Aunque son instantes muy breves: cuando quieres darte cuenta es casi la hora de comer.
Si viviera sola creo que los sábados los pasaría en pijama. Pero como no es el caso, por respeto al resto de mi familia, siempre me termino vistiendo como si fuera a salir a la calle. Y ahora voy a por el pan, que después de ver el sol que hay fuera apetece que me dé el aire. Anima este día soleado.

Tanto tiempo sin escuchar aquellas viejas canciones...

La última canción del Snoopy aún resuena en mi cabeza: Resistiré, resistiré hasta el fin... ¡Qué época aquella de Barón Rojo y similares...!
En principio no iba a salir, pero una cosa es pensarlo en casa y otra es decidirlo en el bar, como así ha sido. Aprovechando que es el cumpleaños de D. nos hemos animado unos cuantos a dar una vuelta. Como cualquier otro viernes invernal los bares estaban vacíos.
Y todos hablando del monotema: una especie de casino donde quieren rebajar en cinco años la edad de entrada al mismo. Es el bar al que solemos ir últimamente. En mi caso, resulta indiferente porque ya soy socia, aunque me han informado de la fecha de la Junta para votar en contra de esa medida que me parece injusta, sobre todo porque afecta a algunos de mis amigos y a mi hermano pequeño. Pero votaré.
Me hubiera gustado ver a cierta persona. Suele salir los viernes. Esta noche o no estaba o ha ido por otros bares.
El caso es que yo no iba a salir y son casi las cuatro. D. y M. han venido conmigo. D. se ha reído cuando ha visto el coche que llevaba. Quedaremos mañana a tomar café, que habrá que tirarle de las orejas. Y seguro que sale en el periódico también. Para mañana me han propuesto ir de mercadillos (a dos) y comer en Ezcaray. El caso es que no me gustan los mercadillos. La comida es otra historia, pero después de comer durante toda la semana fuera, el fin de semana prefiero comer en casa. Aunque, pensándolo bien, no diré nada, porque quizás a última hora suba a Ezcaray.
Es hora de dormir, reflexionar si cabe, soñar con él. Los últimos sueños que recuerdo eran bastante jugosos.

viernes, febrero 19, 2010

Luna en cuarto creciente

Desde la ventana se ve la luna en cuarto creciente, delgada, con las puntas hacia arriba. Tranquiliza esa luna, te hace pensar en cada hora de la jornada que está llegando a su fin.
Lo poco que me ha costado levantarme esta mañana. Aunque habitualmente me levanto al segundo toque del despertador, hoy con el primer aviso me he levantado. Todo era silencio. Nadie aún se había despertado. A pesar de que había dormido unas cuatro horas...
Lo primero que he sentido han sido nervios, después he sonreído, e inmediatamente he elegido la ropa a conciencia. Falda, a pesar de que no me gusta ponerme faldas en invierno; botas elegantes, a pesar de lo que te destrozan los pies los finísimos tacones después de varias horas; me he maquillado (que no suelo hacerlo a diario); he buscado pendientes que estuvieran en consonancia con la ropa (y eso que suelo ponerme habitualmente los primeros que encuentro)... En fin, toda una puesta en escena proporcionada por un único motivo: ir a verle.
Ahora, cuando lo pienso, no es que sienta que la ilusión de esta mañana ha desaparecido por una alcantarilla, pero sí que es cierto que no hacía falta que me hubiera esmerado tanto y, además, podía haberme quedado en la cama durante un cuarto de hora más. ¿Pero cómo iba a adivinar que no iba a estar su coche y si no lo veo obviamente no me iba a acercar a verle?
Pienso en dos momentos en que bajaba por las escaleras de la oficina radicalmente opuestos: el primero, al mediodía, cuando iba a por algo para yantar, que he dado un paseo a ver si por azar me lo encontraba; el segundo, cuando me han llamado para tomar café, justo antes de marchar. La primera vez me retemblaba al bajar las escaleras, la segunda iba más tranquila.
Después me he marchado a casa. Intento no pensar en ello, en que me he levantado antes de la cama por él y me he maqueado más de lo habitual por él. Ver para creer. Algún día quizás comente algo de la conversación que he mantenido con mi hermano hace un rato.
De todas formas, lo de hoy me ha dejado un poco 'tocada', tanto que ni siquiera tengo ganas de salir de fiesta. Por supuesto, me he puesto pantalones y el café en el bar no me lo quita nadie, quizás una partida de cartas. Sólo que no tengo ganas de risas, empiezo a notar algo de cansancio y quiero volver pronto a casa.
Él... sigue estando ahí. Lo de hoy no tiene que ver con él más que de un modo indirecto. El hecho de emocionarme tanto es cosa mía. No puedo decir que no lo volveré a hacer, porque seguramente que vuelvo a pensar otro día en pasarme a hacerle una visita y repetiría los mismos pasos de hoy, tembleques incluidos. Debo de quererle mucho...
Llevo quince días sin verle. Es demasiado tiempo si esa persona te ha tocado el corazón.

Sangre derramada


Resultado de imagen de sangre derramada
Después de Aurora Boreal, en cuanto descubrí que la misma autora había escrito otro libro en donde vuelve a aparecer un personaje central y admirable, Rebecka Martinsson, y un lugar de ensueño, Kiruna, no tardé mucho en comenzarlo.
No soy asidua a leer novela negra, pero el estilo de Asa Larsson me engancha de una forma inexplicable.

Tras los acontecimientos transcurridos en Kiruna hace unos años (transcurridos en Aurora Boreal), Rebecka Martinsson, tras una lenta recuperación, vuelve al trabajo en su bufete de abogados. Pero la tensión y la inestabilidad emocional por haberse cargado a tres hombres, la llevan a cometer un error fatal, por lo que Mans Wenngren, su jefe, le aconseja que se tome unas vacaciones, aunque a veces ayuda a otros abogados. Así es como se marcha de nuevo a Kiruna con un socio del bufete para hacer una oferta jurídica a varias parroquias del país. Cuando su socio se va, ella se queda en una cabaña de alquiler junto a un restaurante de carretera. Micke, el dueño del restaurante, y su amante Mimmi la aprecian e incluso la ofrecen trabajo de friegaplatos. Por una vez desde hace mucho tiempo, esa Rebecka anónima se siente a gusto porque nadie vendrá a preguntarle qué se siente al asesinar a tres hombres a sangre fría.
Pero mucho antes del verano había aparecido allí una pastora asesinada, Mildred Nilsson, colgada de los tubos del órgano de su parroquia. Esta acérrima feminista tenía mucha gente que la apreciaba, pero se había hecho con un círculo enorme de enemigos: casi todos los hombres y los socios del club de caza. Con los cazadores se llevaba mal desde que encontró a una loba de patas doradas y decide protegerla. Ahora son las mujeres de su asociación las que tienen que seguir ocupándose de la loba.
Rebecka se encariña con un muchacho que tiene una deficiencia psíquica, hijo de un policía retirado, Lars-Gunnar. La madre del niño le abandonó hace muchos años y desde entonces ha tenido que ocuparse del muchacho retrasado, lo que a veces considera una enorme carga, pero al que quiere muchísimo y protege hasta la saciedad. Nalle, el muchacho, también coge cariño a Rebecka, que se ocupa de él en las ocasiones en que Lars-Gunnar no puede hacerlo. Pero el ex policía, al que le suena el nombre de la joven, descubre su verdadera identidad y le espeta que ha utilizado a su hijo para cotillear en los asuntos del pueblo; la insta a marcharse. Rebecka decide ir a la casa vacía de su abuela.
De repente, otro de los pastores, Stefan Wikström, enemigo público de Mildred, desaparece sin dejar rastro. Varios días después, una pareja que estaba en la montaña denuncia a la policía unos disparos cerca de un lago. Y allí encuentran el cadáver encadenado del pastor. Con los restos de cartuchos sacan una lista de posibles sospechosos; un nombre destaca por encima del resto: Lars-Gunnar, jefe del grupo de cazadores.
Es entonces cuando Rebecka se da cuenta de que ya puede reanudar sus labores cotidianas y decide volver a Estocolmo. En el camino se encuentra con Nalle, que la lleva hasta su casa para enseñarle un ratón que tiene en el sótano. Pero al marcharse aparece Lars-Gunnar y Rebecka lee en los ojos de él la culpabilidad. Lars-Gunnar la tira a un agujero y cierra la rejilla. Después, como no quiere que a Nalle se lo lleve la policía, termina pegándole dos tiros en el jardín. Y después se pega un tiro en la boca. Rebecka escucha los disparos desde el agujero en el que se encuentra y no puede hacer nada. Poco después llega la policía.
Lars-Gunnar había asesinado a Mildred porque sentía que quería quitarle todo lo que tenía: primero a su hijo, luego las tierras dedicadas a la caza. Intentaba menospreciarle en todo, desdeñaba que no fuera un hombre de iglesia. Tras el asesinato de la pastora, comprende que alguien le ha visto desde una ventana: el pastor Stefan Wikström, al que ejecuta poco después.

La tranquilidad de estar en casa (sin nervios ya)

Lo último que tenía que haber hecho es traerme ese sobre y la guía a casa, pero tampoco iba a dejarlo en el coche. El caso es que parece ser que cuando me decido a ir a verle da la casualidad de que él está fuera. Quizás estuviera, porque he mirado muy por encima a ver si tenía el coche y he comprobado que no. Lo que no voy a hacer es recorrer las calles aledañas a ver si por casualidad ha llegado. También me he dado una vuelta (desde diciembre no me había pasado por ahí) por otro lugar, una plaza que esta tarde se veía magnífica iluminada por el sol; desde la rotonda he visto un coche del mismo color y se me ha encendido la lucecita (aunque me resultaba extraño por la hora). Pero tampoco estaba su coche ahí. Quizás podría habérselo metido todo por la puerta, pero prefiero dárselo en mano. Aquélla es una zona muy tranquila, al menos tal y como la he visto esta tarde. Creo que cuando empiece a ojear pisos también miraré casas por ahí, aunque no estoy segura de que fuera buena idea ser vecinos. O sí. Eso nunca se sabe.
He venido algo ofuscada, con eso de que tengo la sensación de que hoy era un día que no podía ser. Mala fortuna quizás. Pero ya no tengo ningún nudo en el estómago y los nervios los he dejado allí.
Me hubiera gustado verle de todas formas.
Ahora bien, mi hermano me ha puesto más nerviosa, porque me ha preguntado por qué iba maquillada. Creo que me he ruborizado y él se ha echado a reír. Cuando llegue a casa tendrá una retahíla de preguntas que hacer.

Dando una vuelta al mediodía

He ido a comprar algo para comer al mediodía y me he dado una vuelta. ¿Y si se ha puesto enfermo y no ha ido a trabajar? Además salían dos de sus compañeros y me he quedado observando fijamente a ver si salía a la calle alguien más. Pero no. El caso es que cuando me he concienciado para ir y ya me lo he propuesto es cuando él no va a estar. Con todas las veces que veo su coche y puedo pasarme y nunca lo hago...
Si a las cuatro de la tarde, cuando me marche, sigue sin aparecer, pues tendré que marcharme a casa y no sé cuándo volverá este ímpetu por ir a verle. La cosa se enfriará el fin de semana y desecharé la idea. Hasta la próxima vez.

Un manojo de nervios

Hoy he buscado a conciencia su coche en el momento en que he tenido que salir a la calle, pero no estaba. Esto es como la Ley de Murphy. Igual que la tostada que cae siempre lo hace por la parte untada de mantequilla, aquí cuando me propongo hacer algo suelen darse las circunstancias idóneas para no hacerlo. Con las ganas que tengo de verle hoy, aparte de que ya me he hecho a la idea, a pesar del nudo de nervios que se desprenden desde el estómago.
A medida que pasan las horas, el tembleque es cada vez mayor. Sólo cuando me concentro suelo olvidarme momentáneamente de esta ardua espera. Creo que si hubiera visto su coche ya hubiera ido a verle.
Pero, ¿cómo es posible que me ponga tan nerviosa? Será que me gusta de verdad, que me importa mucho. De lo contrario, no estaría con ese nudo en el estómago ante la perspectiva de ir a verle.

Comenzar el día con buen pie

No me ha costado nada levantarme de la cama, pese a que he dormido menos horas de lo habitual. Siento como si un martillo estuviera golpeando mi estómago sin cesar. Luego me he vestido a conciencia. Intento mantener la compostura. Si los nervios se incrementan a lo largo de la mañana sé que al final rechazaré la idea de ir. Es mejor no pensarlo, como ocurrió anoche, que fui allí sin pararme a pensar.
Es un gran contraste ese de que, a pesar de toda la tranquilidad que me aporta, ante la perspectiva de ir a verle noto que los nervios afloran al exterior incontenibles.
Pero hay una fuerza que supera todo lo anterior: la necesidad de verle, de escucharle, de preguntarle. Iré para que no se me olviden los rasgos de su rostro.

Antes de dormir

No sé si esta noche dormiré mucho. La verdad es que me cuesta conciliar el sueño. Sé que si mañana me paso a verle, que es bastante probable, le voy a hacer una pregunta cerrada: la respuesta sólo puede ser sí o no. La razón es que necesito saber esa respuesta con seguridad. Ante esa perspectiva no creo que duerma mucho esta noche, porque aunque traiga su imagen tranquilizadora esa misma imagen me lleva de nuevo a esa pregunta. Es como el pez que se muerde la cola.
Por supuesto, estoy sopesando todas las posibilidades. La tristeza infinita, la pérdida de ilusiones, tirar la toalla que serían consecuencia de una respuesta, como la felicidad auténtica, la calma que me aporta, marcarme nuevas ilusiones que cumplir que conllevaría la otra respuesta. Aún no sé si seré capaz de hacerle esa pregunta.
Dormiré poco y mal, pero aprovecharé para abrazar la almohada y sonreír. No puedo permitir que me quite el sueño algo que desconozco.

Se me ha hecho tarde, pero calculo que todavía seguiré dando vueltas en la cama una hora más.

Ese corazón que lucha por hacerse oír

Aún siento que mi corazón anda desbocado desde las diez, no tanto, pero aún noto los latidos como el único sonido constante que llega desde el interior, como si deseara decirme algo y yo no quisiera escuchar. ¿Por qué ha empezado a latir tan fuerte? Sólo hay una respuesta. Eso no me ocurre con nadie más que con él. Sería mejor que no me hiciera estas preguntas a las que no quiero enfrentarme, al menos no por ahora. Por una parte, tengo miedo a lo que pueda descubrir si profundizara.
Y esa fuerza que me impulsa en esa dirección en concreto, dar media vuelta, ir hacia él...

jueves, febrero 18, 2010

El timbre de las diez

Si a mí me tocan el timbre de la oficina a las diez de la noche ni siquiera me molesto en contestar. Es obvio. Es una hora intempestiva para que alguien vaya a la oficina. Sin embargo, yo hoy he ido a una oficina a una hora tan inoportuna como ésa.
El caso es que me marchaba a casa, iba pensando en lo último que he hecho antes de irme y he visto su coche. Sin pararme a pensarlo, he vuelto a mi oficina, he cogido un sobre, he vuelto a cerrar y escuchaba el corazón latiéndome a toda prisa. He comprobado que su coche seguía y he aparcado en una plaza para minusválidos. Iba a ser cosa rápida, aunque en ese momento no sabía cuán rápida. He dejado el bolso con los móviles en el coche. Tenía ganas de marchar, pero una extraña fuerza me impulsaba a ir a verle, a entregarle ese sobre. Pero he llamado al timbre en vano y no tenía el móvil a mano. En el coche lo he cogido, iba a llamarle, pero he desistido.
Es que no son horas... Quizás mañana me pase, a una hora más lógica, o quizás necesite el impulso de esa extraña fuerza que me ha puesto el corazón a mil por hora y contra la que era incapaz de luchar.
Esa necesidad de verle...
¡Malditos móviles! Nunca a mano cuando tienen que estar.
La situación me resulta hasta un tanto graciosa. Tendré que explicarle, algún día de éstos, que no le ha llamado ningún encapuchado con intenciones de atracarle; le tendré que decir que era yo y disculparme por la hora. Si es que acaso estaba ahí, como he imaginado en todo momento. También puede ser que realmente no hubiera nadie.

Al salir me he encontrado con mi padre y algunos amigos, con cierto personaje que quería invitarme a tomar algo, con otro señor con el que he intercambiado varios puntos de vista sobre algo que tenemos en común... Y yo deseaba marcharme a casa cuanto antes.

Mirando viajes

Estaba escribiendo un correo electrónico. A la hora de hacer un itinerario por Argentina me sorprende comprobar que no bastan dos semanas para ver lo más importante, pero he conseguido meter a Iguazú, el Parque de los Glaciares, Buenos Aires, la Tierra del Fuego y Córdoba en esos quince días. Aun así, al ponerme en contacto con la agencia de viajes he tenido que pedir que me lo reorganicen si fuera necesario para meter en algún hueco la Patagonia y la Pampa. De un lugar a otro, así de vasto es aquello, hay que volar, porque un trayecto en tren se convertiría en eterno.
Y el correo electrónico lo he dejado a medias. Tendré que terminarlo antes de marchar.

Es hora de ir a casa.

Cinco minutos para hacer un paréntesis

Espero que hoy no me den las diez en la oficina, aunque estoy casi segura de que me iré tarde. Y marcharse más tarde de las nueve significa que tengo que cruzar calles solitarias, una ciudad fantasma, no se ve a nadie. Buscas ese resguardo de seguridad que llega cuando cruzas la puerta de tu casa. Cuando voy a esas horas por la calle descubro la desolación del invierno en toda su magnitud. Es lógico que me dé algo de miedo, aunque sólo aparece en el momento en que estoy pensando en marchar.
Aunque últimamente dejo de lado ese pánico. Pienso en esa especie de ángel y siento que ese terror a las calles solitarias se queda en la acera y yo sigo caminando, como si tuviera un ángel de la guarda y, con ello, me sintiera protegida de alguna forma. Me siento completamente hechizada.

(Fin del paréntesis).

Conversaciones superfluas

Como los jueves anteriores, me he encontrado con D. a la hora de comer, que ha vuelto a insistir en que madrugue más por las mañanas para vernos en el desayuno. Con lo tranquila y feliz que vengo últimamente a trabajar todas las mañanas (aunque muy justa de tiempo)...
Nada más verle me ha entrado la risa, pensando en mil formas de vacilarle. Según él esa sonrisa de oreja a oreja significa que estoy enamorada. No se lo he negado, tampoco le he dicho que sí. No sé por qué intenta hurgar siempre en un asunto del que nunca voy a hablar con él. Es que de ese tema sólo hablaría con una persona, con la única persona que tengo que hablarlo, ni siquiera con mis amigas.
De hecho, D. no me conoce tanto como para intuir esas cosas. Si fuera mi amigo I., que siempre nota mi estado de ánimo porque "tienes los ojos más brillantes que de costumbre"... Es diferente.
Las conversaciones de D. son bastante curiosas y es sorprendente que le interese tanto ese asunto en concreto. Yo le dejo hablar y hay momentos -hoy por ejemplo- que al recordarme a esa persona he desconectado de la conversación para pensar en él. Debería pasarme un día de éstos por su oficina, preguntarle ciertas cosillas pendientes. Si no lo hago es porque sé que cualquier día que me lo encuentre es una situación menos forzada para sacarle en cualquier conversación esos temas. Y eso que me muero por verle, pero es soportable.

Quizás tus pasos te encaminen en su dirección

He pasado media mañana recorriendo las calles de un lugar a otro. En cierto momento he visto su coche y he pensado en él. Mi coche tiene tanto o más polvo que el suyo, pero en el mío se nota más al ser más oscuro. Podría sugerirle ir a lavar los coches juntos.
He sentido su cercanía y he deseado encontrármelo al final de la calle, pero no nos hemos cruzado. Es que basta que lo piense para que no ocurra, cuando voy despistada es cuando me suelo cruzar con él. Siento que necesito verle, aunque quizás le vea mañana. Si no nos liamos jugando a las cartas por la noche quizás salgamos de fiesta aunque no se vea un alma por ahí.
Tengo que irme a comer, porque si no me voy el tiempo se me termina echando encima.

Quizás lo vea a las tres, como hace unas semanas. Quizás...

Belleza en mayúsculas

En mi vida he conocido a muchas personas, he convivido con muchos tipos de gente y una de las cosas que nunca deja de sorprenderme es ese alto grado de superficialidad en las esferas sociales. Supongo que es una etapa por la que pasamos todos, aunque nos cueste (y nos duela) asentir ante la evidencia.
¿Quién no ha estado en un bar de copas y se ha fijado en el físico del otro sexo, se ha acercado a hablar con la persona en concreto y a los cinco minutos ese individuo le parecía más bien un orco de Mordor, porque el "guaperas" pecaba de estúpido? Además, ¿quién quiere un tío así, para pasearlo como un florero por la calle? Haberlos haylos.
Una frase de la Biblia repetida hasta la saciedad es aquella de que "quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". Hace diez años yo era una persona que me fijaba mucho en el físico. Visto ahora me resulta extraño, pero comprensible. Con el paso del tiempo te das cuenta de que la belleza es subjetiva y que hay tantas opiniones como personas, pues quien le parezca hermoso a mi amiga de al lado puede que a mí no me parezca nada del otro mundo. En definitiva, las personas más bellas para cada uno de nosotros son aquellas que nos llegan dentro, que por lo que sea nos caen bien o que nos muestran una parte de sí mismos que no se queda en un mero envoltorio. Supongo que influye mucho la forma que nosotros tengamos de mirarlos. Y pasa que si alguien te cae bien sientas un aura de hermosura que le rodea, aunque realmente no exista tal.
Quedarse en el envoltorio es algo muy superficial, y triste, porque entonces se te escapan muchas cosas. La verdadera belleza, esa que se escribe con letras mayúsculas, es invisible a los ojos, está en el interior de las personas y es una belleza que nunca envejece, aunque es frágil, muy frágil. Puede hacerse añicos en cuestión de pocas palabras. Esa belleza es pura porque viene desde el corazón.

Un ángel de carne y hueso

Hoy soñaré con un ángel: tierno, dulce, bueno (por decir algunas de sus excelsas cualidades). Este ángel no tiene alas, pero cuenta con una serie de atributos únicos, magníficos atributos que, sin duda alguna, le convierten en un ángel. Aunque este ángel es de verdad; nunca había conocido a ninguno.
Con estas palabras ya me puedo ir a dormir.

"Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando" (Tagore).

miércoles, febrero 17, 2010

Si no lo veo no lo creo

Casi las diez.
Cuando antes decía que me iba a marchar tarde a casa no imaginaba esta hora. Imaginaba las nueve o así. También me sorprende que nadie de mi casa me haya telefoneado, sobre todo porque a cierta hora suelen pegarme un toque. Estoy segura de que la llamada llegará estando en el coche, donde sólo tengo puesto el manos libres para el móvil del trabajo y no para el personal.
Llevo casi doce horas aquí, que se dice pronto. Y aun así veo que tendré que pasarme el fin de semana por aquí.

Curso de aprendizaje

El curso que fui a hacer a Madrid me está sirviendo, entre otras cosas, para llevar a la práctica todo lo que aprendí, todo lo que descubrí, y eso que el chico que lo daba se reía cada vez que me observaba mirando a las musarañas. "¿Ya lo tienes?". Yo asentía, mientras ayudaba a la chica de al lado cuando me preguntaba: "Pero ¿cómo has hecho esto?". No entendía muy bien cómo las dos chicas de mi lado, habiendo utilizado el mismo programa que yo en sus respectivas oficinas, no supieran muy bien los pasos que habíamos de seguir.
Es cierto que a mí nunca me ha dado reparo en equivocarme. Y en programas informáticos, páginas web y demás historias relacionadas, siempre toco todo. De ahí que a la hora de usar esta parte del programa lo hubiera visto casi todo. No me extraña que estando en primera fila me mirara el chico (Jaime creo que se llamaba) y se riera cuando comprobaba que ya lo había hecho todo. Y yo a mi vez le preguntaba por cosas que ni siquiera estaban tocando en el curso.
Lo malo sería ir a hacer un curso y no poner en práctica esos conocimientos recién adquiridos.

Al final nos hicieron una encuesta. En el apartado de sugerencias, entre otras cosas, escribí: "Los que nos han dado el curso (Jaime y Javier) son guapos y simpáticos". La chica de al lado se empezó a reír cuando se lo enseñé. Lo de guapos no es tampoco exacto (además la belleza es un concepto subjetivo, eso depende mucho de los ojos como se mire, o de quién mire), pero eran majetes.

Seguiré poniendo en práctica todos esos conocimientos recién adquiridos. Aunque primero me bajaré a encuadernar los módulos de otro curso más complejo, materias que he de leerme cuanto antes. He puesto cara de horror cuando he visto la contabilidad práctica. Pero ni siquiera eso me puede poner de mala leche. En todo lo malo siempre hay algo bueno y, por esa regla de tres, en todo lo que no nos gusta siempre puede aparecer algo que nos guste. Es decir, posiblemente en junio me encante hacer ejercicios contables, aunque sólo sea porque les veo una finalidad objetiva: que me servirán para lo que hago día a día, incluso para mis asuntos personales. Siempre hay algo positivo.

Produciendo energía

Mi estado de ánimo de hoy influye en el trabajo, no sólo con mis compañeras sino con cualquiera que me encuentre por ahí. Hoy me he vuelto a cruzar con una señora que me cae bien porque me dejó pasar una vez en Correos, aunque quizás me caiga bien por otros motivos paralelos. No sé, supongo que tampoco influye tanto su parentesco con cierta persona como que me dejó pasar a pesar de que yo iba a tardar siglos y porque es una señora muy risueña, de estas personas que invitan a la conversación. Hoy por hoy no creo que me cediera la vez después de aquella. Pero desde entonces la saludo, aunque ella no sepa quién soy.
De todas formas, hoy he venido con las pilas puestas. Y eso se nota. Además me siento a gusto. Dudo que esta tarde salga puntual. Me da la sensación de que se me hará tarde.
Es esa energía.

Y también es hora de tomar un café.

Mañana lluviosa

A las siete de la mañana ha sonado el timbre. Creo imaginar quién era, porque a esa hora sólo podía ser una persona, así que, después de comprobar que aún tenía una hora para seguir durmiendo, me he dado media vuelta y he caído en una somnolencia pausada. Creo recordar que he sacado una mano y se me ha quedado helada. La verdad es que no apetecía levantarse esta mañana ni dejar atrás el calor de la cama. Pero las obligaciones son obligaciones.
Si hubiera aprendido a silbar correctamente de pequeña, iría surcando la carretera mojada silbando sin parar, contenta. Porque me siento contenta. En cambio, iba tarareando una canción, en bajito, porque si cantara a voz en grito estoy segura que llovería durante días.
Puede que el día sea gris pero un pensamiento fugaz esta mañana le ha dado un color especial.

Rescatando momentos

En estos últimos días me llegan fugaces ráfagas de ciertos momentos del último año. En muchos de esos momentos aparece él y todos aquellos instantes en los que estaba él están cargados de una magia extraordinaria.
Pensar en él no sólo me tranquiliza. Hay mucho más que trasciende lo real, una fuerza invisible que está por encima. Sólo tengo que hacer una prueba: puedo estar pasando el peor día de mi vida, con sólo evocar su perfil el día que me trajo a casa (una foto en sepia guardada en el álbum de mi retina) es suficiente para quitarme la mitad de las cargas que tenga sobre la espalda; puedo sentirme emocionalmente triste, que pensaré en cualquier día de fiesta en que me he encontrado con él y sonreiré.
Es curioso porque a través de estos recuerdos comprendo lo mucho que he llegado a quererle, soy incapaz de calcular en qué momento empecé a encariñarme con él. Creo que desde entonces sueño con él todas las noches (aunque la mayoría no recuerde lo que he soñado), me levanto con una sonrisa de oreja a oreja porque es el primer pensamiento que tengo cada mañana, ansío encontrarme con él en cualquier momento (a veces ocurre) y me da la sensación de que el paisaje que me rodea tiene otro color desde que sé de su existencia. Quizás sea un pintor que ha coloreado lo que hay enfrente de mí con pinceladas imaginarias. Lo que es cierto es que a medida que he ido conociéndole los colores del mundo se han ido tornando cada vez más intensos.

Si hace un año alguien me cuenta al oído todo esto no me lo hubiera creído. Lo curioso es que él siempre ha estado ahí, aunque nunca antes nos hubiéramos visto.

Con todos estos pensamientos que invitan a la tranquilidad es hora de ir a dormir, a soñar quizás con él una vez más.

martes, febrero 16, 2010

Palabras que se irán

Hay palabras que nacen del corazón más humilde y recorren senderos inexplicables para acabar en las yermas tierras del olvido.
Hay palabras que nacen para ser escuchadas, alentadas quizás por sentimientos extraordinarios, poderosos, superiores, inexplicables.
Hay palabras que nacen para ser susurradas desgarrando el silencio y otras que se perderán mezcladas con los secretos del mutismo que jamás ha de decirse en voz alta.

Estoy pensando en ese poder implícito que tiene una palabra, lo necesaria que es una palabra a tiempo o aquella que no queremos que caiga en el olvido. ¡Ay de aquellas palabras que hierven por salir al exterior, por ser escuchadas y no podemos contener! Tarde o temprano salen, y no podemos hacer nada por detenerlas.

Reflexiones junto a la almohada

Se dice pronto, pero junio está a la vuelta de la esquina. En junio se habrán ido todas las heladas, toda la niebla, toda la nieve y todo el frío. En todo caso, creo que al otro lado del 'charco' seguiría siendo invierno, pero al final el tiempo cuando estás de vacaciones no te importa tanto. Y quiero ir con él, donde sea, en las condiciones que él quiera, pero con él.
Sólo que no es algo que esté en mi mano, no es algo que tenga que querer únicamente yo, también lo tiene que querer él. Y eso requiere hablar con él en serio, necesito llegar a su fondo, cosa matemáticamente imposible. Hay gente que no exterioriza en modo alguno lo que piensa. Aunque a mí, en cierto modo, eso no me molesta, quizás es una cosa de él que me atrae, aunque a la vez me desconcierte.
Es inevitable preguntarse qué es lo que me da. Supongo que nunca he conocido a una persona tan digna de admiración, tan íntegra, que roce la perfección. Y cuando no está le añoro. En estos momentos le echo de menos. Es como si necesitara algo de él. Antes podía estar meses sin saber de él, ahora requiere un gran esfuerzo que pase una semana sin tener noticias de él o sin verle. Ahora lo llevo peor. La diferencia entre el antes y el ahora está clara.

Entre otras cosas

Hoy ha sido un día extraño, de ésos en que estoy desconectada y siento que todo me llega como en ondas suaves y pasa sin que me entere muy bien de lo que ha pasado por delante de los ojos. Nada más llegar, mi compañera me ha preguntado si conocía a alguien que realizara una actividad concreta que aquí no voy a especificar. He sonreído, porque en todos los sitios aparecen motivos para acercarme a él. "Claro, yo me encargo", le he respondido cogiendo toda la documentación. Papeles que aún no he mirado. Por una parte me agrada tener que aproximarme a él, laboralmente hablando; por otro lado, se me eriza la piel con sólo pensarlo. Al final, tendré que armarme de valor y acercarme a verle.
De hecho, tengo muchas cosas que contarle, otras muchas más que preguntarle, pero sobre todo tengo ganas de escucharle, de mirarle.
Sería más fácil llamarle, sólo que termino pecando de inconformista, porque no me conformaría con escucharle y hablar con él, necesito más que eso. La memoria almacena con más facilidad en forma de recuerdos lo que perciben los ojos que lo que escuchan los oídos. Al menos yo me acuerdo mejor de las caras que de las voces. Así que terminaré yendo a verle.

Ezcaray

Esta tarde he estado en Ezcaray. Me urgía y me ha venido bien que me dé el aire. Son otros aires, aunque me ha venido a la mente los montañeros que rescataron ayer del San Lorenzo. El caso es que era algo que tenía pendiente y ya es hora de ir a casa, que hoy necesito dormir bien.
Me gusta muchísimo Ezcaray. La boda del 17 de julio es allí.
Tengo mogollón de sueño.